Hacia una espiritualidad sin dogmas

La semana que pasó estuve reunido con mis pares, miembros de la Asociación Racionalista del Paraguay (APRA), y conversamos sobre la limitación que producen los dogmas en el discernimiento del ser humano. Considero que el dogma y el pensamiento son dos caminos distintos, pero ambos se producen en la mente. El dogma, de cualquier tipo, religioso, político, social, es un sendero cerrado determinado absolutamente por la fe, es decir, creer sin ver, sin tener la capacidad de justificación o realización. Así, en el campo religioso un cristiano es o no es cristiano, no se puede concebir un medio cristiano. El dogma es absoluto o no es. En cambio es pensamiento, nuestra capacidad de discernir, es diferente.

Los librepensadores consideramos que el pensamiento es la cualidad más importante que tiene el hombre para progresar en todos los ámbitos de su vida. De esta forma, el razonamiento es un camino abierto, plural, deliberativo y por tanto adogmático. Sin embargo, a pesar de esta capacidad humana, cuando el hombre está sometido al miedo, no puede ser íntimamente libre ni generoso con los demás. Cuando tiene miedo, está totalmente privado de libertad y cerrado a los otros. Aquí se inicia el camino al sometimiento religioso. Los grandes maestros griegos, tanto de la tradición estoica como epicúrea, que son las dos grandes tradiciones griegas, decían a sus discípulos: “Mientras tengas miedo de la muerte, no podrás vivir una buena vida”.

La filosofía según el filósofo francés, autor de Aprender a vivir (Taurus), Luc Ferry, nació de ese miedo a la muerte, que con frecuencia no es solo miedo a la propia muerte sino también a la muerte de los seres queridos. Desde este punto de vista, las grandes filosofías, como la Masonería, son una opción frente a las religiones. En su obra, el ex ministro de Educación del gobierno de Chirac, demuestra que las filosofías son también doctrinas de salvación. Doctrinas de salvación laicas, sin dioses, pero capaces de liberar al ser humano de los miedos que lo acosan. Con este enfoque, la cualidad principal de la filosofía es enseñar al hombre a superar los miedos que le impiden vivir bien y desarrollar una espiritualidad laica. Ayudar al hombre a vivir mejor, más libre, despojado de vanos temores, cargando en el espíritu solo unas pocas verdades razonablemente adquiridas.

El desafío está en llevar la filosofía laica al terreno de la vida cotidiana. “Aprender a vivir, a dejar de temer en vano los diversos rostros de la muerte o, simplemente, aprender a superar la banalidad de la vida cotidiana, las preocupaciones y el tiempo que pasa, éste fue el primer objetivo de las escuelas de la Antigüedad griega. Merece la pena escuchar su mensaje, porque las filosofías del pasado nos siguen hablando”, escribe Ferry. Paso a paso el pensamiento modelará la existencia y estoy convencido que se puede aprender a vivir sin una doctrina religiosa desarrollando una sabiduría a medida.

Hay en nuestras vidas cosas que pasan para siempre: un divorcio, una mudanza, la pérdida de un empleo, la disputa con un amigo. Durante la vida hay experiencias de pequeñas muertes que nos hacen palpar lo irreversible del tiempo que pasa. Es algo muy angustiante. Una fórmula estoica para perder el miedo dice: “Sabio es aquel que lamenta un poco menos, que espera un poco menos y que ama un poco más”. Nietzche retomará esta idea y la llamará “la inocencia del devenir”. En pocas palabras, el sabio consigue reconciliarse con la vida cuando deja de relativizar el presente con los recuerdos del pasado o con las expectativas del porvenir.

En la angustia del ser humano es donde nace la idea de algún dios, éstos suelen ser una excelente respuesta a la incertidumbre del hombre, un dios que sea capaz de sacarlo de la situación en que se encuentra y conducirlo a un estadio de felicidad. Desde la antigüedad y aun en la actualidad no pocos seres humanos someten su vida al designio divino, esperando que ese dogma solucione su problema existencial. Este tipo de ser humano ignora que, como decía José Ingenieros (1877-1925), el hombre es el arquitecto de su propio destino y es su deber conocerse a sí mismo, deber que desde la antigüedad estaba escrito en la entrada del Oráculo de Delfos.

Ante el avance del pensamiento crítico, las bases del pensamiento religioso fueron fragilizadas por la presión del pensamiento racional. El espíritu crítico que nace con la democracia, con la Revolución Francesa, se basa en la idea de que es preciso cuestionar las tradiciones. Ese es el gesto de Descartes, de la Revolución Francesa y de todo el pensamiento moderno. Pero, según explica Luc Ferry en una nota publicada el sábado pasado en la revista de cultura del diario La Nación de Argentina, hay otra razón mucho más profunda. “La historia de Europa, de los Estados Unidos y de América Latina fue marcada por lo que Thomas Weber llamó “el desencanto del hombre” (el alejamiento de dios), no solo por el desarrollo del espíritu crítico, sino por una consecuencia inesperada de la aparición del capitalismo en los siglos XVIII y XIX.

Esta evolución, al alejarnos de la idea de dios y dejar de ser creyentes, no significa que las cuestiones de espiritualidad no nos interesen. No hay que confundir moral con espiritualidad. La moral es el respeto del otro, moral quiere decir derechos humanos. Cualquiera sea la moral que uno escoja, todas se basan en el respeto y la honestidad. Pero aunque uno sea perfectamente moral, respetuoso y honesto, igual seguirá estando expuesto a la muerte de sus seres queridos, a la vejez, o a tener un hijo con cáncer. El duelo, el sufrimiento, la enfermedad, la vejez, la separación son cuestiones que dependen de la espiritualidad.

Para Luc Ferry los tres grandes ejes de reflexión en torno al desarrollo de una espiritualidad laica y moderna (teoría, moral y doctrina de la salvación) se plantean en términos completamente inéditos. En el terreno teórico, la cuestión de fondo es la integración del campo histórico. Para comprender el presente, es necesario darse una vuelta por las experiencias del pasado. La teoría filosófica actual, asegura, debería organizarse un poco sobre el principio del psicoanálisis: comprender el pasado como medio de entender el presente. En el plano ético, la moral contemporánea está representada por la universalización del sentimiento humanitario. La globalización de lo humanitario ha hecho estallar el marco tradicionalmente nacional de los derechos humanos. En el terreno espiritual, el problema al que estamos enfrentados en la actualidad es la cuestión de la muerte, en todas sus formas, concluye.

El hombre tiene la potencialidad de ser mejor, de construirse en todos sus ámbitos, pero no de impedir su muerte. Ante esta situación, el ser humano debería concentrarse en concretar en la Tierra el máximo desarrollo moral, intelectual y espiritual, condición para que pueda alcanzar la felicidad en una humanidad fraternalmente organizada.

Particularmente la construcción de una espiritualidad laica surge de la reflexión de nuestra finitud en la Tierra, de la incapacidad a lograr la inmortalidad tal como conocemos la vida, y de colocar al ser humano como centro del universo, pues al final todo está contenido en la naturaleza y por el momento está comprobado que no existe nada fuera de ella. Así el hombre encuentra su estado divino, al formar parte del universo ya no necesita intermediación alguna para ser uno con él.

La espiritualidad no necesita del Papismo ni de toda su jerarquía para fortalecerse. Ellos constituyen la negación de la libertad en todas sus formas, son un sistema que pretende gobernar al ser humano por medio del espíritu, bajo un manto absolutista, el más contrario a la integridad espiritual y material del hombre.

Si el concepto de laicidad resulta incomprensible en el mundo anglosajón, tiene en cambio su traducción exacta en italiano, español y portugués. Ello se explica por la identidad religiosa de los países latinos, regidos durante largo tiempo por la religión católica, que aún ejerce una influencia cierta, y se vieron en la necesidad de tomar medidas conducentes a su emancipación.

La laicidad tiene dos acepciones esenciales: una social y otra filosófica. Pero posee también una dimensión espiritual.

Hija de las Luces, la idea laica, en germen durante los siglos XVI y XVII, se desarrolló durante el siglo XVII. Bajo la influencia de los masones de aquella época, se insertó el principio de la libertad de conciencia en el texto de la Constitución de los Estados Unidos, en 1787, antes de que fuera proclamado por la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, promulgara en Francia en 1789, de convertirse más tarde en universal. En ese sentido, el Concordato con Napoleón de 1806, limitó ya el poder de la Iglesia. En función de la intensidad de las fuerzas adversas, la laicidad ha tenido que ser, según los casos, combativa, incluso agresiva, defensiva o simplemente militante. Su edad de oro fue la III República Francesa. El hermano Jules Ferry, padre de Luc, hizo aprobar en 1882 la ley que establecía la gratuidad, la obligatoriedad y la laicidad de la instrucción pública.

La laicidad se ha convertido en una consigna que no puede comprenderse sino por oposición al clericalismo triunfante del siglo XIX, cuando la Iglesia trataba de dirigir los estados y de imponer directrices políticas cristianas. Para la mayoría republicana de comienzos del siglo XX, que contemplaba en Francia la separación de las Iglesias y del Estado mediante la ley de 9 de diciembre de 1905, no se trataba de ningún deseo de aplastar a las religiones, sino de limitar el poder de la Iglesia Católica, aliada de los monárquicos. La Ley de 1905 es explícita: “La República no reconoce (...) ningún culto (en particular)” (Art. 2). En lo sucesivo, no habría en Francia ninguna Iglesia con privilegios jurídicos y todas la Iglesias (presentes o futuras) son legales.

La laicidad es una facultad de carácter al mismo tiempo que una virtud moral y cívica, por ser nobles las cualidades de modestia, de sinceridad y de inteligencia que requiere. Siendo un principio moral, la laicidad es tolerancia y el respeto a los demás. Como signo de equilibrio interior, implica autonomía del pensamiento, sin recurrir a verdades tenidas por irrefutables e inverificables, como las que ofrecen las religiones. Se trata de una búsqueda leal y prudente de la verdad personal, al mismo tiempo que un esfuerzo sincero por reconocer en todo hombre una parte de la verdad, aunque sea un adversario. ¿No será, entonces, la laicidad uno de los aspectos del derecho a la diferencia, no limitado al color de la piel? Puesto que es una ética que respeta al hombre íntegramente, no puede dejar de respetar su ser interior en lo que tiene de más íntimo y, por ello no prohíbe ni la fe ni la oración. Más aún, no puede sino enriquecer, al tratar de comprender otras formas de pensamiento.

Por lo que respecta a la espiritualidad, ésta tiene también sus contrapartidas, como la consistente en negar la ciencia y tomar partido por lo irracional, confundiendo lo espiritual con lo irracional. Reconocer la existencia del Misterio es una cosa; pero pretendiendo alzar el velo que lo cubre se corre el riesgo de hundirse en lo sobrenatural, en la afición a adivinar, a los oráculos y a las demostraciones a posteriori, en cuantos casos el orgullo de unos pueda explotar la credulidad y la angustia de otros. El término “espiritualidad” ha sido desvirtuado y conserva una connotación religiosa, cuando, en realidad, no implica necesariamente adhesión a una religión, ni la impide.

La espiritualidad no es una escapatoria de la realidad, sino que emana de la búsqueda de lo que puede estar tras lo aparente, de una busca de la verdad, de una aspiración a lo absoluto. Consiste en una vinculación con los valores que tienden hacia lo infinito, lo sagrado; es la vida interior, la marcha personal hacia lo bello, lo bueno, lo verdadero.

Cuando hablamos de espiritualidad laica, quiero aclarar que no nos involucramos en el nivel de las creencias. Espiritualidad laica quiere decir espiritualidad libre, ¿Y en qué consiste? La fortaleza en el desarrollo de una espiritualidad sin dogmas viene de la valoración del amor y la compasión. El amor y la compasión, por ejemplo, no tienen por qué estar relacionados con una religión. La idea es que podamos vivir en armonía y convivir sin problemas. La cuestión fundamental es la construcción de una sabiduría del amor. Entender la vida como una eterna construcción

La ternura, el cariño, el afecto manifiesto en el tono de voz, en la mirada, en la caricia es el caldo de cultivo imprescindible para que se abran los corazones a la construcción de la vida. En nuestra educación muchas veces nos han enseñado a reprimir las emociones y los sentimientos verdaderos, y hay que desaprender, liberar el movimiento y el corazón, recuperar la sencillez y frescura para disfrutar un buen abrazo, y permitirse una caricia. El darla o solicitarla. El conocimiento de sí mismo es realmente ser espiritual. Conocerse, querer y quererse deben darse juntos para permitir una crecimiento en libertad y lograr una espiritualidad laica.

Christian Gadea Saguier

1 comentario:

  1. Hoy en día vemos una humanidad saciada más no satisfecha, que se prepara para retornar a sus prístinos anhelos. La primitiva fórmula de la Sabiduría promete ser la última: Dios, Luz, Libertad, Inmortalidad.

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