La Orden que juramos cumplir

Somos una Orden porque tenemos reglas. Las reglas están determinadas por un esquema de organización, jerarquías y funcionalidad, además, por principios y procedimientos.

Somos una Orden porque tenemos una misión, primero interna e iniciática y otra externa y política.

Somos una Orden porque tenemos por lenguaje una disposición simbólica, métodos de enseñanza y formas de comunicación.

Estos tres factores nos hacen una Orden: estructura, misión y simbolismo.

De allí que la masonería le exige al adepto un doble esfuerzo en la vida. Primero la construcción personal y segundo, la construcción de la sociedad. Estas dos arquitecturas, iniciática y política, son las columnas en la que se sostiene la identidad masónica, con sus compromisos personal o interno y social o externo.

Ambas son vitales para garantizar la realización de la Orden. Sin embargo, la masonería elude hablar de religión y política, pues es entendido que los debates de este género contribuyen a enfrentamientos innecesarios y anular el deseo de la fraternidad masónica, rompiendo el centro de unión que constituye la institución.

¿Cómo hacemos entonces nuestro trabajo político-externo?
La clave está en transformar la visión del mundo que traemos al momento de iniciarnos, utilizando la estructura iniciática y simbólica. Y a medida que logremos percibir la realidad sin la venda de la ignorancia, superstición, fanatismo y ambición, la Luz masónica irradiará con mayor intensidad el interior de cada uno.

En adelante nuestras conductas personales y trabajos sociales, lo iniciático y lo político, se orientarán bajo principios que convienen a todos y no afectan a nadie, sino para mejorar. Así las cosas, la masonería no tiene otra cosa que hacer, sino masones.

Y de los principios aprendidos, con el tiempo se trasformarán en regla de vida, actuando de tal forma, que la vida profana será igual que la vida iniciática, manifestada en las obras, trabajos y acciones, donde quieran que nos encontremos y por modesto que fuere.

La Orden masónica ha sobrevivido en el tiempo por no abandonar sus principios, que le dan forma, sentido y naturaleza, pero si estos no se ponen en práctica en la vida cotidiana (el trabajo político), todo se vuelve una presentación teatral, donde se simula, pero no se vive.

De allí proviene el esfuerzo que los masones debemos tener para disipar la ignorancia, combatir los vicios y pasiones e inspirar el amor a la humanidad. Debemos estar abiertos a avanzar, a ser mejores hombres, con ganas de progresar, manteniendo una conducta personal y colectiva acorde al ideal masónico.

Si olvidamos estos principios que fundan la masonería y no logramos mantener el esfuerzo de investigar, leer y vivir lo iniciático de la masonería, nos apartaremos de los símbolos que nos comunican que sólo mediante el trabajo uno logra todo.

Si nos apartamos del compás, la escuadra, la plomada, el mazo y el cincel, nos apartamos de la Orden masónica.

Compromiso masónico: La controversia actual

Durante los últimos años, la masonería se ha convertido tanto en un tema favorito de conversación como en el centro de acalorados debates. De hecho, el acoso a la masonería parece tener grandes probabilidades de tornarse en un deporte descarnado con todas las de la ley. Con exuberancia apenas disimulada y un virtual grito de guerra, la prensa se lanza ávidamente sobre cada nuevo “escándalo entre masones”, cada nueva imputación de “corrupción en la masonería”. Los sínodos de la iglesia reflexionan acerca de la compatibilidad de la masonería con el cristianismo. Los partidos políticos, con el propósito de incitar a sus opositores, presentan mociones que obligarían a los masones a revelar su identidad. En las reuniones sociales, el tema de la masonería surge con una frecuencia sólo superada, probablemente, por los servicios de inteligencia británicos y la CIA. La televisión también ha realizado su aporte a la campaña, organizando al menos un programa para llevar sus cámaras a la mismísima guarida de la bestia, la Gran Logia. Pero no encontraron ningún dragón, y los comentaristas parecían sentirse más bien ofendidos y malhumorados en vez de aliviados, como si de alguna forma los hubiesen engañado. Mientras tanto, por supuesto, la Masonería sigue ejerciendo su fascinación sobre el común de la gente. Simplemente pronunciar la palabra “masonería” en un bar, restaurante, recepción de un hotel u otro lugar público hace que las cabezas giren, que los rostros se vuelvan con actitud atenta, y que los oídos se agudicen para escuchar hasta el menor murmullo. Cada nueva exposición es presa del entusiasmo, incluso del regocijo popular, de una clave de voracidad normalmente reservada sólo a los chismorreos o a las obscenidades.

Luego de publicar mi condición masónica, me he visto forzado a afrontar la clase de preguntas que anidan en la mente del público actual, y que tan a menudo plantean los medios de difusión. ¿La masonería está corrupta? ¿Es, incluso en un sentido muchos más siniestro, una amplia conspiración internacional dedicada a algún oscuro fin inconfesable (como si el secreto fuese barómetro de la infamia)? ¿Es un conducto para “sobornos”, favores, tráfico de influencias y poder en el corazón de instituciones? Estas preguntas generan una inquietud general en toda la sociedad y en no pocos iniciados que no resulta difícil de entender. Por lo tanto, como hablamos de nuestra influencia en la sociedad, no será inoportuno si ofrezco las respuestas que surgieron en el curso de este planteamiento al escribir esta nota.

La controversia actual
Dada la naturaleza humana, y sin propósitos de justificaciones, resultaría un hecho en verdad sorprendente si no existiera siquiera un cierto grado de corrupción en las instituciones públicas y privadas, y si parte de esta corrupción no implicara a la masonería. Si embargo, podríamos argumentar que esa clase de corrupción dice menos acerca de la masonería en sí que acerca de las maneras en que la masonería, al igual que otras estructuras similares, puede ser objeto de abusos. La codicia, la exageración de los logros propios, el favoritismo y otros males por el estilo han sido endémicos en la sociedad humana desde el comienzo mismo de la civilización. Son fuerzas que se han valido y han operado a través de todo canal disponible, parentescos de sangre, un pasado común, lazos establecidos en los años de estudio o en las fuerzas armadas, intereses compartidos, simple amistad, y también, por supuesto, la filiación política. A la masonería se la acusa, por ejemplo, de conceder dispensas especiales por su cuenta. La masonería es sólo uno de los muchos canales por los que puede fluir y prosperar el favoritismo; pero si la masonería no existiese, la corrupción y el favoritismo prosperarían de todos modos. Tanto la una como el otro aparecen en escuelas, regimientos, empresas, organismos gubernamentales, partidos políticos, sectas e iglesias y en un sinnúmero de organizaciones. Ninguno de estos ámbitos es censurable per se. Nadie pensaría en condenar a todo un partido político ni a todo un credo porque algunos de sus miembros son corruptos o manifiestan una marcada disposición a favor de otros miembros y en detrimento de quienes no pertenecen a esa organización. Nadie condenaría a la familia como institución por su tendencia a favorecer el nepotismo.

En toda consideración moral del tema, es necesario mostrar una comprensión de psicología elemental y un mínimo de sentido común. Las instituciones son tan virtuosas, o tan culpables, como las personas que las componen. Si a una institución se la puede considerar corrupta en su sentido intrínseco, sólo es posible hacerlo en esos términos si se beneficia de algún modo con la corrupción de sus miembros. Esta clase de corrupción podría aplicarse, por ejemplo a una dictadura militar o en países totalitarios donde impera un único partido político en el poder, pero resulta muy difícil aplicarla a la masonería. Nadie ha sugerido jamás que la masonería se beneficiara alguna vez de las transgresiones de sus hermanos. Por el contrario, las transgresiones de un masón en particular son egoístas y sirven a propósitos personales. La masonería como institución se ve afectada por estas transgresiones de un masón particular. En el tema de la corrupción, por lo tanto, la masonería como tal no es la culpable, sino al contrario, otra víctima de hombres sin escrúpulos que se disfrazan de masones para limpiar sus transgresiones a los ojos de la sociedad.

A la vez, debe reconocerse que la masonería en sí no ha hecho demasiado por mejorar su propia imagen frente al público. De hecho, la obsesión de muchos hermanos por lo secreto y su terca posición defensiva han contribuido a reforzar la convicción de que algo tiene que ocultar.

El secreto masónico no puede servir para relajar el compromiso del masón con el buen nombre de la orden, ni servir de amparo a lealtades con fines ilícitos, como tampoco a esquivar las responsabilidades asumidas por aquellos que rigen el gobierno de las organizaciones masónicas.

No podemos pasar por alto posibles comportamientos inapropiados, aunque estos se den de manera muy aislada o afecten a los suyos. Debemos tener un infinito respeto por los posibles defectos o errores de nuestros hermanos, debemos tener esperanza en su capacidad de enmienda, pero en ningún caso los valores centrales de tolerancia y fraternidad deben ser obstáculos para impedir que la Orden sea utilizada para reclutar lealtades con fines ilícitos o reprobables.

Por el mismo motivo, nuestras autoridades legalmente constituidas, también deberían ser un modelo de moral masónica en todos los sentidos, no pudiéndose entender, por poner un ejemplo, que el máximo representante de una Obediencia, fuera sospechoso de realizar negocios de dudosa moralidad, sin ser denunciado desde la propia masonería, pues ello pondría en jaque a la Orden misma, vertiendo serias dudas sobre el propósito de la masonería no ya como institución, sino como titular de un verdadero método iniciático de perfección.

Al inicio de un nuevo milenio, uno de los retos de la masonería es saber presentarse y convivir en sociedad. Una sociedad cada vez más global, informada y consciente de todos los ámbitos de la vida, a la que se deben enviar mensajes inequívocos de aceptación y apertura a las normas comunes de convivencia democrática. En verdad, es mucho más lo que tiene para sentirse orgullosa que para esconder.

Los masones, Jesús y la Navidad

Durante la Navidad[1] se produce un fenómeno muy particular en nuestro sistema solar. Desde el 21 de diciembre, en el hemisferio norte, el sol alcanza su cenit en el punto más bajo y desde ese momento el día comienza a alargarse, progresivamente, en detrimento de sus noches. A este fenómeno se lo llama solsticio de invierno «sol inmóvil» ya que en esos momentos el sol cambia muy poco su declinación de un día a otro y parece permanecer en un lugar fijo del ecuador celeste[2]. Precisamente se produce el solsticio de invierno, un acontecimiento cósmico que vivifica la Naturaleza con su luz y su calor, razón por la cual, para todas las culturas antiguas, representaba el auténtico nacimiento del sol y, con él, toda la Naturaleza comenzaba a despertar lentamente de su letargo y los humanos veían renovadas sus esperanzas de supervivencia gracias a la fertilidad de la tierra que garantizaba la presencia del astro divino, del dios más arcaico que la humanidad ha venerado.

En el solsticio de invierno todos los pueblos antiguos, adoradores del sol, celebraban el nacimiento del astro rey mediante grandes festejos caracterizados por la alegría general y el protagonismo de las hogueras, alrededor de las cuales se concentraban los lugareños con el fin de manifestar su alborozo y esperanza mediante ceremonias colectivas centradas en cantos y danzas rituales y en la recogida de ciertas plantas mágicas como el muérdago. Los pueblos prerromanos, durante los tres días anteriores al 24 y 25 de diciembre, así como en los seis posteriores que llevaban hasta el Año Nuevo, festejaban el retorno del Nuevo Sol y las fuerzas vegetativas de la Naturaleza. Las grandes hogueras, al margen de simbolizar el gran acontecimiento, tenían la función de excitar el calor y la fuerza de los rayos de un sol recién nacido que encaraba su curso hacia la primavera inundando la tierra con su poder regenerador[3].

EL AVANCE DE LA IGLESIA CATOLICA
Con el inicio de la expansión de la Iglesia católica por todo el continente europeo, los papas no siempre pudieron imponer su fe por la fuerza y a menudo tuvieron que obrar con astucia fingiendo tolerar determinados ritos paganos aunque en realidad los minaban y transformaban progresivamente al entremezclarlos con elementos cristianos añadidos. Una muestra de ello nos la dejó el papa Gregorio I El Grande (590-604) que, aunque siempre ordenó que los paganos fuesen sometidos a castigos y prisión si no se convertían, tuvo que ser más cauteloso durante su conquista evangélica de las almas de los anglosajones, aconsejándole al abad Mellitus, jefe de los propagadores del cristianismo en Gran Bretaña, lo que sigue:
«No hay que destruir los templos paganos de ese pueblo, sino únicamente los ídolos que hay en los mismos; después de asperjar esos templos con agua bendita, erigir altares y depositar reliquias; porque si tales templos están bien construidos, perfectamente pueden transformarse de una morada de los demonios en casas del Dios verdadero, de manera que si el mismo pueblo no ve destruido sus templos, deponga de su corazón el error, reconozca el verdadero Dios y ore y acuda a los lugares habituales según su vieja costumbre...»

En los pueblos germánicos y galos -pero especialmente entre los primeros, ya que fueron menos romanizados y su cristianización fue más tardía, lenta, dificultosa e incompleta-, estas ceremonias solsticiales de adoración al Sol y a las fuerzas ocultas de la Naturaleza prosiguieron hasta bien entrada la Edad Media; en sus formas originales y puras estuvieron vigentes hasta la primera mitad del siglo X, y tomando expresiones externas más o menos matizadas o mediatizadas por el cristianismo han podido sobrevivir hasta nuestros días, contagiando de paganismo la celebración de la Navidad actual hasta el punto de que los mitos solares ancestrales (conservados en su estructura interna aunque desvirtuados en su forma externa y en su significado) siguen siendo los verdaderos protagonistas de los festejos navideños que se celebran en el mundo de hoy.

Desde hace miles de años, y para las culturas y sociedades más diversas, la época de Navidad ha representado el advenimiento del acontecimiento cósmico por excelencia, del hecho más fundamental de cuantos podían garantizar la supervivencia del hombre pagano[4], del renacimiento anual de la principal divinidad salvadora.

No es ninguna casualidad, por tanto, que el natalicio de los principales dioses solares jóvenes de las culturas agrarias precristianas -como Osiris, Horus, Apolo, Mitra, Dionisos/Baco, etc fuese situado durante el solsticio de invierno. Y es menos casual aún que el natalicio de Jesús-Cristo, el Salvador cristiano, se haya concretado en el 25 de diciembre, fecha en la que hasta finales del siglo IV de nuestra era se conmemoró el nacimiento del Sol Invictus en el Imperio Romano.

LA NAVIDAD Y LOS DIOSES SOLARES
Con el desarrollo de las culturas urbanas, los rituales solsticiales agrarios no desaparecieron sino que se adaptaron a las nuevas circunstancias y necesidades, por eso las fiestas paganas más importantes «rebasaron el ámbito campesino y se convirtieron en ciudadanas, de forma que la fecundidad que en origen solicitaban para el campo y el ganado, pasó a comprenderse como prosperidad y riqueza para la ciudad. Estas festividades se concentran sobre todo en invierno, pues la actividad humana sufría en estos meses una bajada en su ritmo, ya que la guerra se detenía, nadie se atrevía a navegar y las faenas agrícolas eran entonces menos intensas. El invierno es en consecuencia un periodo muy propicio para que las relaciones que se entablan con el mundo sobrenatural sean más estrechas, más íntimas»[5].

Entre las fiestas de los antiguos griegos y romanos que fueron precedentes de la Navidad cristiana debe destacarse, por su importancia social y trascendencia mítica y simbólica, las dedicadas a Dionisos y Saturno.

Dionisos, originado en la fusión de mitos egipcios y helenos, fue un dios del vino, de la vegetación y de la fecundidad, pero también de la muerte, ya que los difuntos y las potencias subterráneas -«infernales», de inferus, inferior, puesto que se creía que el mundo de los muertos estaba por debajo de la tierra- eran tenidas por controladoras la fertilidad. Su culto arrastraba multitudes e inspiraba ideales de rebeldía que se enfrentaban con el orden establecido, tanto el político (oponiéndose a la clase aristocrática dominante) como el divino (amenazando la supremacía de los dioses olímpicos clásicos). Ya en el siglo IV a.C., en el calendario de Bitinia el mes consagrado a Dionisos comenzaba el 24 de diciembre y tenía 31 días.

En la antigua Atenas -y en el resto de Grecia, aunque con algunas variantes-, el culto popular a Dionisos estaba repartido en cuatro grandes festividades: las Dionisíacas de los campos, las Leneas, las Antesterias y las Grandes Dionisíacas. Las dos primeras se celebraban alrededor del solsticio invernal, con carácter propiciatorio de la fertilidad/prosperidad y en medio de festejos caracterizados por la gran alegría general; las dos últimas tenían lugar en la primavera y festejaban la resurrección de la naturaleza. Las Antesterias, en particular, celebraban el vino nuevo, de la última cosecha, conmemoraban la llegada de Dionisos a Atenas y su hierogamia y, en su tercera jornada, el Chytroi («las marmitas»), se recordaba a los difuntos. El ciclo dionisíaco, como vemos, es el mismo que muchos siglos después adoptará el cristianismo al situar la Navidad en el solsticio de invierno y la Pascua de Resurrección en primavera.

El Saturno romano -equivalente al griego Cronos- fue una antigua divinidad agrícola cuyo nombre está relacionado con satur (saciado, harto) y sator (sembrador, creador), siendo sinónimo de abundancia. Fue un dios agricultor y plantador de vides (vitisator), un arte que enseñó a los hombres cuando, perseguido por su hijo Júpiter, tuvo que refugiarse en Italia; bajo el apelativo de Stercutius presidía el abono de los campos.

Los festejos romanos en honor de Saturno, las Saturnalia, fueron en su origen fiestas campestres -sementivae feriae, consualia larentalia, paganalia-, pero adquirieron mucha importancia a partir del año 217 a.C., tras la derrota del ejército romano por el cartaginés Aníbal cerca del lago Trasimeno, preludio del desastre de la batalla Cannas (216 a.C.) que puso fin a la segunda guerra púnica y contribuyó a despertar el espíritu religioso de los romanos.

La celebración de las Saturnalia duraba una semana y tenía lugar entre el 17 y el 23 del mes de diciembre. Después de la ceremonia religiosa había grandes festejos y banquetes, se abolía temporalmente las clases sociales y, en los ágapes, los señores servían a sus esclavos -que podían burlarse impunemente de los amos-, cesaba toda actividad pública -en tribunales, escuelas, comercios, operaciones militares, etc.- y no se permitía ejercer ningún arte ni oficio salvo el de la cocina, se imponía el hacerse regalos unos a otros, los ricos convidaban a sus mesas bien surtidas a los pobres que llamaban a sus puertas, se practicaban juegos de azar..., en fin, los antiguos romanos hacían ya más o menos lo mismo que aún se hace actualmente para celebrar la Navidad cristiana.

Si nos remontamos mucho más atrás en la Historia, hasta la época en la que los hombres primitivos -que practicaron cultos naturalistas y adoraron a la esfera solar como deidad- comenzaron a desarrollar el concepto divino bajo formas antropomorfas, observaremos que todas las culturas de la Antigüedad pasaron a identificar a su dios principal, o a alguno de los más importantes de su panteón, con el dios Sol y, en lógica consecuencia, situaron la conmemoración y festejo de su advenimiento alrededor del prodigioso evento cósmico que representaba el solsticio de invierno cada 21-22 de diciembre.

Caldeos, egipcios, cananeos, persas, sirios, fenicios, griegos, romanos, hindúes y la práctica totalidad de los pueblos con culturas desarrolladas, entre los cabe incluir los imperios, han celebrado durante el solsticio hiemal el parto de la «Reina de los Cielos» y la llegada al mundo de su hijo, el joven dios solar.
En los mitos solares ocupa un lugar central la presencia de un dios joven que cada año muere y resucita, encarnando en sí los ciclos de la vida en la Naturaleza. En las culturas de mitología astral, el Sol representaba el padre, la autoridad y también el principio generador masculino. Durante la Antigüedad, en todo el mundo civilizado, el sol fue el emblema de todos los grandes dioses, y los monarcas de todos los imperios se hicieron adorar como hijos del Sol (identificado siempre con su divinidad principal). En este contexto, la antropomorfización del Sol en un dios hijo joven presenta ejemplos tan conocidos como los de Horus, Mitra, Adonis, Dionisos, Krisna... o el propio Jesús-Cristo[6]

En el Egipto Antiguo[7] se creía que Isis, la virgen Reina de los Cielos, quedaba embarazada en el mes de marzo y daba a luz a su hijo Horus a finales de diciembre. El dios Horus, hijo de Osiris e Isis, era el «gran subyugador del mundo», el que es la «substancia de su padre», Osiris, de quien era una encarnación. Fue concebido milagrosamente por Isis cuando el dios Osiris, su esposo, ya había sido muerto y despedazado por su hermano Seth o Tifón. Era una divinidad casta -sin amores- al igual que Apolo, y su papel entre los humanos estaba relacionado con el Juicio ya que presentaba las almas a su padre, el Juez. Era el Christos y simbolizaba el Sol.

Durante el solsticio de invierno, la imagen de Horus, en forma de niño recién nacido, era sacada del santuario para ser expuesta a la adoración pública de las masas. Era representado como un recién nacido (a menudo recostado en un pesebre) con cabello dorado, que tenía un dedo en la boca y el disco solar sobre su cabeza. Los antiguos griegos y romanos lo adoraron también bajo el nombre de Harpócrates, el niño Horus, hijo de Isis. El dios Osiris, dios de la vegetación y de los muertos, padre de Horus, también había nacido de una virgen en el solsticio hiemal.

Mitra, uno de los principales dioses de la religión irania anterior a Zaratustra, pervivió con fuerza en el Imperio romano hasta el siglo IV d. C., era una divinidad de tipo solar -tal como lo atestigua, entre otros, su cabeza de león- que hizo salir del cielo a Ahrimán (el mal), tenía una función de deidad que cargaba con los pecados y expiaba las iniquidades de la humanidad, era el principio mediador colocado entre el bien (Ormuzd) y el mal (Ahrimán), el dispensador de luz y bienes, mantenedor de la armonía en el mundo y guardián y protector de todas las criaturas, y era una especie de mesías que, según sus seguidores, debía volver al mundo como juez de los hombres. Sin ser propiamente el Sol, representaba a éste y era invocado como tal. El dios Mitra hindú, como el persa, era también una divinidad solar, tal como lo demuestra el hecho de ser uno de los doce Adityas, hijos de Aditi, la personificación del Sol.

Muchos siglos antes que Jesús-Cristo, el dios Mitra, según su leyenda popular, ya había nacido de virgen un 25 de diciembre, en una cueva o gruta, siendo adorado por pastores y magos, obró milagros, fue perseguido, acabó siendo muerto, resucitó al tercer día...

Todas las personificaciones de dioses solares acaban por ser víctimas propiciatorias que expían los pecados de los mortales, cargando con sus culpas, y son muertos violentamente y resucitados posteriormente. Así, Osiris nació en el mundo como un Salvador o Libertador venido para remediar la tribulación de los humanos, pero en su lucha por el bien se topó con el mal (encarnado en su propio hermano Seth o Tifón, que acabaría identificándose con Satán), que le venció temporalmente y le mató; depositado en su tumba, resucitó y ascendió a los cielos al cabo de tres días (o cuarenta, según otras leyendas).

Baco, otro dios solar destinado a cargar con las culpas de la humanidad, también fue asesinado -y su madre recogió sus pedazos, tal como había hecho Isis con los trozos del cadáver de Osiris- para renacer resucitado. Ausonius, una forma de Baco (y equivalente a Osiris), era muerto en el equinoccio de primavera (21 de marzo) y resucitaba a los tres días. Idéntica suerte le había estado reservada a Adonis (equivalente al dios etrusco Atune o al sirio Tammuz), a Dionisos o al frigio Atis y a una larga lista de seres divinos que, como Krisna -muerto atado a un árbol y con su cuerpo atravesado por una flecha- o como Jesús-Cristo -muerto en la cruz de madera y lanceado-, fueron todos ellos condenados a muerte, llorados y restituidos a la vida.

Son dioses que descendieron al Hades[8] y regresaron otra vez llenos de vigor, tal como hace la Naturaleza con sus ciclos estacionales anuales. Todos ellos habían nacido, según el mito, durante el solsticio de invierno, fecha en la iglesia llamada Católica sitúa el advenimiento de Jesús.

EL ADVENIMIENTO DEL “HIJO DE DIOS” UN 25 DE DICIEMBRE
En el siglo II de nuestra era, los cristianos sólo conmemoraban la Pascua de Resurrección y su misterio, ya que consideraban irrelevante el momento del nacimiento de Jesús y, además, desconocían absolutamente cuando pudo haber acontecido.

Durante el siglo siguiente, al comenzar a aflorar el deseo de celebrar el natalicio de Jesús de una forma clara y diferenciada, algunos teólogos, basándose en los textos de los Evangelios, propusieron datarlo en fechas tan distintas como el 6 y 10 de enero, el 25 de marzo, el 15 y 20 de abril, el 20 de mayo y algunas otras. El sabio Clemente de Alejandría (150-215) no quiso quedar al margen de la polémica y postuló el día 25 de mayo. Pero el papa Fabian (236-250) decidió cortar por lo sano tanta especulación y calificó de sacrílegos a quienes intentaron determinar la fecha del nacimiento del nazareno.

A pesar de la disparidad de fechas apuntadas, todos coincidieron en pensar que el solsticio de invierno era la fecha menos probable si se atendía a lo dicho por Lucas en su evangelio: «Había en la región unos pastores que pernoctaban al raso, y de noche se turnaban velando sobre el rebaño. Se les presentó un ángel del Señor, y la gloria del Señor los envolvía con su luz...» (Lc 2,8-14)[9]

Si los pastores dormían al raso cuidando de sus rebaños, para que el relato de Lucas fuese cierto y/o coherente debía referirse a una noche de primavera -de ahí las fechas posteriores al día 21 de marzo, equinoccio primaveral e inicio de esta estación-, ya que a finales de diciembre, en la zona de Belén, imaginando el excesivo frío y las todavía abundantes lluvias invernales impedían cualquier posibilidad de pernoctar al raso con el ganado.

Forzando la escena relatada por Lucas hasta el límite de la sutileza, otras Iglesias cristianas ajenas a la católica -como la Iglesia armenia- fijaron la conmemoración de la Natividad en el día 6 de enero ya que, según su deducción, aunque no es posible situar el relato de Lucas en la estación más fría y lluviosa del año en las tierras de Judea, sí puede ser creíble situando el nacimiento de Jesús un poco más tarde, en enero y en el Oriente Medio, un tiempo y un lugar donde es muy probable la existencia de cielos nocturnos claros y sin borrascas, aunque todavía haga frío, eso sí. Con el mismo argumento, en otras Iglesias orientales, egipcios, griegos y etíopes propusieron fijar el natalicio en el día 8 de enero. Eutiquio, patriarca de Alejandría, en el siglo X aún defendía esta fecha como la única verdadera.

Basándose también en Lucas, la Iglesia oriental empleó otro argumento todavía más peculiar para defender la fecha del 6 de enero. Cogiendo al vuelo la afirmación de Lucas cuando escribió que «Jesús, al empezar, tenía unos treinta años» (Lc 3,23), dedujeron, de alguna manera sin duda milagrosa, que Jesús murió cuando tenía «exactamente» treinta años, contados estos desde el día de su concepción, y, dado que la fecha de la crucifixión la habían fijado el 6 de abril (¡¿?!), sólo tuvieron que añadir los nueve meses exactos de gestación para llegar hasta el tan celebrado 6 de enero.

Dejando al margen la vía para calcular tan preciado día, lo cierto es que la fecha del 6 u 8 de enero -la primera que la cristiandad celebró- tenía mucho sentido ya que, en la Alejandría egipcia (cuna de aspectos fundamentales de la doctrina cristiana), se festejaba con toda pompa el festival de Core «la Doncella» -identificada con la diosa Isis- y el nacimiento de su nuevo Aion, que era una personificación sincrética de Osiris.

San Epifanio, refiriéndose al festival de Core, escribió en Penarion 51: «la víspera de aquel día era costumbre pasar la noche cantando y atendiendo las imágenes de los dioses. Al amanecer se descendía a una cripta y se sacaba una imagen de madera, que tenía el signo de una cruz y una estrella de oro marcada en las manos, rodillas y cabeza. Se llevaba en procesión, y luego se devolvía a la cripta; se decía que esto se hacía porque la Doncella había alumbrado al Aion.»

Entrado ya el siglo IV, cuando ya se había concluido lo substancial del proceso de trasvase de mitos desde los dioses solares jóvenes precristianos hacia la figura de Jesús-Cristo[10], se decidió fijar una fecha concreta -y acorde a su nueva concepción mítica- para el natalicio de Jesús. Dado que al judío Jesús histórico se le había adjudicado toda la carga legendaria que caracterizaba a su máximo competidor de esos días, el dios Mitra, lo lógico fue hacerle nacer el mismo día en que se celebraba el advenimiento de ese joven dios.

A más abundamiento, cabe recordar que la figura de Jesús no fue oficialmente declarada como consubstancial con Dios hasta el año 325, cuando el emperador Constantino convocó el concilio de Nicea y ordenó a todos los obispos asistentes que acatasen el entonces muy discutido y discutible dogma de que el Padre y el Hijo compartían la misma substancia divina.

De esta forma, entre los años 354 y 360, durante el pontificado de Liberio (352-366), se tomó por fecha inmutable la de la noche del 24 al 25 de diciembre, día en que los romanos celebraban el Natalis Solis Invicti, el nacimiento del Sol Invencible -un culto muy popular y extendido al que los cristianos no habían podido vencer o proscribir hasta entonces- y, claro está, la misma fecha en la que todos los pueblos contemporáneos festejaban la llegada del solsticio de invierno.

Según algunos autores, en la elección del 25 de diciembre -hecho que sitúan en el año 345, bajo el papa Julio I- tuvo una influencia decisiva Juan Crisóstomo (del que sabemos que defendió esta fecha, frente a la del 6 de enero, en, al menos, escritos del año 375) y Gregorio Nacianceno -uno de los tres padres capadocios que elaboraron la doctrina trinitaria clásica a finales del siglo IV-, pero lo más plausible es que ambos personajes no intervinieran en la datación del natalicio aunque sí actuasen como fervientes defensores del 25 de diciembre a posteriori.

En cualquier caso, San Agustín (354-430) sí debía tener muy claro el verdadero origen de la Navidad católica, sobrepuesta al Natalis Solis Invicti, cuando exhortó a los creyentes a que ese día no lo dedicasen «al Sol, sino al Creador del Sol».

Con la instauración de la Navidad también se recuperó en occidente la celebración de los cumpleaños, aunque las parroquias europeas no comenzaron a registrar las fechas de nacimiento de sus feligreses hasta el siglo XII.

A pesar de haberse fijado ya como inmutable la fecha del 25 de diciembre -o quizá por esa misma razón-, las especulaciones en torno al natalicio de Jesús prosiguieron durante muchos siglos después. El papa Juan I (523-526), decidido a averiguar la verdad, le encargó una investigación al monje Dionysius Exiguus (Dionisio el Pequeño) que, tras un curioso proceso de razonamiento concluyó que el año de la Encarnación había sido el 754 de la fundación de Roma, y que la Encarnación misma había tenido lugar el 25 de marzo y el nacimiento el 25 de diciembre, eso es después de una gestación matemáticamente exacta de nueve meses.

La peculiar datación de Dionisio el Pequeño también dejó en herencia otra fecha famosa, la de los 33 años de Jesús en el momento de ser crucificado, pero hoy ya está bien demostrado que los cálculos del monje romano fueron errados hasta en lo más evidente y que Jesús tenía entre 41 y 45 años cuando fue ejecutado.

En el siglo XVI, un erudito como José Scaligero aún se ocupó del asunto y afirmó que Jesús había nacido a finales de septiembre o principios de octubre. Más prudente, el gran sabio y teólogo Bynaeus (1654-1698), después de analizar todo lo escrito al respecto, concluyó que «puesto que la Escritura calla sobre esto, callemos también nosotros»[11]. La fecha del 25 de diciembre, fijada a finales del siglo IV, ya era inamovible para el orbe católico (aunque no fuese aceptada por las Iglesias cristianas orientales que siguen celebrando el natalicio de Jesús en el 6 de enero).

LOS MASONES Y LA NAVIDAD
Los hijos de la Luz, como se conoce a los masones también festejan su navidad, pero ha diferencia de otros cultos, se festeja al Culto de la Naturaleza, celebradas en cuatro ocasiones: los dos equinoccios y en las dos etapas del solsticio, de verano e invierno, de acuerdo al hemisferio en que uno se encuentra.

Aunque el verano sea considerado generalmente como una estación alegre y el invierno como una triste, por el hecho de que el primero representa en cierto modo el triunfo de la luz y el segundo el de la oscuridad, los dos solsticios correspondientes tienen, sin embargo, un carácter exactamente contrario. Por paradójico que parezca, es muy fácil comprenderlo si se posee algún conocimiento sobre los datos tradicionales acerca del curso del ciclo anual. En efecto, lo que ha alcanzado su máximo no puede ya sino decrecer, y lo que ha llegado a su mínimo no puede sino comenzar a crecer[12]. Así, el solsticio de verano marca el comienzo de la mitad descendente del año, y el solsticio de invierno, el de su mitad ascendente. Desde el punto de vista de su significación cósmica, se comprenden mejor estas palabras de san Juan Bautista, cuyo nacimiento coincide con el solsticio estival (verano): “El (Jesús, nacido en el solsticio de invierno) conviene que crezca, y yo que disminuya”[13]. En realidad, el periodo “alegre”, es decir, benéfico y favorable, es la mitad ascendente del ciclo anual, y su periodo “triste”, es decir, maléfico o desfavorable, es su mitad descendente.

El solsticio de invierno, marca un momento en que el tiempo se detiene; el presente se manifiesta en un instante de eternidad. Es un tiempo de silencio, recogimiento interior y meditación. La semilla se pudre en el interior de la tierra esperando pacientemente a que llegue el tiempo apropiado para crecer y manifestarse.

Conocemos la experiencia de la cámara de reflexiones, de este duro camino interior hacia nuestro propio infierno, aislándonos hacia adentro, penetrando el centro mismo de las cosas para entender cual es la esencia de las cosas y cual su apariencia, así en lo más profundo de nuestra ser, en la noche más larga de nuestro viaje celeste, sólo nos queda una antorcha: nuestra razón resplandeciente, que apenas ilumina algunos restos óseos, que figuran otra realidad, la verdad brutal, privada del velo de las ilusiones, en el fondo del V.:I.:T.:R.:I.:O.:L.: alquímico “Visita Interiora Térrea Rectificando Invenies Occultum lapidem”.
Entonces en la noche más larga descubrimos la piedra filosofal, nuestra piedra cúbica francmasónica, sustento de las certezas que requiere el espíritu, roca firme, angular y cristalización salina de nuestro YO y de la construcción intelectual y moral que constituye la gran obra. Bástenos recordar de nuevo los misterios de Eleúsis y Ceres, en donde el recipiendario, el iniciado, era símbolo de la semilla en la tierra, que sufriendo la putrefacción da origen al nacimiento de la flor de oro y a su proceso de individuación nacido desde sus propios sueños arquetípicos.
QQ.:HH.: ya preparados para los cantos del gallo, que anuncian el fin de la noche y el triunfo de la luz sobre las tinieblas, se da cumplimiento al proceso, a la etapa ascendente de nuestro propio invierno interior.
Esto celebramos en nuestras fiestas solsticiales a pesar de que de la oscuridad nacemos una y otra vez en la circularidad interminable de los días, los múltiples nacimientos y muertes que hemos de tener en nuestras vidas, sin más armisticio que el eterno retorno al uno todo.
Las fiestas solsticiales son el momento simbólico en que los masones nos recogemos hacia el interior de nuestro microcosmo y advertimos nuevas verdades morales y nuevas realidades espirituales, que nos permiten continuar con la gran obra. Así también se produce en el macrocosmo el áureo proceso de los movimientos celestes de las esferas y de la armonía con que se regenera el universo, armonía que esta en consonancia con nuestros propios acordes interiores, que resuenan en nuestro YO con la mística melodía de las esferas.
A medianoche en punto, en lo más profundo de la oscuridad del solsticio invernal, Hiram muere, el Templo es destruido; pero esto no es sino el anuncio del nacimiento del Maestro y la renovación de los trabajos del Templo.


[1] Del latín nativitas, significa: Día en que se celebra, Diccionario de la Real Academia Española, p. 1430
[2] Es un círculo máximo perpendicular al eje del mundo. Es la proyección, sobre la esfera celeste, del Ecuador terrestre. Ver: www.zonagratuita.com/ZonaEsoterica/astrologia/nociones2.htmler
[3] Pepe Rodríguez, Mitos y Ritos de la Navidad. pp. 9-21
[4] pagus significa aldea y paganus aldeano o rústico
[5] Blázquez, J.M., Historia de las religiones antiguas. Oriente, Grecia y Roma, p. 311
[6] A propósito de la continuidad mítica de la figura de Jesús-Cristo en relación a los modelos anteriores de dioses solares jóvenes, puede consultarse el estudio publicado en Rodríguez, P. (1997). Mentiras fundamentales de la Iglesia católica. Barcelona: Ediciones B., pp. 113-151.
[7] Plutarco, Isis y Osiris, pp 65-98
[8]
[9] Biblia de Jerusalén, año 1994, p. 77
[10] Pepe Rodríguez, Mentiras fundamentales de la Iglesia católica. pp. 137-151
[11] Bynaei, De Natali J.C., libro I, capítulo IV, pp. 403-414.
[12] Esta idea se encuentra expresada varias veces y en formas diversas en el Tao-te King. En la tradición extremo –oriental, atañe a las vicisitudes del yin y el yang.
[13] San Juan 3-30