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Hacia una vida poscristiana

CHRISTIAN GADEA SAGUIER
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¿Te aterrorizaría la idea de abandonar la religión? Cada vez somos más los que vivimos ajenos a un sistema religioso, pero comparado con los creyentes constituimos un puñado. Esta nota no es una propaganda ni una invitación sino que pretende platear un cambio de enfoque de lo dogmático hacia una visión del mundo naturalista; libre de elementos místicos o sobrenaturales, desplazando la cultura humana sobre otra base que no sea cristiana, tampoco nihilista sino poscristiana. Se trata de construir otro tipo de sociedad para los que no quieran seguir habitando intelectualmente sitios que ya fueron demasiado utilizados. Una edificación, en otro lugar, que no contenga referencia teológica pero tampoco cientificista, para habitar una nueva moral o renovar la de algunos movimientos presocráticos, como los epicúreos o los estoicos. No se trata de acondicionar las iglesias, tampoco destruirlas y menos hacer una huelga como postula Ayn Rand en La Rebelión de Atlas.

¿Por qué recurrir a los presocráticos? No se pretende cambiar las estampitas de San Cayetano por Epicuro, sino de una nueva lectura, emulando lo que hizo Nietzsche cuando recuperó algunas ideas de saberes antiguos como las del estoicismo, que insisten en que la nostalgia del pasado y la esperanza de un futuro mejor nos alejan de la auténtica sabiduría, que consiste en saber reconciliarse con lo que hay y en vivir en la única dimensión real del tiempo; es decir, vivir el presente, con una feliz desesperanza, tal como titula André Comte una de sus obras. La deconstrucción nietzscheana, según Luc Ferry en Familia y Amor, muestra analogías con los grandes movimientos de protesta en contra de las normas sociales tradicionales de los que está llena la historia del siglo pasado.

Para iniciar el camino es necesario estar convencido del new deal que propone Michael Onfray en Tratato de Ateología: «Un nuevo contrato que legitime la relación humana sin Dios, la religión o los curas, sin necesidad de ser amenazado con un infierno o seducido con un paraíso, eludiendo la ontología de premio y castigo posmortem para alentar las buenas acciones, justas y rectas. Una ética sin obligaciones o sanciones trascendentes».

Al seguir esta pauta ya no es necesario negar públicamente a los dioses, tampoco comprometerse en un clericalismo ateo que devino en la cara opuesta –pero de la misma moneda– del cura. Se trata de apuntar a lo que Gilles Deleuze llama, en Pericles y Verdi: La Filosofía de Francois Chatelet, un ateísmo tranquilo; es decir, una filosofía de vida que no plantee como causa la inexistencia o muerte de los dioses. Esas ideas son elementos que hay que considerar como adquiridas para resolver los verdaderos problemas de nuestra existencia. Sobre esta tendencia Onfray apunta: «es menos una posición estática de negación o de lucha contra Dios que un método dinámico que desemboca en una proposición positiva». Por lo tanto, la negación de lo sobrenatural no es un fin sino un medio para construir con otros valores. Pero, ¿acaso no es la religión lo que nos hace morales? 

«A la religión se le han acabado las justificaciones. Gracias al telescopio y al microscopio ya no ofrecen explicación de nada importante. Allá donde en otro tiempo solía ser capaz de impedir la aparición de rivales mediante la imposición absoluta de una visión del mundo, hoy día solo puede obstaculizar y retrazar los progresos hacia a los que nos encaminamos», opina Christopher Hitchens en Dios no es Bueno

Muchos creen que el papel más importante de la religión es ser soporte de la moralidad al darle a la gente una razón imbatible para obrar bien. Daniel Dennett en Romper el hechizo asegura que «no se ha descubierto evidencia alguna que sustente la afirmación según la cual las personas no religiosas sean más propensas a matar, a violar, a robar, o a romper promesas que la gente que sí cree».

Los filósofos de la moral –desde los días de Hume y Kant, pasando por Nietzsche, hasta arribar al presente– han estado de acuerdo en pocas cosas, pero todos han considerado esa visión de la moralidad religiosa como una suerte de trampa, una reducción al absurdo en la que sólo caerían los más incautos moralistas; sin embargo son legión los adeptos, pero una pálida minoría la practicante. «No necesitamos a un dios policía o a sus agentes para generar un clima en el que podamos hacer promesas y conducir los asuntos humanos sobre la base de ellas […]. Además, no hay ninguna razón por la que el hecho de no creer en la inmaterialidad o en la inmortalidad del alma pueda hacer a una persona más despreocupada, menos moral, menos comprometida con el bienestar de todos los habitantes de la Tierra que alguien que cree en el espíritu», afirma Dennet. Empero, El sigue vivo en los juramentos legales de varios países.

El bien y el mal no solo existen porque coinciden con las nociones de fiel o infiel en la religión, sino porque atañen a la utilidad y felicidad de la humanidad. «El valor de un ser humano no viene determinado por su grado de posesión supuesto o real de la verdad, sino más bien por la honestidad de su esfuerzo por alcanzarla. No es la posesión de la verdad, sino más bien la búsqueda de la misma, lo que ensancha su capacidad y donde puede hallarse su creciente perfectibilidad», escribe Gotthold Lessing en Anti-Goeze.

Un principio divino –anota Esther Díaz en el prólogo de la citada obra de Onfray– es sólo un conjunto de palabras. No hay entidad que lo sostenga. Más allá no hay nada. Pero en este mundo, en la contundente realidad de la inmanencia, existen pensamientos alternativos a la teología hegemónica. Existen sujetos alegres que aman la vida. Hay materialistas, cínicos, hedonistas, sensualistas, dionisíacos. Ellos (tal como señala Onfray) saben que sólo tenemos un mundo y que al negarlo –o concentrarnos en lo trascendente desde una óptica metafísica– nos arrojamos a la pérdida de su uso, disfrute y beneficio. 

Ahora que conoces una alternativa a la teología, ¿te inscribirías en esta filosofía de vida?. Cuando deliberes recuerda al Gran inquisidor en Los hermanos Karamazov de Dostoievski: «más allá de la tumba no hallarán nada más que la muerte. Pero guardaremos el secreto, y por su felicidad los atraeremos con la recompensa del cielo y la eternidad»
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Alternativas a la creencia divina

CHRISTIAN GADEA SAGUIER
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¿Es posible la existencia sin Dios? Sí, por supuesto. Quien escribe y una legión de no creyentes vivimos, lo que demuestra que se puede vivir sin él, en el caso que sea definido como sujeto; entonces, ¿es probable que Dios no exista? Esta cuestión que se encuentra viajando en transportes públicos europeos es la actitud que tomamos no pocas personas, pero negar la idea de Dios como predicado se hace más difícil. Veamos… 

Esta semana lo expuso con claridad Fernando Savater en una tribuna de El País: «…decir que Dios probablemente no existe es decir demasiado o demasiado poco. Imaginemos que alguien nos pregunta si el Banco de Santander existe: como hay numerosas sedes de esa entidad, directivos y empleados, gente que le confía sus ahorros, cotiza en Bolsa y reparte jugosos dividendos, etcétera..., la única respuesta lógica y sensata es la afirmativa. Pero si mi interlocutor me asegura que acaba de encontrarse con el Banco de Santander por la calle y le ha revelado fórmulas para escapar de la crisis, me negaré a creerle... porque el banco en cuestión no existe, es decir, no existe en el sentido que vale para los viandantes, Barack Obama, la sierra de Gredos o los animales invertebrados. Creo que lo mismo ocurre con Dios: en un sentido es imposible negar que existe, en otro es imposible afirmarlo». Ante esta situación se presentan tres caminos para romper el hechizo divino.

En particular no soy partidario del mote religioso con que se define las variantes a la creencia: ateo o agnóstico; me cae mejor la palabra «naturalista» o «bright» acuñada por Daniel Dennet en su ensayo The bright stuff, donde llama la atención sobre los esfuerzos de algunos agnósticos, ateos y otros partidarios del naturalismo por poner en circulación un término para los no creyentes. ¿Qué es un bright? Nuestro sitio web en español lo define claramente: «Un bright es una persona con una visión naturalista del mundo. Su visión del mundo está libre de elementos místicos o sobrenaturales. La ética y acciones de un bright se basan en una visión naturalista del mundo». La palabra «bright» significa literalmente «brillante». El título del artículo referido es también un juego de palabras: significa, por una parte, «la materia brillante» y, por otra, así como «lo de los Bright» o «la cosa de los Bright». 

Pero, si me resigno al mote, me parece imposible hacer compatible el ateísmo con el afán misionero. Como individuos tenemos distintas circunstancias entre las que funcionamos. No pensamos de la misma forma en varios asuntos de acción y, más allá de otros principios, no es deseo de este autor presionar para su conformidad. Nuestros países, culturas, política, género, profesiones, intereses y demás, difieren ampliamente. Sin embargo, estamos generalmente «en sincronía» los unos con los otros porque compartimos una visión del mundo libre de elementos místicos y sobrenaturales. Esto es lo que nos une. No tenemos necesidad de reunirnos todos los días, ni cada siete, ni con motivo de ninguna festividad, ni para proclamar nuestra rectitud o postrarnos en nuestra indignidad; no necesitamos ningún sacerdote, ni alguien que custodia la doctrina, somos libres. No confiamos exclusivamente en la ciencia y en la razón, ya que estos elementos son necesarios en lugar de suficientes, pero desconfiamos de todo aquello que contradiga o atente contra la razón, respetando la libre indagación, la actitud abierta y la búsqueda de las ideas por lo que valen en sí mismas, sin mantener nuestras convicciones de forma dogmática.

Ahora, echemos la mirada a los senderos más conocidos transitados por los no creyentes: ateo y agnóstico. Ambos tienen en común el hecho no creer en Dios; sin embargo, el primero es una apuesta, pero negativa. «Un pensamiento que sólo se alimenta de la ausencia de su objeto», sostiene André Comte-Sponville en El alma del ateísmo

Conozco dos formas de ateísmo: no creer en Dios (forma negativa), o creer que Dios no existe (forma positiva). En estas dos variantes el ateo toma partido contra la existencia de Dios. No tiene una certeza sino que imprime una apuesta en virtud de pruebas que le llevan a considerar más bien ausencia que presencia. Se asocia mucho el ateísmo con tristeza, sinsentido, escepticismo, cuando en realidad representa lo contrario. Celebración de la vida, la naturaleza, despojado de los sentidos trascendentales. 

«…ser ateo no quiere decir tampoco sentir a la existencia vacía: esa es la representación que un creyente hace del ateísmo porque para él, si no hay dios, entonces esta realidad carece de sentido y de orden. Para el ateo el sentido no viene dado por ninguna realidad trascendente ni por ninguna existencia inmaterial y superior. La existencia tiene sentido de por sí, y en verdad tiene un sentido superior al de nuestras fuerzas. La vida es perfecta como es: avasallante, feroz, increíble, sensacional, compleja, desbordante, exuberante, maravillosa, incomprensible. Que no pueda comprenderse no quiere decir que haya que apelar a Dios, hay que entender y aceptar que la vida no es un fenómeno para comprender sino para experimentar, es plena en sí misma y no va a dar a ninguna parte. Tras la muerte, nada…», escribe Alejandro Rozitchner en Hijos sin dios

El agnóstico en cambio no cree nada; ni que dios exista ni que no exista, deja la cuestión en suspenso. Es aquel que se niega a elegir, colocándose en una especie de centrismo metafísico. No toma partido, no se pronuncia, pero se cuestiona sobre el por qué habría que pronunciarse sobre algo que ignora, por lo tanto elige no elegir. 

Respeto a los creyentes, pero trato también que se respete a los no creyentes, una situación que no sucede del todo. Hay creyentes que me tocan el timbre para hablarme de Dios, ¿podría yo salir los domingos por el barrio para decirle a la gente que no necesita esconderse tras el velo de la fe? 

Sigmund Freud estaba bastante en lo cierto cuando en el Porvenir de la Ilusión describía el impulso religioso como algo esencialmente imposible de erradicar hasta que la especie humana venza su miedo a la muerte y su tendencia al pensamiento ilusorio, o a menos que ambas cosas sucedan.  La vida, la inteligencia y el razonamiento comienzan precisamente en el punto en que termina la fe. Como desafió kant «sapere aude» (atrévete a saber).
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Charles Darwin, un visionario vigente

CHRISTIAN GADEA SAGUIER
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El hombre que destronaría al ser humano de su lugar de privilegio en la naturaleza, que refutaría varias de las creencias fundamentales de su época y cuyas ideas tendrían una influencia pocas veces igualada en la ciencia, la sociedad y la cultura, Charles Darwin, nacía hace hoy 200 años, el 12 de febrero de 1809 , en Shrewsbury, Gran Bretaña. 

Podemos debatir si los trabajos y teorías –y a la cabeza de éstas, la del origen de las especies mediante selección natural– de Darwin son más o menos importantes que el sistema geométrico que sistematizó Euclides, que la dinámica y teoría gravitacional de Newton, que la química que creó Lavoisier, que la relatividad de Einstein, que la física cuántica o que la teoría biológico-molecular de la herencia; pero lo que es difícil negar es que ninguna de esas contribuciones logró lo que consiguieron las de Darwin, que desencadenaron una serie de procesos que afectaron a algo tan básico como nuestras ideas acerca de la relación que nos liga con otras formas de vida animal que existen o han existido en la Tierra. Por ello, «si quisiéramos conceder un premio a la mejor idea jamás concebida, ese premio, antes que a Newton, Einstein o cualquier otro, correspondería ciertamente a Darwin», expresa Daniel Dennet, en Romper el hechizo.

Mas allá de las celebraciones, en este «año de Darwin» se dibujan dos grandes polémicas que han adquirido notable virulencia. Una es la que enfrenta a evolucionistas y creacionistas, y en la cual la Iglesia Católica ha tomado partido: «Hoy, los nuevos conocimientos conducen a reconocer en la teoría de la evolución algo más que una hipótesis», dijo Juan Pablo II. Y el teólogo anglicano Malcom Brown formuló una disculpa pública por «no haber entendido» a Darwin. 

El enfrentamiento entre evolucionistas y creacionistas no es la única gran polémica generada por las ideas de Darwin. La otra polémica divide a quienes aspiran a mantener las ideas darwinianas en el ámbito biológico y los continuadores del darwinismo social, que tratan de explicar las conductas humanas a la luz del evolucionismo. Esta pelea tiene un bando que quiere mantener la teoría de la selección natural en el estricto campo para la cual fue creada, es decir, la biología, y otro bando que, inspirado en el pensador decimonónico Herbert Spencer, intenta aplicarla a la explicación y justificación de las conductas humanas. Teoría biológica en Darwin, teoría biologista en Spencer. 

A la vista de todo lo dicho, podría pensarse que la única actualidad de Darwin y de su obra es la de honrar su memoria utilizando la excusa de los dos mencionados enfrentamientos. La evolución entendida a la manera de Darwin es un hecho científico, contrastado de manera abrumadora, y su relevancia para situarnos en el mundo es obvia, pero no es universalmente aceptada. En Estados Unidos solamente la acepta el 40% de la población. En Europa su aceptación es mayor, especialmente entre los franceses y los escandinavos (creen en ella aproximadamente el 80%), aunque no deja de tener problemas: en una encuesta realizada en Reino Unido por la BBC en 2006, el 48% la aceptaba, mientras que el 39% optaba por alguna forma de creacionismo, y un 13% «no sabía».

Una crítica clásica contra Darwin es que, pese a haber titulado su libro El origen de las especies (1859), un libro legible, claro, lleno de ejemplos, donde refleja una enorme honestidad que plantea todos los argumentos, no sólo los que le resultan útiles. Sus ideas han invadido la ciencia y la medicina, pero también el arte, la filosofía, la política; pero justo no aclaró cómo se originaban las especies; entonces ¿quién descubrió la evolución? 

Por cierto que no fue Darwin. En la época de El origen de las especies la teoría que postulaba que las formas de vida más complejas se desarrollaban a partir de las más simples era ya vieja. La contribución original de Darwin fue haber comprendido que todas las formas vivientes, incluyendo al hombre, se desarrollan solamente por selección natural y sexual. La selección natural se basa en la acumulación gradual de pequeños cambios, mientras que las especies suelen ser entidades discretas y bien definidas: vemos leones y tigres, no una escala Pantone de leotigres.  

La investigación reciente, sin embargo, ha aclarado muchos puntos del problema de la especiación, o generación de nuevas especies, y ha confirmado que la especiación tiene una relación directa con la selección natural  darwiniana. También han revelado unos principios generales que hubieran resultado sorprendentes para el padre de la biología moderna.

La idea de que la competencia entre seres vivos es el principal motor de la evolución arranca del propio Darwin y suele ser la preferida por los biólogos. Se la conoce como la hipótesis de la reina roja, por el personaje de Lewis Carroll que le dice a Alicia en A través del espejo: «En este país tienes que correr todo lo que puedas para permanecer en el mismo sitio». 
Cursiva
¿Es legítimo ocultar a los niños ese mundo científico, condicionando así sus opiniones futuras, en aras a algo así como «mantener su inocencia», o por las ideologías de sus padres? «…en cuanto a mí, creo que he actuado de forma correcta al marchar constantemente tras la ciencia y dedicarle mi vida, –habla Darwin en su Autobiografía–… Nada hay más importante que la difusión del escepticismo o el racionalismo…». 

«Darwin transformó la idea dominante de estabilidad que abarcaba la Tierra, todas las especies que viven en ella e incluso las clases sociales, en una sucesión de imágenes en movimiento», escribe el paleontólogo Niles Eldredge, autor de Darwin, el descubrimiento del árbol de la vida, recién publicado por Katz Editores.

Recordar y celebrar a Darwin es más que un acto festivo; constituye un homenaje a la ambición y el rigor intelectual, al poder de nuestra mente para comprender el mundo. Y también es un ejemplo de que la investigación científica no tiene por qué ser ajena a atributos humanos como son el amor a la familia, la decencia, la discreción o el ansia de justicia. 

La biografía de Charles Darwin -un hombre que atravezó un largo y complejo camino, que le llevó a consecuencias que no había previsto y que le obligaron a desprenderse, en un doloroso proceso, de las creencias religiosas en que había sido educado- está repleta de todo esto. El evolucionismo darwiniano nos suministra un marco conceptual y explicativo imprescindible para comprender el mundo natural de manera racional, sin recurrir a mitos.

La lucha por una muerte digna

Christian Gadea Saguier
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Eulana Englaro, una mujer italiana en coma desde hace casi 17 años, cuyo padre mantiene una batalla jurídica desde hace 11, espera en la clínica La Quiete de Udine el momento de ver reconocido su derecho, sancionado por todas las instancias judiciales posibles, a no vivir sin capacidad de entender y querer. Sin embargo, un golpe de efecto político de Silvio Berlusconni, aplaudido desde los balcones del Vaticano, pretende evitar la decisión de la mujer. 

Es muy curioso que Berlusconi haya salido precisamente ahora a escena. Cuando era primer ministro, en 2004, Beppino –su padre– escribió una carta pidiéndole ayuda. No respondió. Como la política no hizo nada y el Gobierno tampoco, se dirigió a los jueces. Les pedió ayuda y ellos cumplieron su deber. Durante más de diez años todas las instancias judiciales examinaron hasta el más mínimo detalle y aprobaron el deseo de Eulana.

Tres médicos están intentando cumplir al 100% el protocolo que decidió el juez.  Hoy se cumple su tercer día sin recibir alimento ni hidratación alguna y se encuentra en un «estado físico óptimo», asegura su neurólogo, Carlo Alberto Defanti, en declaraciones al diario Corriere della Sera. «Durante la primera semana sin alimentación ni hidratación no debería correr grandes riesgos. Probablemente resistirá incluso más de la media», ha manifestado el especialista. 

Respecto a su estimación sobre cuándo se produciría el óbito, si continúa el proceso, Defanti ha respondido: «Desde el momento de la suspensión (el viernes pasado) de la alimentación y la hidratación artificial a la muerte podrían pasar incluso de 12 a 14 días». El médico ha subrayado que ha cuidado a Eluana todo este tiempo y que ahora la está ayudando a morir. «Ayudo a una persona a cumplir su propia voluntad. Se trata de un ser humano indefenso que ha sido traicionado por todos, excepto por su padre y otros pocos. Y quizá lo sea todavía. Asumo mi responsabilidad. No doy un paso atrás», indicó a El País

«La Iglesia no tiene nada que ver en el asunto. No me puede imponer sus valores. Puede opinar, pero lo que diga no tiene que ver conmigo ni con Eluana. El magisterio de la Iglesia es moral sólo para sus fieles; el Estado es laico, y en él están también los católicos. Lo que dice la Iglesia les debe afectar a ellos, no a los que no profesamos esa confesión. De forma que todo lo que digan es su problema, no mío», expresó el padre en una entrevista concedida al El País el domingo pasado. 

El proyecto de ley de Berlusconi contiene un solo artículo en el que se dice que «a la espera de la aprobación de una completa y orgánica disciplina legislativa en materia del fin de la vida, la alimentación y la hidratación, en cuanto formas de ayuda vital y fisiológicamente indicadas para aliviar el sufrimiento, no pueden en ningún caso ser rechazadas por los sujetos afectados ni por quien asista a sujetos que no pueden valerse por sí mismos». Se esperan sesiones maratónicas en el Senado. Tras su votación, el texto pasará a la Cámara de los Diputados. Si ambas Cámaras aprueban el proyecto de ley, el texto necesitará la firma del presidente de la República, Giorgio Napolitano, y su publicación en el Boletín del Estado para entrar en vigor, lo que podría ocurrir el miércoles próximo por la tarde.

Su padre está más tranquilo que nunca. En paz. No le afecta la manipulación política que ha hecho del caso Silvio Berlusconi, ni el escándalo apocalíptico orquestado por el Vaticano, ni las acusaciones de asesinato que, otra vez el fin de semana, le lanzó la curia romana. «La condena a vivir bajo cualquier condición es mucho peor que una condena a muerte», dice desde su casa de Lecco, donde espera el desenlace con su mujer, Saturna, enferma de cáncer desde 1992, el año en que Eluana tuvo el accidente que la dejó en estado vegetativo.

Las presiones del Vaticano y de la Conferencia Episcopal Italiana, negadas y admitidas a la vez ahora desde San Pedro, han sido constantes, públicas y notorias, sobre todo desde que, en noviembre del año pasado, el Supremo refrendó la sentencia del Tribunal de Apelación de Milán que reconocía el derecho de Eluana a ser desconectada. En primera línea de la ofensiva se ha implicado, por primera vez, el equipo de Gobierno del Papa, que además coincide con el sector más integrista de la Curia. El Vaticano ha hecho campaña «cultural» desde medios públicos y privados, propios y ajenos, para tratar de movilizar a la opinión pública italiana, muy favorable a Englaro antes de la ofensiva. Descalificaciones, rebelión contra la sentencia judicial, insultos al propio Englaro, petición de que le sea retirada la patria potestad... «Homicidio de Estado», «asesinato», «condena a muerte...» Todo ha servido. La culminación de toda esta fase de «no injerencia» fue el aplauso inmediato de la Curia al decreto y las críticas a Napolitano por no firmarlo. 

Beppino es tachado de «muy laico». Los 2009 años de historia de la Iglesia van por un lado y el Estado va por el suyo. Para pedir justicia no se dirigió a ellos, sino a los tribunales de Justicia. A ellos no les pede nada, ni se lo pedirá, asegura. «Pueden decir lo que quieran, no lo discuto, pero esta historia está fuera de su poder», sentencia el padre.

La implicación del Vaticano ha sido tal que incluso Giulio Andreotti, senador vitalicio y siete veces primer ministro, ha criticado la maniobra en una entrevista a La Stampa. Ha defendido a Napolitano por no firmar un decreto «inconstitucional», ha atacado al Gobierno por implicarse «en un asunto privado», y ha pedido a la Iglesia que «dé marcha atrás», «baje el tono» y que suprima «las manifestaciones en la calle». 

¿Hasta cuándo estaremos sujetos a los deseos de la curia vaticana y a los manotazos de políticos oportunistas? ¿Quiénes son ellos para indicar cómo vivir y menos cómo morir? Eulana eligió morir y debemos respetar su deseo. Ojalá descanse en paz. 

¿Cuál es el origen de la moral?

La indagación sobre el tema en cuestión me fue motivada luego de un encuentro de filocafé que realicé en la ciudad de Encarnación en la quincena de enero, donde uno de los participantes afirmó: «no podemos vivir moralmente sin dios o sin alguna religión». Sumó aún más este mail que recibí de una lectora: «me llamo Rocío y soy de México, tengo una duda... y me gustaría que me ayudase a responderla: ¿qué es el bien y qué el mal?...». 

La primera respuesta que se ocurre, influencia por las lecturas de la época, fue buscar su origen dentro de la función evolutiva del ser humano, puesto que no encuentro la moral en un caballo, o la moral de un pingüino, sí podemos observar la moral de uno; por lo tanto, la función moral, junto con otras, también nos distingue esencialmente de los demás animales. 

Esta función surgió como alternativa a la fuerza física y bruta para preservar la estabilidad social, puesto que con anterioridad a nosotros sólo esas fuerzas solucionaban los problemas para preservar un orden armónico entre las especies sociales. Todas las culturas poseen un conjunto particular de lo que podríamos clasificar como «conductas morales» que podría definirse, según lo realiza Mattew Alper en Dios está en el cerebro, «como la tendencia que tiene nuestra especie a clasificar todos los actos como buenas y malas para el bienestar de un grupo». Esta propensión a diferenciar las conductas «buenas» de las «malas» se demuestra por el hecho de que todas las culturas han compilado listas de reglas y regulaciones que moderan dichas actitudes. 

La primera clave para demostrar que podemos estar evolutivamente determinados para una conducta moral, puede remontarse al extraño caso de Phineas Gage, un trabajador ferroviario que en 1848 sufrió un accidente con dinamita, y una varilla de hierro le atravesó el cráneo. Aunque Gage sobrevivió al accidente sin sufrir ningún detrimento notable en su intelecto, su personalidad cambió radicalmente. El relato del suceso, que lo leí en El error de Descartes escrito por Antonio Damasio, cuenta que antes del accidente Gage era conocido como un hombre honesto, dedicado a su familia y a su trabajo. Pocas semanas después del accidente, se convirtió en un vago irresponsable sin ningún sentido moral, y comenzó a engañar, mentir y robar. Estudios que se indican en la obra revelaron que el hierro le había atravesado la corteza prefrontal, indicando así que esta parte del cerebro podría tener un papel crucial en el razonamiento social y moral, lo que justificaría una interpretación neurobiológica de la conciencia moral. 

Considerando este enfoque, podríamos concluir previamente que la moral es únicamente humana, no del universo, de la naturaleza o introducida por un ser absoluto. Tal como postula Spinoza: «el bien y el mal no existen en la naturaleza», pero tampoco hay nada exista fuera de ella. 

Lo moral forma parte de lo real: este hecho, que impide que valga de un modo absoluto, imposibilita su abolición. Sólo lo real es absoluto, cualquier juicio de valor, relativo. Para Kant, y comparto, la moral es autónoma o no es moral. El comportamiento de quien sólo se prohibiera matar por temor de un castigo divino no tendría valor moral: no sería otra cosa que prudencia, miedo al policía divino. Entonces, ¿la moral no pude venir de las religiones? Exacto. No porque Dios, si se es creyente, me lo ordene algo está bien (porque entonces hubiera podido ser bueno para Abraham degollar a su hijo), sino que pueden creer que Dios ordena una acción porque es buena. Así, ya no es la religión la que funda la moral, sino la moral la que funda la religión. 

Tener una religión, puntualiza Kant en su Crítica a la razón práctica, consiste en «reconocer todos los deberes como mandamientos divinos». Para quienes no la tenemos no hay mandamientos divinos, pero sí deberes, que son los mandamientos que nos ponemos a nosotros mismos. Por lo tanto, no hay ninguna necesidad de creer en Dios para ser una persona moral, basta con considerar a los propios padres y maestros, a la conciencia y a los amigos. Sin embargo, como la persona que asistió al encuentro, hay quienes todavía confunden la moral con la religión, especialmente quienes buscan en la lectura literal de la Biblia o el Corán algo que los dispense de pensar por sí mismos.

En todas las grandes cuestiones morales, excepto para los integristas, creer o no creer en Dios no cambia en nada lo fundamental. Se tenga o no una religión, esto no le exime a uno de respetar al otro, su vida, su libertad y su dignidad. Que las religiones hayan ayudado a entenderlo forma parte de su aporte histórico, pero esto no significa que se basten a sí mismas o que tengan monopolio de la moral. El pensador Pierre Bayle, desde finales del siglo XVII, lo había señalado con rotundidad: «tan cierto es que un ateo puede ser virtuoso como que un creyente puede no serlo». 

No por carecer de religión uno traicionará a los amigos, robará o matará «si Dios no existe –dice un personaje de Dostoievski en Los hermanos Karamazov–, todo está permitido» ¡De ninguna manera!, porque no me lo permito todo. Si todo vale, nada vale: una ciencia no es más que una mitología como otras, el progreso es sólo una ilusión y una democracia respetuosa de los derechos humanos no es de ningún modo superior a una sociedad esclavista y tiránica. Esto nos conduciría a un nihilismo donde la moral no tendría cabida.

Si todo está permitido, uno ya no tiene nada que imponerse a sí mismo ni que reprochar a los demás ¿En nombre de qué podemos luchar contra el horror, la violencia o la injusticia? La solución es la fidelidad, el compromiso con los propios valores. En su Introducción a la Filosofía André Comte explica sobre la moral: es «…lo que uno se impone y no por interés sino por deber, sólo esto es propiamente moral. Moral es lo que te exiges a ti mismo, no en función de la mirada del otro, sino en nombre de determinada concepción del bien y del mal, del deber y de lo prohibido. Es el conjunto de reglas a las que tú te someterías incluso si fueras invisible...». 

Para concluir, pues de esto se puede escribir más de un libro…, toda moral es relación con el otro, pero antes una relación de sí mismo consigo mismo. Tú no vales más que el bien que haces, el mal que te prohíbes, y sin otro beneficio que la satisfacción de obrar correctamente. 

Christian Gadea Saguier

Llega 2009, recuerden a Darwin

En medio de toda la confusión que nos depara el nuevo año ante los problemas de la economía global, reflexionar probablemente nos traiga mejores augurios que esperar el resultado de un rezo. Y justamente a pensar nos invita este científico. Tú me podrías decir – ¿por qué recordarlo? Y te respondo: – el año que llega a nuestro calendario propicia el festejo de los 200 años de su nacimiento y 150 de la publicación de El origen de las especies.
 
Debía haber sido médico, pero no le agradaba esa profesión. Para evitar que «se volviera un señorito ocioso», su padre le propuso entonces que se hiciera clérigo, una idea que no le desagradó. Para prepararse, se matriculó en la Universidad de Cambridge, donde mostró que le gustaba más buscar escarabajos que estudiar teología. Gracias a aquella afición le surgió en 1831 la oportunidad de embarcarse como naturalista, sin retribución, en un barco, el famoso Beagle. Aquel viaje, que duró cinco años, le cambiaría la vida. Me estoy refiriendo a Charles Darwin (1809-1882).

La información que acumuló en aquel periplo se convirtió en semillas que exigieron de una lenta germinación y del abono de todo tipo de detalles, así como de un marco teórico que les diese sentido (lo encontró leyendo a Malthus). En cuanto a la idea de hacerse clérigo, «murió de muerte natural», según su autobiografía. De aquellos esfuerzos nació El origen de las especies (1859), una de las joyas del pensamiento humano. 

Victoriano prudente, además de esposo fiel de una mujer muy religiosa, Darwin no hizo mención explícita de que también se aplicaba a nuestra especie lo que se esforzaba en demostrar a lo largo de todo el libro: que las especies que han poblado la Tierra han ido cambiando a lo largo del tiempo, emparentadas unas con otras, como si la vida fuera un árbol con muchas, entretejidas, ramas. Llegaría el día, 1871, en que sí se atrevió: publicó El origen del hombre. No hizo falta tanto para que sus ideas fuesen combatidas, una situación que se mantiene, a pesar de la deconstrucción de los dioses. 

Ahora los creacionistas, especialmente en Estados Unidos, utilizan la idea de un «Diseño Inteligente» –alguien, un dios, debió diseñar la vida, tan maravillosamente compleja, en especial la humana–, y argumentan que, en defensa de la libertad de pensamiento, el creacionismo debe ser enseñado en las escuelas junto al evolucionismo –¿deberíamos hacer lo mismo con la democracia y la tiranía?–. También dicen que la de Darwin «es sólo una teoría». Curiosa idea de lo que es una teoría científica.

Cierto, la teoría de la evolución darwiniana nos desprovee de cálidas promesas que ayudan a encarar un futuro en última instancia descorazonador, el de la muerte; pero defiende algo que hemos aprendido a valorar: la búsqueda de la verdad utilizando el razonamiento lógico y la prueba experimental. De todo esto hay toneladas en la obra de Darwin, cuya lectura se ve ahora facilitada con nuevas traducciones y reediciones.

Y no olvidemos que junto a la racionalidad iluminada por los hechos, también se puede encontrar en sus libros una profunda humanidad. Dos ejemplos: las líneas que dedicaba en el Diario de un naturalista (1839) a mostrar su repulsa al encontrarse en Brasil con la esclavitud: «jamás olvidaré la sorpresa, disgusto y vergüenza…», y las que cierran El origen del hombre, empapadas de compasión y de amor por la vida, por toda la vida: prefería, decía, descender del monito o del cinocéfalo, que se comportan con heroísmo para salvar a sus congéneres, que de «un salvaje que se complace en torturar a sus enemigos..., trata a sus mujeres como esclavas, desconoce la decencia y es juguete de las más groseras supersticiones».

Negado por los así llamados «creacionistas», que insisten en desconocer la teoría de la evolución, o apropiado por la psicología evolutiva, que ve allí la única clave para comprender la conducta humana, el legado de Darwin aparece hoy desdibujado por el fundamentalismo religioso o por las mitologías científicas. Pero, ¿qué nos dice la teoría de la evolución de los grandes temas: la existencia de Dios, nuestra visión de la naturaleza humana, nuestra relación con otras criaturas. Sintetizando, ¿qué es la teoría de la evolución?, ¿para qué sirve esta teoría? Son preguntas fundamentales que tienen consecuencias trascendentales para nuestra visión de nosotros mismos y de nuestro lugar en el universo. 
 
El postulado central del pensamiento evolutivo es el simple hecho de que la vida evolucionó sobre la faz de la tierra. La idea fundamental que sostiene esta argumentación es el hecho de descendencia con modificación por medio de evidencias fisiológicas que confirman la relación existente entre estructuras. Pero la mayor importancia de esta teoría se encuentra en el campo metafísico: nos dice algo muy general sobre lo que es nuestro universo y sobre las clases de cosas que hay en él. Nos revela muchas cosas acerca del lugar que ocupamos en el universo y asesta un golpe mortal a las cosmogonías teocentricas, socavando los fundamentos pseudo-históricos de las creencias religiosas. Así, la consecuencia más profunda de la evolución es que no tenemos ni necesitamos de una figura paterna todopoderosa.

En conclusión, la contribución de Darwin fue la de dar un paso importante en el camino que nos aleja del animismo primitivo, pasando por los grandes héroes científicos del Renacimiento –Copérnico, Galileo, Newton y otros–, en dirección a una visión del mundo naturalista que finalmente logró prescindir de los fantasmas, los espíritus y los dioses que servían para explicar, en épocas anteriores, todo los fenómenos naturales. Esta visión del mundo postula que tenemos razones para creer las cosas en la que creemos, y que podemos rechazar todo aquellos que no está sustentado por razones. Una exigencia modesta, tal vez, pero que, según creo, podría eliminar una gran parte de las mitologías religiosas y supersticiones que siguen dominando, y a veces devastando, las vidas humanas. 

–Y... ¿ahora te apetece recordarlo? De todas formas, ¡Felíz 2009!

Christian Gadea Saguier

Dios está en el cerebro

Una obra de Mattew Alper, que lleva por nombre el título de la presente, enseña un argumento impresionante para demostrar que existe una programación predeterminada en nuestro cerebro para que sea posible la creencia en un dios. Para su argumentación, el autor considerado uno de los fundadores de la neuroteología, ofrece una explicación lógica sobre cómo heredamos, a través de la evolución, un mecanismo que nos permite sobrellevar nuestro miedo más grande: el de la muerte. El ensayista, filósofo de profesión, presenta los datos necesarios para pensar que, así como el hombre tiene una capacidad cognitiva para el lenguaje, las matemáticas o la música, la espiritualidad y la religiosidad también hacen parte de esta evolución cognitiva.

Así como todas las culturas humanas han demostrado una tendencia a desarrollar un lenguaje, todas también han manifestado claramente una propensión a desarrollar una religión y una creencia en una realidad espiritual. Según E.O. Wilson, ganador del premio Pulitzer: “La creencia religiosa es una de las constantes universales de la conducta humana, la cual tiene una forma definida en cada sociedad”. Intelectuales como Carl Jung, Joseph Campbell y Mircea Eliade, afirmaron que todas las culturas han tenido siempre una interpretación dualista de la realidad, y han considerado que la realidad consta de dos ámbitos o sustancias distintas: la física y la espiritual.

De este modo, los objetos que pertenecen al mundo físico son considerados como tangibles, corpóreos y existen en un estado de cambio permanente, siendo temporales y fugaces. Por otra parte, perciben la existencia de un mundo espiritual inmune a las leyes de la naturaleza física, como algo permanente, fijo, eterno e imperecedero. Algo así como el verdadero mundo de Platón, el Topus Uranus. Si es cierto que todas las conductas transculturales representan rasgos genéticamente heredados, ¿no deberíamos suponer entonces que el mismo es válido para la tendencia que tiene nuestra especie a creer en una realidad espiritual trascendente a la naturaleza? Si la humanidad evolucionó por selección natural darwiniana, el azar genético y la necesidad ambiental –y no Dios– creó las especies.

El hecho de que todas las culturas humanas tiendan a creer en una realidad espiritual sugiere una de estas tres cosas: la primera, que todas han concebido los mismos conceptos espirituales debido a una gran coincidencia; la segunda, que durante la aparición de nuestra especie, algunos individuos crearon los conceptos de un mundo espiritual, un dios, un alma y una vida después de la muerte, y estas fueron transmitidas oralmente de generación en generación; la tercera, lleva a considerar que así como el lenguaje, también debe haber una fuerza fisiológica relacionada con la creación de una realidad espiritual, una función como cualquier otra de nuestras capacidades cognitivas.

Si la especie humana está programada para creer en un mundo espiritual, esto sugeriría que Dios no existe como un ser que está en el más allá y que es independiente de nosotros, sino que realmente es el producto de una percepción heredada, la manifestación de una adaptación evolutiva que existe exclusivamente dentro del cerebro humano como consecuencia de su conciencia y por ende de su preocupación de extender la vida más allá de la muerte; así Dios es más bien un producto de la cognición humana para disminuir la ansiedad de la existencia y permitiría la concentración en otras preocupaciones. Por lo tanto, parece ser que existe alguna parte del cerebro que manipula nuestras percepciones y respuestas emocionales y nos hace creer que hay fuerzas sobrenaturales a nuestro alrededor.

Tras suponer que la espiritualidad es el producto de un impulso genéticamente heredado, ¿por qué evolucionó este rasgo? ¿cuál es la ventaja de poseer una conciencia espiritual? Según el psicólogo religioso Bernard Spilka, “una de las principales funciones de la creencia religiosa es disminuir el miedo a la muerte que una persona siente”. Esta noción también está respaldada por la afirmación de Mortimor Ostow, otro psicólogo religioso: “la religión es una defensa natural contra el conocimiento que tiene el hombre de que debe morir”.

Protegidos de la amenaza perpetua de la muerte, los humanos pudieron realizar sus rutinas diarias y dedicarse a sus necesidades más “mundanas”. Con la aparición de la conciencia espiritual, el funcionamiento cognitivo del hombre se estabilizó hasta el punto en que ya podía vivir en un estado de calma relativa, a pesar incluso de su conciencia de que la muerte era inevitable, tenía garantizada otra vida en el más allá. Si esto es cierto, sugiere que Dios no es una fuerza o entidad trascendental que realmente exista en el más allá y que sea independiente de nosotros, sino que realmente es la manifestación de una percepción humana heredada, un mecanismo de defensa que nos obliga a creer en una realidad ilusoria para poder superar la conciencia de nuestra muerte.

¿Dónde queda entonces la manifestación de contacto con lo divino? Así como las culturas sienten tristeza, también tienen experiencias espirituales. Para suministrar evidencia física que compruebe esta noción, Andrew Newberg y Eugene D`Aquili, de la división de medicina nuclear de la Universidad de Pennsylvania, utilizaron una tomografía computarizada para observar cambios en la actividad neuronal de varios monjes budistas. Su experimento mostró que cuando los monjes practicaban la meditación –y sentían que eran uno con toda la creación– hubo un cambio notable en la actividad neural de los lóbulos frontal y parietal, así como de la amígdala cerebral, lo que ofreció una confirmación física de que las experiencias espirituales pueden relacionarse directamente con ciertas regiones del cerebro.

Si las experiencias espirituales son una característica heredada ¿por qué nuestra especie experimenta esta sensación particular? ¿cuál es su propósito?, puesto que si esta serie de sensaciones no cumplieran una función específica, sería muy improbable que hubieran aparecido en nosotros. Probablemente evolucionó como respuesta a la conciencia de nuestra identidad, que infortunadamente suponía también la conciencia de la muerte. Debido a la conciencia mortal, el animal humano habría vivido en un estado continuo de temor a menos que hubiera algo que le ayudara a aliviar la pulsión de muerte. Una de las formas en que opera la función espiritual es produciendo una creencia natural en seres sobrenaturales, en el alma y su continuidad después de la muerte. Como resultado de esto nos creemos inmortales, pero esto sólo está en nuestro cerebro.

Christian Gadea Saguier

Aislado por no estar bautizado

Una pareja española ha sacado a su hijo de nueve años de un colegio en Málaga porque el niño, que cursa 4º de primaria, se sentía marginado por no estar bautizado. Todo comenzó hace un año, cuando la tutora preguntó en clase de religión quién estaba bautizado. "Nuestro hijo levantó la mano y dijo que él no lo estaba. A partir de entonces los niños le decían en el recreo frases como 'no juegues con él que no es cristiano', y lo dejaron de lado", relatan los padres en un escrito remitido a la delegación de Educación de la Junta, y publicado esta semana en El país, en el que denuncian un supuesto caso de acoso escolar. "Nos llegó a pedir por favor que lo bautizáramos para ser como los demás, porque creían que así lo tratarían mejor", añaden los padres.

La Junta ha abierto una investigación sobre los supuestos hechos que recoge el escrito. "Un inspector estudiará el entorno del menor", señaló esta semana un portavoz de Educación, según indica la nota de J. Viúdez. La dirección del colegio Nuestra Señora del Carmen niega el acoso y dice que se trata de un niño "con afán de protagonismo" y que "interrumpe mucho la marcha de las clases". "Creo que no habría motivos para sacarle del colegio si sus padres se pusieran en el sitio que les corresponde", aseguró el director, Tomás Leal.

El menor comenzó a asistir la semana pasada a un colegio público. "Se ha adaptado muy bien, está más contento", asegura Carmen Bueno, la madre.

Los padres aseguran que hubo un cambio en el menor, algo que en el centro niegan. "Pasó a estar más triste, decía que no quería estar en el cole, porque no jugaban con él, le echaban la culpa de cosas", explican los progenitores. Hablaron con la tutora y enviaron un escrito a la dirección, pero la situación se puso cada vez más tensa. Cuando el niño terminó tercero de primaria se plantearon llevarlo a otro centro, pero no lo hicieron.

Con el nuevo curso, la situación no cambió. Los padres acusan a la tutora de tratarles de forma "seca" y de avergonzar a su hijo delante de la clase. "La profesora le acusa de meterse con su método de enseñanza, porque el niño le pide que le regañe en su mesa o a solas, porque ya está cansado de que le digan que quiere ser el centro de atención (...) Esto es una guerra continua con la profesora y una lucha diaria para que nuestro hijo no se venga abajo", aseguran.

¿Te das cuenta hasta qué punto la sociedad está tomada por la tradición religiosa? ¿Qué ocurriría en esta criatura si sus padres desarrollaran una crianza emancipada de la religión? ¿Cómo viviría socialmente sin discriminación? ¿Cuánto es el peso de llevar una vida libre de religiones?

Los chicos necesitan verdades, que los padres pongan en palabras lo que les pasa, lo que piensan, lo que sienten. Los chicos son muy perceptivos porque están en un estado virgen de sentidos, todavía no tienen esquemas construidos, son como un campo vacío con el terreno más fértil para ser sembrado, captan mucho más de lo que nos damos cuenta. Tienen todos los sentidos abiertos, en espera de desplegarse. Una forma de no cerrarles la posibilidad de crecer conectados consigo mismo, con sus sentimientos, con sus deseos, es hablarles claro. Por supuesto que esto debe ser acorde con la edad de cada niño: no son las mismas respuestas las que se le dan a un nene de tres que a uno de siete, y también dependerá de la sutileza de los padres. Pero siempre se puede hablar claro y no evadir las preguntas  ni las cuestiones que a primera vista pueda resultar difícil.

Criar hijos sin religión, según Alejandro Rozitchner un filósofo argentino autor de Hijos sin dios, quiere decir enseñarles a creer en sí mismos sobre todas las cosas. Habilitarles todas las preguntas que quieran hacerse y las que quieran hacernos. Transmitirles la sensación de que pueden confiar en sus decisiones sólo por el hecho de ser ellos quienes las toman. Criar hijos sin apelar a dios quiere decir enseñarles a ser dueños de sus actos. Responsables de elegir cómo vivir, protagonistas de su destino. Es querer ayudarlos a disfrutar de esta vida que tenemos hoy, la que conocemos, sobre la que podemos actuar. 

¿Con qué valores los voy a educar? Se asocia la idea de que sólo bajo normas religiosas se les puede enseñar a los niños a asumir valores, saber discernir entre lo que está bien y lo que está mal. Hay como una idea generalizada de que "los valores" son propiedad de la cultura religiosa, cuando en realidad sentir que es desde un marco religioso desde donde se les puede inculcar valores a los hijos es como sentirse chiquito y desconfiado, es no creerse capaz de tomar decisiones propias sin una instancia superior que las determine, como ser un niño indefenso, o peor un hombre sin libertad. 

Cómo criar hijos sin religión es pensar acompañar el crecimiento de los hijos transmitiéndoles la confianza necesaria para que puedan construir preguntas, de sus respuestas, de sus conclusiones, yendo más allá de cualquier marcha sostenida por una fe incuestionable, por una tradición que respetar. Una crianza laica también quiere decir sentirse capaz de hacer uso de la creatividad para inventar un modelo propio, una forma actualizada de acompañar a los hijos en su crecimiento, sin sentir que todo tiempo pasado fue mejor.   

Richard Dawkins propone que ningún niño sea identificado jamás como si fuera un niño católico o un niño musulmán (o un niño ateo), pues en sí mismos esta identificación prejuzga decisiones que aún no han sido apropiadamente consideradas. En una nota que le hizo The Guardian en junio de 2003 expresó: "Nos horrorizaría que nos hablen de un niño leninista, de un niño neoconservador o de un niño monetarista hayekiano. Entonces, ¿no es una especie de abuso infantil hablar de un niño católico o de un niño protestante?".

Christian Gadea Saguier

El legado de Darwin

¿Qué nos dice la evolución sobre nosotros mismos; sobre el lugar que ocupamos en el universo; por qué debería importarnos la evolución; cómo queda el dios del monoteísmo ante la evolución? Para responder a estas preguntas me tomé un par de semanas del pasado julio y leí una obra de John Dupré, doctorado en filosofía por la Universidad de Cambridge, que lleva por título el nombre de esta nota.

La principal implicación del evolucionismo -que todos los seres vivos provenimos de un origen común por ramificaciones sucesivas- aportó a las ciencias de la vida el marco unificador que tanto necesitaban. Pero una de sus implicaciones secundarias, que el ser humano evolucionó a partir de un mono, estaba destinada a trastocar de forma radical la percepción sobre nuestros orígenes. La historia narrada en el Génesis salió particularmente perjudicada, y la reacción del conservadurismo religioso sigue resonando un siglo y medio después, con el movimiento del diseño inteligente como último disfraz científico del creacionismo norteamericano.

Los argumentos actuales del creacionismo -o los de su disfraz científico, el diseño inteligente- no se diferencian mucho de los expuestos por el reverendo británico William Paley en su influyente libro Teología Natural, de 1802, cuyo subtítulo habla por sí mismo: Evidencias de la existencia y atributos de la Deidad recogidas de la apariencia de la Naturaleza. Paley resumió sus razonamientos en la célebre alegoría del relojero: si encontramos un reloj en medio del campo, deduciremos la existencia de un relojero; si observamos una mariposa, el ojo de un águila o el cerebro humano, deberemos deducir la existencia de Dios. El diseño -y las cosas vivas apestan a diseño por todos los poros- implica siempre la existencia de un diseñador.

Este año se cumple un siglo y medio de la refutación de esa idea: la evolución por selección natural, presentada por Charles Darwin y Alfred Russel Wallace en un artículo conjunto de 1858. Las celebraciones culminarán en 2009, cuando cumpla 150 años El origen de las especies, el libro de Darwin que fundó la biología moderna. La obra puede leerse como una refutación obsesiva y minuciosa del libro de Paley "hasta en el estilo de los argumentos, la elección de los ejemplos, los ritmos y las palabras", según ha documentado el evolucionista Stephen Jay Gould. La selección natural de Darwin es una teoría para fabricar diseños sin necesidad de diseñador: hecha a medida para pulverizar uno a uno los argumentos de la teología natural.

La idea de Darwin es tan simple, poderosa y autoevidente que justifica la reacción de su amigo y colega Thomas Huxley al escucharla por primera vez: "¡Qué increíblemente estúpido no haber pensado en ello!". Y también el hecho de que Wallace llegara a la misma conclusión de forma independiente.

Negado por los así llamados "creacionistas", que insisten en desconocer la teoría de la evolución, o apropiado por la psicología evolutiva, que ve allí la única clave para comprender la conducta humana, el legado de Darwin aparece hoy desdibujado por el fundamentalismo religioso o por las mitologías científicas.

Este libro sostiene que la teoría formulada por Darwin tiene consecuencias trascendentales para nuestra visión de nosotros mismos y de nuestro lugar en el universo. Y explica, con un lenguaje sencillo y claro, el alcance y los límites de dicha teoría, sus implicaciones sobre el mundo religioso, las ideas de raza y género o el estatus de los animales, precisando, también, los marcos del debate entre biología y cultura, y la decisiva importancia de ésta para comprender la conducta humana.

El autor, y también quien escribe, no coincide con la idea de algunos cristianos, filósofos y biólogos, que sostienen la posibilidad de reconciliación entre la teoría de la evolución y la fe cristiana. Considera más bien que se trata de concepciones enfrentadas. Sustenta su formulación en base a las corrientes de pensamiento que incluyen al empirismo y al escepticismo, argumentando que no existe ninguna evidencia que respalde la creencia en una deidad.

Adopta una actitud escéptica ante algunas consideraciones supuestamente científicas (sobre todo de parte de la psicología evolutiva) que intentan considerar a la teoría de la evolución como la clave de todas la mitologías y como camino hacia la comprensión total de la naturaleza humana. Expone la contradicción existente entre los religiosos, quienes anteponen una barrera entre el ser humano y los demás animales, y por otra parte, los psicólogos evolucionistas, quienes consideran que los humanos somos solamente una especie más del mundo animal.

El primer problema grave que suscita la teoría de la evolución es justamente la palabra "teoría" que en el habla popular se utiliza con un alto grado de conjetura y especulación, perdiendo de este modo cierta autoridad, cayendo en la afirmación "es pura teoría", como una postura que no reconoce lo que se postula. El segundo viene por la expresión del artículo definido "la" que sugiere la existencia de un todo unificado o tal vez de un todo que debe ser aceptado o rechazado íntegramente. El último aparece de la ciencia misma al establecer un paralelo entre esta teoría y otras, como la de la relatividad, o la teoría cuántica. Dupré considera que no es útil pensar esta teoría en términos axiológicos.

La importancia de la selección natural fue el mayor aporte que realizó Darwin a la ciencia. Se volvió el factor más importante para entender las modificaciones que ocurren en el transcurso de la evolución. La teoría se entiende de la mejor manera por medio de las variaciones en las aptitudes heredables, sin embargo es objeto de gran controversia científica. Se plantea su verdadero grado de importancia dentro de la evolución y sobre la misma manera de entender este proceso.

El legado de Darwin nos proporciona conocimientos de la crónica más abarcativa de la historia de la vida y permite entender de qué manera encajan cierto hechos dispares, revela muchas cosas sobre el lugar que ocupamos en el universo, pero no suministra suficiente para entender la clase de seres que somos. Permite el desarrollo de una visión del mundo totalmente naturalista y asesta un golpe mortal a las cosmologías geocéntricas, socavando los fundamentos de la creencia religiosa.

¿Qué significa el "naturalismo"? Es una visión del mundo anti-sobrenatural. Se resiste a considerar la existencia de espíritus, almas y dioses. Esta objeción no se basa en un mero prejuicio, se basa más bien sobre un principio. El principio de que la creencia de algo debería estar fundamentada, en última instancia por la experiencia, experiencia en la que basamos nuestros conocimientos.

En conclusión, la contribución de Darwin dio un paso importante en el camino que nos aleja del animismo primitivo, pasando por los grandes pensadores del Renacimiento y en dirección a una visión naturalista del mundo que logró prescindir de fantasmas, dioses y espíritus, que en la antigüedad servían para explicar todos los fenómenos naturales. Así, sabemos lo suficiente para aceptar nuestra ignorancia, por lo que no debemos quedar satisfechos ante mitologías que se construyen por pura ignorancia.

Christian Gadea Saguier

La polémica sobre Dios

Una carta inédita que Albert Einstein remitió al filósofo Eric Gutkind en 1954, publicada hace semanas por The Guardian reavivó la llama sobre la identidad de Dios. Los siguientes son extractos de la misiva. "La palabra Dios, para mí, no es más que la expresión y el producto de las debilidades humanas, y la Biblia una colección de leyendas dignas pero primitivas que son bastante infantiles. Ninguna interpretación, por sutil que sea, puede cambiar eso (para mí). Tales interpretaciones sutiles son muy variadas en naturaleza, y no tienen prácticamente nada que ver con el texto original. Para mí, la religión judía, como todas las demás religiones, es una encarnación de las supersticiones más infantiles. Y el pueblo judío, al que me alegro de pertenecer y con cuya mentalidad tengo una profunda afinidad, no tiene ninguna cualidad diferente, para mí, a las de los demás pueblos. Según mi experiencia, no son mejores que otros grupos humanos, si bien están protegidos de los peores cánceres porque no poseen ningún poder. Aparte de eso, no puedo ver que tengan nada de escogidos. Me duele que usted reivindique una posición de privilegio y trate de defenderla con dos muros de orgullo, uno externo, como hombre, y otro interno, como judío. Como hombre reivindica, por así decir, estar exento de una causalidad que por lo demás acepta, y como judío, el privilegio del monoteísmo. Pero una causalidad limitada deja de ser causalidad, como nuestro maravilloso Spinoza reconoció de manera incisiva, seguramente antes que nadie. Y las interpretaciones animistas de las religiones de la naturaleza no están, en principio, anuladas por la monopolización. Con semejantes muros sólo podemos alcanzar a engañarnos (...) a nosotros mismos, pero nuestros esfuerzos morales no salen beneficiados. Al contrario (...)".

Este sábado, en sudamérica, la revista de cultura del diario Clarín publica una nota del ensayista John Gray donde analiza y cuestiona la moda editorial del ateísmo militante. Este trabajo, publicado hace una par de meses en The Guardian, se justifica con la llegada del libro Dios no es bueno de Christopher Hitchens, que sigue la tradición de Por qué no soy cristiano, de Bertrand Russell, presenta el argumento definitivo contra la religión. A través de una interpretación profunda y erudita de las principales ideas religiosas, Hitchens demuestra que la religión, producto del hombre, es peligrosamente represiva en la cuestión sexual y distorsiona la explicación de nuestro origen en el universo. El autor propone una vida laica, basada en la ciencia y la razón, en la que cielo e infierno ceden su lugar a la visión del universo del Telescopio Hubble. Un elogio a la posibilidad de una sociedad sin religión.

Antes, hacia la tercera semana de mayo, también El país de España, en una nota firmada por Mónica Salomone, cuestiona: "¿Dios creó al hombre o el hombre creó a Dios?" Esta nota, insoslayable para los que gustan del enigma divino gira en torno al avance que realiza la ciencia para intentar dilucidar la cuestión. No es ni mucho menos un tema de investigación nuevo, pero ahora hay más herramientas y datos para abordarlo, y desde perspectivas más variadas. A sociólogos, antropólogos o filósofos, que tradicionalmente han estudiado el fenómeno de la religión o la religiosidad, se unen ahora biólogos, paleoantropólogos, psicólogos y neurocientíficos. Incluso hay quienes usan un nuevo término: neuroteología, o neurociencia de la espiritualidad. Prueba del auge del área es que un grupo de la Universidad de Oxford acaba de recibir 2,5 millones de euros de una fundación privada para investigar durante tres años "cómo las estructuras de la mente humana determinan la expresión religiosa", explica uno de los directores del proyecto, el psicólogo evolucionista Justin Barrett, del Centro para la Antropología y la Mente de la Universidad de Oxford.

En fin, la polémica se reavivó, no es objeto de esta nota realizar un alegato o apología sobre Dios, pero sepa que si usted cree en Dios o, en general, en alguna forma de ente místico, la inmensa mayoría de la humanidad está en su mismo bando. Si por el contrario no es creyente como quien escribe, es usted, en términos estadísticos, un raro. Si la demostración de la existencia de Dios se basara en el número de fieles, la cosa estaría clara, pero la popularidad no es un atributo de la verdad, por lo tanto la polémica continúa.

¿Existe Dios?, ante la respuesta una definición previa ¿Qué es Dios? Nadie lo sabe: se considera inexplicable, inefable e incomprensible. A falta de una definición real, como decían los escolásticos, podemos ofrecer una definición nominal, definición de ningún modo original y que no tiene otra ambición que ponernos al menos de acuerdo en el objeto del debate. "Entiendo por Dios un ser eterno, espiritual y trascendente (a la vez exterior y superior a la naturaleza) que habría creado consciente y voluntariamente el universo. Se lo considera perfecto y bienaventurado, omnisciente y omnipotente. Es el Ser supremo, creador e increado (es causa de sí mismo), infinitamente bueno y justo, del que todo depende y que no depende de nada. Es el absoluto en acto y en persona". Esta enunciación la tomo de André Comte, quien expone todo un capítulo sobre el tema en su obra El alma del ateísmo.

Ante la pregunta, escojo al ateísmo como respuesta, pero luego de leer la obra de Daniel Dennet, (uno de los filósofos de la ciencia más destacados en el ámbito de las ciencias cognitivas, especialmente en el estudio de la inteligencia artificial y de la memética ) Romper el hechizo, me sumé al movimiento bright. Un bright es una persona con una visión naturalista del mundo, libre de elementos místicos o sobrenaturales, donde moral y ética se basan en una visión naturalista del mundo.

Pero independiente de mi respuesta o la suya, la polémica continúa. Esto es demasiado importante como para abandonarlo en manos de la discusión integrista; más bien dialoguemos.

Christian Gadea Saguier

Criar hijos en un hogar de padres no creyentes

En diciembre pasado llegó a mis manos el libro Hijos sin Dios que postula un estilo ateo de vivir y explica, con un lenguaje ameno y epistolar, cómo criar chicos ateos. El libro demuestra que criar hijos sin religión es enseñarles a ser dueños de sus actos, resposables de sus opciones de vida, protagonistas de su destino. Es ayudarlos a disfrutar de la vida que tenemos hoy, yendo más allá de un marco sostenido por la fe incuestionable y una tradición que promueve la repetición y la impostura. Sobre todo esto, escribí la nota: Cómo educar a los hijos sin religión.

Hoy el diario La Nación (Arg.) publica una entrevista con el autor del libro. Alejandro Rozitchner, un reconocido escritor y pensador que participa del diálogo público con originalidad y despreocupación. Que lo disfruten!

Alejandro entra en el bar y un mozo le pregunta: "¿Y? ¿Ya nació?" La sonrisa que se dibuja en la cara de Rozitchner borra el apuro con que se lo vio llegar. "Sí. Ayer", contesta este licenciado en filosofía de 47 años, autor de catorce libros y padre de Bruno, Andrés y, ahora, también de Félix. El mozo lo felicita con una palmada en la espalda.

Hijos sin Dios es su último libro, escrito junto con Ximena Ianantuoni, su esposa. "Quisimos abordar los problemas que surgen en la crianza cuando los padres son ateos", dice Rozitchner. "No porque surjan más que en la crianza religiosa, sino porque son problemas distintos acerca de los cuales todavía no se ha pensado demasiado."

Alejandro Rozitchner es uno de esos pocos pensadores que abandonaron el ámbito universitario y de las aulas, y se dedicaron a "buscarle la vuelta a la cosa". Es conocido por su estilo franco y, muchas veces, provocador. "Tuve una beca en el Conicet, pero me harté de todo lo académico", dice. "Entonces abandoné la beca y empecé a hacer cosas interesantes con el pensamiento." Esas cosas interesantes lo llevaron a dictar talleres, a trabajar como guionista para Antonio Gasalla, a colaborar en varios proyectos con Mario Pergolini, a escribir varios libros -entre ellos Ideas falsas , Malvinas, Amor y país , Argentina impotencia - y, por último, a sistematizar sus ideas acerca de lo que significa criar hijos sin religión.

"La perspectiva atea permite revalorizar la crianza", dice Rozitchner, "pero, al mismo tiempo, surgen algunos problemas". Los chicos que crecen en casas ateas les preguntan a sus padres: ¿nosotros qué somos, católicos, judíos, o qué? O cuando una amiguita toma la primera comunión quieren saber por qué ellas no pueden ponerse un vestido así y hacer una fiesta. "Mi mujer y yo estamos convencidos de que esas preguntas, legítimas, importantes, tienen una respuesta religiosa, pero también tienen una respuesta atea."

Ximena Ianantuoni es psicóloga, trabaja dando apoyo en tratamientos de fertilidad y haciendo consultoría en organización familiar. "Quise escribir el libro con ella porque para mí es una influencia muy fuerte en términos de pensamiento. Nuestro enganche pasa por lo sensual, como toda pareja, pero también por lo intelectual."

Rozitchner emana una vitalidad poco frecuente. A lo largo de la entrevista se ríe en varias ocasiones de su propia vehemencia y no deja de agradecer a cada una de los conocidos del barrio que interrumpen para preguntarle si el bebe ya nació.

-¿Qué significa, para vos ser ateo?
-Para empezar, ser ateo no quiere decir no creer en Dios. Un ateo no se define en relación con la religión, sino en función de su propia visión del mundo, que no requiere caer en un poder superior para encontrarle sentido a la vida. Para el ateo el sentido no viene dado por una realidad trascendente, sino que tiene sentido de por sí. La vida es avasallante, compleja, maravillosa e incomprensible. Para un ateo, que la vida no pueda comprenderse no quiere decir que haya que apelar a Dios. Hay que entender y aceptar que la vida no es un fenómeno para comprender, sino para experimentar, que es plena en sí misma y no va a dar a ninguna parte.

-¿Desde cuándo sos ateo?
-Desde siempre. Entiendo que haya gente que crea en Dios y que Dios existe como una idea inventada por el hombre, pero yo no fui educado en esa visión del mundo. No necesito la idea de un creador, una realidad trascendente que encierre los valores de todas las cosas.

-¿Nunca sentiste necesidad de creer?
-Para nada. La estructura de mi pensamiento no está basada en la fe. Las personas religiosas me dicen, "pero creerás en algo, aunque no sea en Dios". Pero yo no creo cosas: quiero cosas, sé que existo, y punto. Me gusta decir que en la frase "yo creo en Dios", la parte clave no es "dios", la parte clave es el "yo creo". Y es que los ateos no tenemos la estructura de la fe para encontrar el sentido de la vida. El sentido está en nuestra sensibilidad misma, en nuestro deseo, en nuestro cuerpo. Y no por eso somos inmorales o poco constructivos socialmente, tal vez justo lo contrario. Respeto a los creyentes, pero quisiera que se respetara de la misma manera a los ateos.

-¿Sin religión, qué postura ética se puede tener ante la vida? ¿En qué se asientan tus valores, si no los consideras trascendentes?
-Creo que el asiento verdadero de los valores es un pacto social: nos ponemos de acuerdo en qué nos parece bueno y qué malo, y hacemos leyes y normas de conducta basándonos en eso. Aun cuando muchas veces se aluda a los valores como si fueran algo trascendente, en realidad fueron fundados por personas que pensaron y sintieron cosas. Es un error pensar que para ser buena persona, o para tener valores, sea necesario creer en Dios. Si no crees en Dios tus valores se fundan en tu pensamiento, en tu deseo, en lo que vos sos, en lo que querés. Y entonces sos una persona mucho más real y verdadera.

-Sin religión, ¿cuál es el sentido de la existencia?
-La clave está en el deseo. La identidad no está dada ni por la historia, ni por el contexto. Está dada por lo que vos querés; eso es lo que te define. Yo soy mi deseo. Por supuesto que en ese deseo está presente mi historia, la historia del hombre, la de mi sociedad. Pero lo más valioso es el nivel de expresión que surge de la estela emotiva personal. La peculiar identidad de cada quien.

-Si alguno de tus hijos te pide tomar la Primera Comunión o hacer el Bar Mitzvá, ¿qué le vas a decir?
-Mi posición no es la de esos que dicen que hay que escuchar todas las campanas para después decidirse por una. Si fuera así, los dejaría probar cosas nocivas para que después decidieran si les hace bien o mal. Como padre, procuraré que no prueben aquello que sé que puede hacerles mal. Y como a mi juicio la religión es un sistema que debilita a las personas, trataré de que mis hijos no vayan por ese camino.

-¿Cuán importante es para vos ser ateo? ¿Podrías haberte enamorado de una mujer que practicara alguna religión?
-No es que yo tenga el dogma de decirme "no te relacionarás con gente religiosa". Tengo amigos católicos, tengo amigos judíos, y hasta tengo amigos peronistas. Para que veas lo abierto que soy. Quiero decir: está todo bien. No valoro a las personas porque sean ateas o no, pero cuando se arma una pareja es otra cosa. Ahí surgen acuerdos de sentido muy básicos que se dan de manera espontánea. Creo que el amor conlleva una visión del mundo similar y para mí era importante compartir esa visión.

- ¿Te parece que es mejor ser ateo que creyente?
-Sí, pero el libro no fue escrito con la idea de evangelizar ateamente a los creyentes. Cada uno tiene que sentir lo que siente, y eso se debe respetar. Lo que queríamos con el libro era abrir el espacio para que la experiencia del ateísmo fuera más libre entre los chicos y que ellos pudieran decir "soy ateo" y que eso fuera perfectamente asumido en la realidad escolar. El punto máximo sería lograr que la Constitución Nacional acepte que el presidente no tiene por qué tener ninguna religión. Me parece mal que el Estado argentino tenga una religión. Creo que es una falta de respeto para las personas. El Estado no tendría que tener religión.

-¿Cómo les explicás a tus hijos la muerte? ¿Adónde les dirías que van los seres queridos que se mueren?
-A ningún lado. Les diría que ese ser querido ya no está en ninguna parte, que si lo sentimos vivo es porque lo recordamos, porque en nuestro cuerpo persiste la emoción de amarlo y es difícil aceptar que ya no esté en ninguna parte. Les diría que las personas que han muerto dejan en nosotros su huella y mientras esa huella persista ellos no desaparecerán del todo.

-¿Qué ventajas tiene la crianza atea?
-Creo que hace a los niños más sensuales, más libres, más capaces de tomar decisiones y pensar por sí mismos. Una crianza atea significa mucho más que decirle no a Dios. Significa basarse en la experiencia de vivir como creadora de sentido, como suficiente en sí misma. Esto revaloriza la idea de crianza, la despoja de fantasmas. Una crianza atea es pura vitalidad.

-¿Te parece mal que otros eduquen a sus hijos en la religión?
-No, pero podríamos decir que criar hijos dentro de determinada religión es una especie de abuso, así como lo es hacerlo muy rápido socio de un club de fútbol. Es imponerles un modo de pensar aún antes de que ellos sean capaces de hacerlo. A los chicos religiosos les tiran encima un montón de planteos que convocan una cierta sumisión. La religión es un marco de comprensión que impide que las personas busquen su propio sentido de la vida.

-Pero cuando les enseñás tus valores a tus hijos, tus valores ateos, ¿no estás también sometiéndolos a tu modo de pensar?
-Por supuesto. Lo que pasa es que yo no creo que los valores se enseñen diciendo "te voy a enseñar cuáles son mis valores". Al vivir expresamos nuestros valores aunque no tengamos conciencia de ello. Cada padre expresa sus valores y educa a sus hijos en esos valores y, en ese sentido, está perfecto que los creyentes eduquen a sus hijos en sus creencias. Sin embargo, cuando veo a padres criando a sus hijos de un modo religioso no puedo evitar sentir una especie de escozor. Pero supongo que a ellos les debe de dar escozor que yo deje a mis hijos a la intemperie, bajo el cielo infinito del universo, sin ningún tipo de constricción religiosa.

-En el libro ustedes dicen que "criar hijos ateos quiere decir enseñarles a creer en sí mismos sobre todas las cosas... transmitirles la sensación de que pueden confiar en sus decisiones sólo por el hecho de ser ellos quienes las toman". ¿No te parece que eso equivale a ponerse a sí mismo por encima de todo lo demás? ¿Hacer del individualismo casi una religión?
-Creo que la palabra "individualismo" es una palabra que describe el fenómeno al cual alude con mala conciencia. Yo celebro el individualismo actual, no me parece censurable. Creo que una de las claves está en la posibilidad de pensar que lo que veníamos llamando "egoísmo" es lo que se empieza a llamar "autoestima". Y en ese sentido no me parece nada mal que una persona esté muy contenta con las decisiones que toma. No está dicho que esas decisiones vayan en contra del interés social, por el contrario, creo que es muy importante que una persona se dé mucho valor; de esa autoestima surge lo mejor para una sociedad.

-¿La vida no pierde sentido al pensar que no hay nada después?
-No, para nada. Cuando te das cuenta de que no hay nada después, tenés que hacerte cargo de un montón de cosas. Es duro, pero nadie dijo que la vida fuera fácil. La vida es tremenda. Es dura y sensacional. Dura, entre otras cosas, porque nos vamos a morir y no tenemos forma de evitarlo. Todo eso le agrega valor a este asunto que es vivir.

Christian Gadea Saguier

El hogar de la ideología, dios y el alma, nuestro cerebro

La corriente conservadora y tradicional de la Masonería liderada por la Gran Logia Unida de Inglaterra impone a sus miembros la creencia en un ser supremo y en la inmortalidad del alma, temas que por tradición no están sujetos a debate. Sin embargo, desde el Gran Oriente de Francia y la Orden Masónica Mixta Internacional Le Droit Humain rechazamos toda afirmación dogmática y trabajamos por lograr el mejoramiento material y moral, y el perfeccionamiento intelectual y social de la humanidad. Nuestra corriente es esencialmente filosófica y progresiva, tiene por objeto la búsqueda de la verdad, el estudio de la moral y la práctica de la solidaridad.

Haciendo honor a esta “búsqueda de la verdad” vengo investigando sobre el fenómeno de las neurociencias y sus investigaciones al cerebro humano. El tema es bien controversial pues vivimos una época en que lo esotérico y la creencia en fenómenos paranormales se encuentran en franco apogeo y coexisten con las más altas cotas de desarrollo científico y tecnológico de la historia de la humanidad.

De la misma manera, el progreso en las ciencias del cerebro en las últimas décadas ha sido enorme, siendo el paradigma incuestionable (por la abrumadora evidencia que lo apoya) el hecho de que la mente no es un ente inmaterial separado del cerebro, sino que es el mismo cerebro “en acción” (mente sería sinónimo de función cerebral). Pues bien, la religiosidad en sus diferentes versiones mantiene un espléndido estado de salud, si bien las religiones oficiales mayoritarias pierden terreno ante nuevos cultos “alternativos”. Algunos piensan que esto es debido a que ciencia y religión abordan aspectos diferentes de la realidad, o lo que es lo mismo, que la ciencia no puede dar respuestas a las preguntas esenciales de la vida.

Los autores de un trabajo publicado recientemente en la revista Nature Neuroscience aseguraban haber hallado diferencias en el funcionamiento de un cerebro liberal frente a otro conservador. En pocas palabras: el primero reacciona mejor ante los cambios, mientras que el segundo es más rígido.

Los investigadores hicieron electroencefalogramas a 43 hombres y mujeres diestros mientras reaccionaban ante un estímulo que solía repetirse, pero a veces cambiaba. Cuando ocurría esto último, en la gran mayoría de los sujetos que previamente se habían declarado liberales se detectaba una actividad más intensa en un área de la corteza cerebral relacionada con los conflictos, lo que sugiere "una mayor sensibilidad neurocognitiva" a los cambios, escriben David Amodio y su grupo en su artículo. Se ve, por tanto, la firma de la ideología en el cerebro.

"Esta investigación demuestra que se empieza a dilucidar cómo un producto abstracto, aparentemente inefable de la mente, como la ideología, tiene su reflejo en el cerebro humano", dice Amodio. ¿Alguien se escandaliza por esta afirmación? ¿Alguien piensa que es absurdo que pueda verse algo así en un escáner cerebral? No los neurocientíficos, desde luego. Para ellos está clarísimo, y es perfectamente esperable, que cerebros que piensan distinto, que reaccionan distinto ante un mismo estímulo, funcionen de forma diferente; medir esa diferencia es sólo cosa de tener el instrumento adecuado.

"Todo, y todo es todo, está en el cerebro", dice Alberto Ferrús, director del Instituto Cajal de Neurociencias del CSIC, en Madrid, según una nota publicada en El País. "La sensación de estar enamorado o enfadado, la religión... todo se traduce en moléculas, en algo físico que hay en el cerebro".

En los años noventa, cuando aparecieron las primeras técnicas para estudiar el cerebro humano en vivo y en directo -en acción-, se supo que la corteza cerebral de muchos ciegos muestra diferencias apreciables respecto a la corteza de personas que ven; que el cerebro de los taxistas tiene más sitio para información espacial; o cómo actúa el cerebro de los ajedrecistas al jugar. ¿Qué hay de raro en dar un paso más y buscar la marca de la mentira o la espiritualidad? Nada de nada, dice Ferrús en la nota.

Pero volvamos al trabajo sobre los cerebros políticos. En él se hacen las siguientes analogías: pensamiento menos rígido equivale a ideología liberal; pensamiento menos rígido equivale a más actividad en áreas cerebrales implicadas en afrontar conflictos; y, por tanto, más actividad en áreas cerebrales implicadas en afrontar conflictos equivale a ideología liberal.

Puestos a analizar, dicen los expertos, el eslabón frágil del razonamiento no es que un estilo de pensamiento tenga su sustrato biológico, sino lo no absoluto del término liberal. En el trabajo de Nature Neuroscience la mayoría de los autodefinidos liberales votaron por John Kerry, y los conservadores por Bush. Y en un país musulmán, ¿quiénes tienen el cerebro flexible y quiénes rígido?.

Ahora bien, no hay que equivocarse: que haya un sustrato biológico no implica ni que ese hardware nos ha sido transmitido genéticamente, ni que es inmutable. "Nosotros no examinamos si la orientación política se hereda, si nos viene dada de nacimiento", explica Amodio. "El cerebro es maleable, así que incluso si nacemos con un sistema neural más sensible a información conflictiva, es posible que este sistema neural cambie con el tiempo". Y ¿es fácil de cambiar el hardware que nos viene de fábrica? En otras palabras, ¿Qué pesa más, lo heredado o el ambiente?

"Puede que esa no sea la manera correcta de formular la pregunta", responde Amodio. "Los genes proporcionan unos mecanismos de base para la supervivencia. Pero lo bonito es que la expresión génica es muy sensible al ambiente".

Otra posible pregunta sobre este trabajo es si los cambios sociales globales -el cambio de postura respecto a la homosexualidad, el divorcio o el trabajo femenino-, implican un cambio colectivo en el funcionamiento del cerebro. ¿Tenemos todos un cerebro más liberal? "Tal vez", responde Amodio, para quien sin embargo la sociedad tiende ahora hacia un mayor conservadurismo -una prueba más de lo confuso de estos términos-. Pero "no está claro si estos cambios a gran escala tienen algo que ver con cambios heredables. Podrían estar más relacionados con la globalización y los cambios culturales".

En cualquier caso, lo cierto es que a la luz de los tentáculos que está desarrollando la neurociencia la intimidad empieza a emerger -también- como un concepto de lo más borroso. Con lo que ello implica, como señala Carlos Belmonte, director del Instituto de Neurociencias de Alicante: "Los problemas éticos que plantea la capacidad de analizar la actividad del cerebro vinculada a conductas, o la capacidad de modular desde fuera esa actividad cerebral, de encender o apagar genes, la neuro-estimulación, son importantes". Se podría llegar a descubrir cómo es el cerebro de un maltratador, por ejemplo, y entonces "¿Estaría bien tratarle para que no llegue a serlo? ¿Hasta dónde podemos llegar? Se van a plantear debates muy serios, y vamos a una velocidad espeluznante", dice.

Las células del alma
La base del “alma” humana, o al menos nuestra conciencia del yo, no es más que el producto de una simple reacción bioquímica en el cerebro, según el doctor Francis Crick, uno de los descubridores de la doble hélice del ADN.

Este famoso investigador ha publicado un estudio en el que presenta una explicación científica de lo que tradicionalmente se conoce como “alma”, y atribuye la conciencia humana a un conjunto de neuronas del cerebro. Francis Crick asegura que él y su equipo de investigación han descubierto el grupo de células que generan la conciencia y el “sentido del yo”.

Su descubrimiento, que el plano de la vida y de la evolución se encuentra en una simple molécula, aún es considerado una amenaza contra la religión por ciertos grupos, como el de los creacionistas. De confirmarse, la nueva teoría de Crick representaría otro gran triunfo de la ciencia sobre la religión. La aparente incapacidad de la ciencia de explicar de dónde proviene el sentido del yo de los humanos ha sido interpretada por algunos líderes religiosos como una prueba de la existencia del alma eterna.

El estudio describe cómo distintas partes del cerebro se interrelacionan para producir la conciencia. "Por primera vez disponemos de un esquema coherente sobre las correlaciones neuronales de la conciencia en términos filosóficos, psicológicos y neuronales", añade el informe.

"La conciencia en sí podría ser la expresión de sólo un reducido número de neuronas, en particular de las que se proyectan desde la parte posterior del córtex hasta el córtex frontal”.

Christof Koch, profesor de neurociencia en el California Institute of Technology y coautor del último informe de Crick, declaró lo siguiente: “Está claro que la conciencia surge de procesos bioquímicos dentro del cerebro”. Colin Blakemore, profesor de neurociencia de la Universidad de Oxford, apoya la teoría de Crick de que la conciencia surge de reacciones bioquímicas. “La ciencia y la religión están en conflicto porque ambas intentan explicar el mundo físico, pero la mayor parte de las religiones sugieren que la vida es parte de un grandioso proyecto del que no hay pruebas. La religión es una hipótesis que no puede ponerse a prueba», opina este investigador”.

¿La ciencia contra la religión?
En los debates sobre la existencia de dios que uno puede mantener con un creyente o incluso con un agnóstico siempre termina surgiendo esa frase hecha de que “la ciencia no puede demostrar la no existencia de dios”.

En los últimos años varios científicos o filósofos de la ciencia del mundo anglosajón se han levantado en armas contra esa afirmación y han aparecido varios libros mostrando pruebas acerca de la improbabilidad de la existencia de dios.

El último exponente de este movimiento es sin duda Richard Dawkins y su The God Delusión que acaba de ser traducido y editado al castellano con el “políticamente correcto” título de El Espejismo de Dios, segú indica una nota del blog Las pirámides del cerebro. Posiblemente este es el motivo de que la revista Muy Interesante haya dedicado la portada de su número de abril 2007 a este tema con el titular “Ciencia contra religión, ¿Son incompatibles?”

El artículo más extenso dedicado a este tema es el titulado “Dawkins contra Collins, dos formas de entender la relación entre la fe y la ciencia.” Francis Collins, responsable del proyecto Genoma Humano, es un ferviente creyente cristiano que publicó el libro The Language of God en el que intenta contrarrestar la ofensiva de los científicos ateos. El artículo está basado en un debate publicado en la revista Time entre Dawkins y Collins el año pasado en noviembre y que también mereció la portada de la revista con el menos afortunado titular “God vs Science”. El debate ha sido comentado en Numenware (TIME magazine on Science vs. God ) y en eSkeptic (traducido en Delenda est Carthago) pero merece la pena leerlo porque Collins revela sus argumentos fundamentales dejando clara la debilidad de su posición.

¿Sobrevivimos a la muerte?
Esta pregunta se hizo también Bertrand Russell y lo respondió en un artículo publicado por primera vez en 1936, en un libro titulado Los misterios de la vida y de la muerte; sin embargo en la actualidad forma parte de su libro Porque no soy cristiano (edhasa, 2007) donde afirma que “antes de que podamos discutir provechosamente si continuamos existiendo después de la muerte, conviene aclarar en qué sentido un hombre es la misma persona que fue ayer. Los filósofos solían pensar que había substancias definidas, el alma y el cuerpo, cada una de las cuales duraba un día para otro; que el alma, una vez creada, continuaba existiendo por siempre, mientras que el cuerpo cesaba temporalmente desde la muerte hasta su propia resurrección”.

Russell aseguraba que nuestros recuerdos y hábitos están unidos a la estructura del cerebro del mismo modo que un ría está unido a la estructura de su cause. El agua del río cambia siempre, pero sigue el mismo curso porque las lluvias anteriores han abierto un canal. Igualmente los acontecimientos anteriores han abierto un canal en el cerebro y nuestros pensamientos corren a lo largo de dicho canal. Esta es la causa de los recuerdos y de los hábitos mentales. Pero el cerebro, como estructura, se disuelve con la muerte, y por lo tanto es de esperar que la memoria se disuelva también. No hay más razón para pensar lo contrario que el esperar que un río siga su mismo curso después de que un terremoto haya levantado una montaña donde solía haber un valle.

A la vista de estos hechos tan familiares, parece poco probable que la mente sobreviva a la destrucción total de la estructura cerebral que supone la muerte. No son los argumentos racionales sino las emociones las que hacen creer en la vida futura, asegura Bertrand.

La más importante de esas emociones es el miedo a la muerte, útil instintiva y biológicamente. La naturaleza es indiferente a nuestros valores y sólo puede ser entendida olvidando algunos conceptos del bien y mal. El universo puede tener una finalidad, pero nada de lo que nosotros sabemos sugiere que, de ser así, ese propósito tenga alguna semejanza con los nuestros. Nuestros sentimientos y creencias sobre el bien y el mal son, como todo lo demás que hay en torno a nosotros, hechos naturales desarrollados en la lucha por la existencia y que no tienen ningún origen divino ni sobrenatural.

En conclusión, la mayoría de la gente cree en dios porque le han enseñado a creer desde su infancia, y ésa es la razón principal. La razón más poderosa e inmediata después de ésta es el deseo de seguridad, la sensación de que hay un gran hermano que cuidará de uno.

Christian Gadea Saguier