La masones en la independencia americana

The American School of Asunción, una distinguidad casa de estudios segundarios, me invitó para mañana a dar una conferencia sobre: "La Masonería y la Independencia de América". El texto que va a continuación formará parte de la presentación que compartiré con los alumnos. Considero importante esta iniciativa del colegio porque inculcan a sus estudiantes a estudiar la Cátedra de Historia más allá del relato oficial. Los datos que se ofrecen a continuación son tan reales como los más conocidos, solo que éstos son, justamente, desconocidos.

La Masonería es la cofradía más antigua y extendida del mundo. Si desde sus inicios suscitó en la gente curiosidad y cierta suspicacia, hoy se ha vuelto tema de debate público a partir de su protagonismo en libros contemporáneos. Sin embargo, la Hermanad sigue sin ser comprendida.

De muchas cosas fueron acusados los masones: una mera creación de antaño; que es sólo una excusa para la convivencia; es una organización atea destructora de almas; una asociación caritativa, haciendo el bien bajo la apariencia del secreto; un enjambre político de extraordinaria potencia; que sus discípulos guardan en secreto el conocimiento más grandioso del mundo; que celebran sus misterios ritos bajo los auspicios de Mefistófeles; que sus procedimientos son perfectamente inocentes por no decir simplemente estúpidos; que cometen todos los asesinatos; que existen con el sólo propósito de promover la hermandad y benevolencia universales de los hermanos libres y aceptados. Así, cuanto menos se sabe, más se cree de la Francmasonería.

Actualmente, entre cinco y seis millones de masones en el mundo se comprometen a vivir según los principios de la organización. Pero, ¿qué implica con exactitud la Masonería, y qué sucede detrás de las puertas cerradas de las logias? Alguno de ustedes tiene una idea y puede responder.

En esta ocasión ahondaremos en la historia de la Orden para revelar su participación en la independencia de los países americanos, buscando la libertad de los pueblos, a pesar de que el sentido de libertad sea tan antiguo como el hombre mismo.

Algunos masones siempre han sostenido que se puede ejercer la política individualmente pero sin comprometer a la Fraternidad, lo cierto es que el fenómeno sociológico que ha sido la Masonería reviste características políticas innegables.

Reclamamos con énfasis nuestra participación en los grandes acontecimientos y luchas que se han dado en Occidente para fortalecer el papel del individuo frente al absolutismo estatal, para independizar naciones de las confesiones religiosas, privilegiar el respeto a los Derechos del Hombre y del Ciudadano, la erradicación de la esclavitud, la promulgación de los Derechos Humanos, la creación de las Naciones Unidas, la Unión Europea, la separación entre la Iglesia y el Estado, etcétera.

Así en América, de norte a sur, a la Orden se le presenta en gran medida a partir de referentes ligados a luchas independentistas y a la gestión necesaria para la consolidación de las libertades públicas y privadas en nuestros pueblos. Los nombres de los héroes de nuestra independencia y de los presidentes que han sido masones son de frecuente mención en nuestras charlas cuando de presentar la institución se trata.

Entonces, no es extraño que no nos crean cuando decimos que los masones no nos ocupamos de temas políticos cuando nos reunimos. La verdad es que sí nos ocupamos de ellos. Pero no representamos a un partido político ni a una ideología en particular, ni un mundo de poder subterráneo y secreto que tras bambalinas quitamos y ponemos presidentes y ministros. Somos ciudadanos al igual que todos comprometidos con la República, respetuosos de las leyes y deseosos de una mejor sociedad.

El primer chispazo de revolución en Norte América se planificó, en 1773, en una placentera taberna de Boston llamada "El Dragón Verde" (Green Dragon). Allí se reunía la Logia Masónica de San Andrés, o en ingles Saint Andrew.

La dureza de la corona inglesa a sus colonias había alienado a los pobladores, y la sumisión de ellos, estaba llegando a su clímax; pero no había un liderazgo que emprendiera una organizada revolución. La decisión de los ingleses de excluir las colonias del negocio del té, rebasó la cólera y la indecisión de muchos.

En la taberna del Dragón Verde, no todos los miembros de la Logia apoyaban el movimiento patriótico; pero los líderes masones como Paul Revere, John Hancock, Samuel Adams y Joseph Warren trazaron el plan que inició las gestas revolucionarias independentistas.

La noche del 16 de diciembre de 1773, un pequeño grupo de hombres disfrazados de indígenas abordó el buque mercante de la compañía británica de la India Oriental para protestar contra un impuesto al té arrojando al agua una carga de 342 arcones de té. El denominado “Boston Tea Party” ha sido orgullosamente atribuido a los masones miembros de la Logia St. Andrew.

Al día siguiente fue Paul Revere, miembro de la logia citada, quien montó un caballo para llevar la noticia a Nueva York. La noche del 18 de abril de 1775 volvería a hacerlo, en esta oportunidad para dar alarma de que las tropas británicas marchaban desde Boston para buscar reservas secretas de armas en Concord.

Las ideas de libertad proclamadas por la Masonería prendieron rápidamente en las trece colonias inglesas del Norte de América. Muy pronto las Logias Masónicas de aquel territorio, en aquel entonces de composición social muy distinta a las de Inglaterra, se convirtieron en el foco y cuartel general de la revolución naciente contra la dominación de la Corona Británica en sus colonias del nuevo continente.

Es conocido que la participación de la Masonería llegó a ser tan decisiva en la independencia de las colonias británicas en Norte América, que las principales figuras independentistas fueron masones destacados, lo mismo que lo fueron en casi su totalidad (sólo excluyendo a dos) los firmantes de la famosa Declaración de su Independencia, el 4 de julio de 1776

La gran mayoría de los congresistas que ratificaron dichos acuerdos eran igualmente miembros de la hermandad masónica, lo mismo que prácticamente la totalidad de los altos mandos del ejército republicano que combatió a las tropas realistas de la metrópoli inglesa.

La influencia de la francmasonería se haría patente desde el principio en todos los ámbitos del incipiente nuevo Estado, modelando sus componentes ideológicos y políticos e inspirando buena parte de su simbología y mística patriótica.

Inmediatamente después de proclamar la Declaración de Independencia, el Congreso Norteamericano reunido en la ciudad de Filadelfia adoptó una resolución encargando a tres destacados y dilectos hermanos masones John Adams, Benjamín Franklin y Thomas Jefferson la confección del sello oficial del nuevo Estado. A tal efecto, cada uno de los tres miembros del comité sugirió un diseño para el sello de la Unión.

Jefferson propuso una imagen que representase al pueblo de Israel marchando hacia la Tierra Prometida. Franklin proyectó una alegoría en la que aparecía Moisés conduciendo a los israelitas a través del Mar Rojo. John Adams, por su parte, se inclinó por un tema de la mitología griega que representaba a Hércules.

A estas primeras propuestas se les fueron añadiendo las de sucesivos comités hasta que, finalmente, fue aprobado el diseño definitivo propuesto por el secretario del Congreso, Charles Thomson, Maestro Masón de una Logia masónica de Filadelfia cuyo V:. M:. era Benjamín Franklin.

Durante la revolución norteamericana se considera que se usó por primera vez con un sentido político el trilema masónico: Libertad, Igualdad, Fraternidad, el mismo que pasaría a la historia de la humanidad, por ser luego adoptado a través de los franceses como lema principal de su revolución, al estallar ésta pocos años más tarde, un 14 de julio de 1789.

A diferencia de Norteamérica, donde los masones estaban instalados desde larga data, la participación masónica en el Sur del continente fue menor debido al absolutismo clerical y monárquico representado en la corona española. También es importante mencionar que el sistema económico reinante entre las dos coronas, inglesa y española, era totalmente diferente; la primera sostenida en el liberalismo y la segunda en el mercantilismo.

La transformación que sufre Europa desde el siglo XVIII y en la que se articula la caída del imperio colonial español constituye un encuadre insoslayable para la transformación del fenómeno sudamericano y lo es más si se trata de analizar las corrientes de ideas que puso las puso en movimiento.

El año 1810, en Londres, estuvo dominado por las noticias que llegaban de España acerca del desmoronamiento de la monarquía, ante la consolidación de la ocupación napoleónica y el resurgimiento de las autonomías locales como mecanismo de resistencia ante el invasor. Se expandía igualmente el temor de que los codiciados territorios americanos cayeran también en manos del emperador francés.

Dado el aislamiento en que Napoleón había colocado a Inglaterra, a ésta no le quedaba otro camino, si no quería asfixiarse económicamente, que impedir que el emperador incorporara América a sus dominios; y esto sólo podría lograrlo ayudando a estas colonias a conquistar su independencia.

Desde fines del siglo XVIII la corona inglesa, por medio de la Compañía de Indias Orientales, venía realizando planes para la conquista de esta parte de América, con el propósito de insertar sus productos y manufacturas en la sociedad hispanoamericana y encontrar una solución luego de su fracaso en el acceso a América Central. A ver ¿quién me da detalles sobre la Compañía de Indias Orientales?

En 1799, un hombre vinculado al gobierno británico de William Pitt, el joven, que había tomado parte en todas las discusiones acerca de una posible acción militar sobre los asentamientos españoles en el nuevo mundo, Sir John Hippisley, encomendó la realización de un plan militar para conquistar las tierras españolas de ultramar. Este plan entraría en ejecución después 13 años, luego de alianzas y enfrentamientos entre ingleses y españoles.

Hippisley había vivido varios años en Roma donde desempeñaba tareas secretas para el gobierno británico y no hacia muchos años que a instancias de España, Portugal y Francia el Papa Clemente XIV había suprimido a la sociedad de Jesús en 1773. Éstos fueron admitidos en el Vaticano. Hippisley logró obtener de esos jesuitas información valiosa sobre los modos de atacar las colonias españolas.

Fue precisamente en un periodo de guerra anglo-española, a comienzos de 1800, cuando Hippisley escribió un memorial a Thomas Mitland adjuntado toda la información obtenida de los jesuitas y encomendándole la elaboración de un plan para una rápida acción sobre las colonias españolas.

Thomas Maitland era un militar estratega destacado por su eficaz administración en las colonias encomendadas a su gobierno. Estuvo en India, participó en el fracasado intento de ingresar a América Central y terminó sus días en Malta, siendo un de los mejores gobernantes que haya tenido la corona inglesa en aguas del mediterráneo.

Maitland estudió al detalle la documentación proporcionada por Hippisley y encontró que en todos los planes para atacar Hispanoamérica los emolumentos de los individuos eran la parte más importante a considerar. Las expediciones solían ser movidas por la perspectiva de un beneficio inmediato. Thomas tuvo una concepción distinta. Uno en pos del interés comercial de su país.

Al tiempo de la guerra de la Península, Inglaterra se debatía entre dos objetivos contradictorios. El principal era, por supuesto, detener a Napoleón, y a estos fines España y Portugal eran los únicos aliados que Inglaterra tenía en Europa. Por otro lado, un clamor público demandaba, en Inglaterra, que la corona extendiera “sus conquistas al Nuevo Mundo, de modo de mantener un equilibrio”, lo cual era importante tanto desde el punto de vista militar como comercial. Napoleón había impuesto un bloqueo al continente e Inglaterra se sentía en la necesidad de encontrar nuevos mercados cuanto antes.

Hispanoamérica ofrecía la oportunidad más promisoria, pero los españoles se aferraban a su monopolio: estaban convencidos de que todo esfuerzo por preservar sus colonias de ultramar se volvería inútil si otras potencias quedaban en libertad de comerciar con esas colonias. Los revolucionarios americanos sabían que era esa resistencia española lo que más inquietaba a Inglaterra. Por lo tanto, ellos prometían libre comercio, y aun facilidades territoriales, a cambio de la ayuda militar que Inglaterra pudiera prestar a los movimientos independentistas. La oferta tentaba a Inglaterra, pero la necesidad de no irritar a sus aliados europeos frenaba toda acción práctica.

Como asociación consagrada a la Libertad, Igualdad y Fraternidad, portadora de ideas supranacionales y amparadas por el más estricto secreto, la moderna masonería (fundada en Londres en 1717) era ideal para prestar asistencia indirecta a los revolucionarios hispanoamericanos.

Eso no pudo pasar inadvertido a los masones británicos, entre los cuales había figuras de tanta prominencia como el Príncipe Regente, opuesto a la idea de que Gran Bretaña diera apoyo formal a movimientos subversivos en Hispanoamérica. El futuro Jorge IV había sido iniciado en 1787 por su tío Henry Frederick, Duque de Cumberland, en la Logia Príncipe de Gales, 259EC, Londres. En 1811, el príncipe era Gran Maestre de la Moderna Masonería Constitucional Inglesa.

Por aquella época circulaba en Londres Francisco de Miranda quien en 1798 fundó la logia que aglutinaría a los padres de la emancipación Americana: “La Gran Reunión Americana”. La casa, emplazada en 28 Grafton Street (hoy 58 Grafton Way) fue el epicentro donde se gestó el plan para libertar América. Miranda había intentando desde 1791 persuadir a la corona inglesa a que participe en la emancipación de América. Recién en 1812 zaparía la fragata George Canning donde venían San Martín, Alvear, Bello, O`Higiggins a poner en marcha el plan redactado por Maitland.

La Masonería fue el conducto por el cual se logró la emancipación de América. Por sus cualidades, esta organización tenía todo para resguardar la información y poner a cubierto a los miembros que realizarían el trabajo.

En enero de 1812 llegan al puerto de Buenos Aires y desde aquí la historia ya esta conocida por todos. Ganar el puerto de Buenos Aires; Tomar posiciones en Mendoza; Coordinar acciones con un ejército en Chile; Cruzar los Andes; Derrocar a los españoles y controlar Chile; Continuar por mar a Perú; Emancipar Perú.

Christian Gadea Saguier

Fuente consultada
http://es.wikipedia.org/wiki/Carlos_Rodriguez_Jimenez

El Vaticano empleó a 6.000 judíos esclavos en el nazismo

Sobre el campo de exterminio de Auschwitz-Birkenau, Benedicto XVI se preguntaba en 2006 "dónde estaba Dios en aquellos días". No mencionó la culpa de los alemanes y calificó el Holocausto como un "instrumento de la saña destructiva" de un "grupo de criminales". Tampoco se planteó otra cuestión: ¿dónde estaba la Iglesia católica? El cardenal Karl Lehmann presentó ayer en Maguncia un estudio que ilustra el papel de la Iglesia de Roma en el sistema nazi de trabajos forzados durante la II Guerra Mundial. Entre seis y ocho mil esclavos judíos trabajaron para ella, segú publica hoy El País, de España.

El historiador Karl-Joseph Hummel, que ha editado este informe, describía ayer las dificultades de los católicos bajo el nazismo. "Mediante contratos con el Ejército, los monasterios y otras instituciones evitaban las posibles expropiaciones" de un régimen hostil. Para cumplir estos contratos en medio de la guerra, la Iglesia recurrió a los trabajadores forzados puestos a su disposición por los nazis como "medida de autodefensa". El catedrático de la Universidad Libre de Berlín Wolfgang Wippermann destacaba la "estrecha relación" entre la Iglesia católica y la Comisión de Historia que ha guiado el estudio. Para él "tiene como meta la justificación de algunos comportamientos del Vaticano respecto a la Alemania de Hitler".

Sin más palabras.

Christian Gadea Saguier

Dan Brown novelará a los masones

¿El 4 de julio? Como si se tratara del misterio de una de sus novelas, las especulaciones sobre las nuevas aventuras del profesor Robert Langdon, The Solomon key -título provisional de la obra- se han disparado y se barajan para su publicación este año fechas como el 4 de julio, día de la Independencia estadounidense y día en el que en una ceremonia masónica en 1848 fue colocada la piedra angular del monumento de Washington. O el 18 de septiembre: ese día de 1793, George Washington condujo un desfile masónico para colocar la piedra angular del Capitolio.

Especulaciones que provienen del que Brown anunció como tema central de su novela y que abunda en las teorías conspirativas de sus otros libros: "La enigmática hermandad de los masones" en Estados Unidos y la "historia oculta de la capital de la nación", Washington D.C. A eso se añadirían pistas dejadas en El código Da Vinci,como referencias a la escultura criptográfica Kryptos en los cuarteles de la CIA en Langley, Virginia, al lado del D.C.

Los padres masones de la patria. De esos escuetos datos han nacido libros sobre la desconocida novela de Brown como The Solomon key and beyond,Secrets of the widow's son (aquí traducida por Temas de Hoy como Los secretos de la continuación del Código da Vinci,Los secretos de Dan Brown y la llave de Salomón que dice que Brown explorará hermandades como Skull and Bones en Yale, a la que pertenecieron Kerry y Bush- o Turning the Solomon key, entre otros, que describen e incluso cuestionan los misterios que supuestamente articulan la novela de Brown, la primera de Robert Langdon en suelo americano. Ciertamente, ni en EE.UU. ni en Washington D.C. escasean los símbolos masónicos. George Washington, primer presidente, fue masón -hay un memorial masónico que se asemeja al faro de Alejandría y lo recuerda-, y también lo fueron padres fundadores como Madison y Franklin o como el arquitecto de la Casa Blanca, James Hoban. El actual Gran Maestre de Gran Logia de Washington reveló a France Presse que Brown mantuvo contacto con ellos y están expectantes ante el libro, aunque sin miedo: "No acabará con la masonería". Un libro que, aseguran algunos críticos, se retrasa porque Brown ha tenido que cambiar fragmentos para no parecerse a los manuales sobre su propia novela.

¿Ciudad masónica? Si el Louvre y La Gioconda ganaron más fama con El código Da Vinci, en Washington D.C. tendrán que preparar no sólo la visita a edificios oficiales con esfinges -la fascinación masónica por Egipto- y compases, sino, de hacer caso a los libros sobre la novela, helicópteros: entre las múltiples teorías de estos, que quizá tenga también Brown, se dice que el Capitolio, el Lincoln Memorial, los muros de la Casa Blanca y el Jefferson Memorial forman una escuadra y un compás. Y que otros monumentos y calles forman la estrella de cinco puntas, el sello de Salomón. Preparados para el tour

Christian Gadea Saguier