Hacia una vida poscristiana
Alternativas a la creencia divina
Charles Darwin, un visionario vigente

La lucha por una muerte digna
¿Cuál es el origen de la moral?
Llega 2009, recuerden a Darwin
Dios está en el cerebro
Una obra de Mattew Alper, que lleva por nombre el título de la presente, enseña un argumento impresionante para demostrar que existe una programación predeterminada en nuestro cerebro para que sea posible la creencia en un dios. Para su argumentación, el autor considerado uno de los fundadores de la neuroteología, ofrece una explicación lógica sobre cómo heredamos, a través de la evolución, un mecanismo que nos permite sobrellevar nuestro miedo más grande: el de la muerte. El ensayista, filósofo de profesión, presenta los datos necesarios para pensar que, así como el hombre tiene una capacidad cognitiva para el lenguaje, las matemáticas o la música, la espiritualidad y la religiosidad también hacen parte de esta evolución cognitiva.
Si las experiencias espirituales son una característica heredada ¿por qué nuestra especie experimenta esta sensación particular? ¿cuál es su propósito?, puesto que si esta serie de sensaciones no cumplieran una función específica, sería muy improbable que hubieran aparecido en nosotros. Probablemente evolucionó como respuesta a la conciencia de nuestra identidad, que infortunadamente suponía también la conciencia de la muerte. Debido a la conciencia mortal, el animal humano habría vivido en un estado continuo de temor a menos que hubiera algo que le ayudara a aliviar la pulsión de muerte. Una de las formas en que opera la función espiritual es produciendo una creencia natural en seres sobrenaturales, en el alma y su continuidad después de la muerte. Como resultado de esto nos creemos inmortales, pero esto sólo está en nuestro cerebro.
Aislado por no estar bautizado
El legado de Darwin
La principal implicación del evolucionismo -que todos los seres vivos provenimos de un origen común por ramificaciones sucesivas- aportó a las ciencias de la vida el marco unificador que tanto necesitaban. Pero una de sus implicaciones secundarias, que el ser humano evolucionó a partir de un mono, estaba destinada a trastocar de forma radical la percepción sobre nuestros orígenes. La historia narrada en el Génesis salió particularmente perjudicada, y la reacción del conservadurismo religioso sigue resonando un siglo y medio después, con el movimiento del diseño inteligente como último disfraz científico del creacionismo norteamericano.
Los argumentos actuales del creacionismo -o los de su disfraz científico, el diseño inteligente- no se diferencian mucho de los expuestos por el reverendo británico William Paley en su influyente libro Teología Natural, de 1802, cuyo subtítulo habla por sí mismo: Evidencias de la existencia y atributos de la Deidad recogidas de la apariencia de la Naturaleza. Paley resumió sus razonamientos en la célebre alegoría del relojero: si encontramos un reloj en medio del campo, deduciremos la existencia de un relojero; si observamos una mariposa, el ojo de un águila o el cerebro humano, deberemos deducir la existencia de Dios. El diseño -y las cosas vivas apestan a diseño por todos los poros- implica siempre la existencia de un diseñador.
Este año se cumple un siglo y medio de la refutación de esa idea: la evolución por selección natural, presentada por Charles Darwin y Alfred Russel Wallace en un artículo conjunto de 1858. Las celebraciones culminarán en 2009, cuando cumpla 150 años El origen de las especies, el libro de Darwin que fundó la biología moderna. La obra puede leerse como una refutación obsesiva y minuciosa del libro de Paley "hasta en el estilo de los argumentos, la elección de los ejemplos, los ritmos y las palabras", según ha documentado el evolucionista Stephen Jay Gould. La selección natural de Darwin es una teoría para fabricar diseños sin necesidad de diseñador: hecha a medida para pulverizar uno a uno los argumentos de la teología natural.
La idea de Darwin es tan simple, poderosa y autoevidente que justifica la reacción de su amigo y colega Thomas Huxley al escucharla por primera vez: "¡Qué increíblemente estúpido no haber pensado en ello!". Y también el hecho de que Wallace llegara a la misma conclusión de forma independiente.
Negado por los así llamados "creacionistas", que insisten en desconocer la teoría de la evolución, o apropiado por la psicología evolutiva, que ve allí la única clave para comprender la conducta humana, el legado de Darwin aparece hoy desdibujado por el fundamentalismo religioso o por las mitologías científicas.
Este libro sostiene que la teoría formulada por Darwin tiene consecuencias trascendentales para nuestra visión de nosotros mismos y de nuestro lugar en el universo. Y explica, con un lenguaje sencillo y claro, el alcance y los límites de dicha teoría, sus implicaciones sobre el mundo religioso, las ideas de raza y género o el estatus de los animales, precisando, también, los marcos del debate entre biología y cultura, y la decisiva importancia de ésta para comprender la conducta humana.
El autor, y también quien escribe, no coincide con la idea de algunos cristianos, filósofos y biólogos, que sostienen la posibilidad de reconciliación entre la teoría de la evolución y la fe cristiana. Considera más bien que se trata de concepciones enfrentadas. Sustenta su formulación en base a las corrientes de pensamiento que incluyen al empirismo y al escepticismo, argumentando que no existe ninguna evidencia que respalde la creencia en una deidad.
Adopta una actitud escéptica ante algunas consideraciones supuestamente científicas (sobre todo de parte de la psicología evolutiva) que intentan considerar a la teoría de la evolución como la clave de todas la mitologías y como camino hacia la comprensión total de la naturaleza humana. Expone la contradicción existente entre los religiosos, quienes anteponen una barrera entre el ser humano y los demás animales, y por otra parte, los psicólogos evolucionistas, quienes consideran que los humanos somos solamente una especie más del mundo animal.
El primer problema grave que suscita la teoría de la evolución es justamente la palabra "teoría" que en el habla popular se utiliza con un alto grado de conjetura y especulación, perdiendo de este modo cierta autoridad, cayendo en la afirmación "es pura teoría", como una postura que no reconoce lo que se postula. El segundo viene por la expresión del artículo definido "la" que sugiere la existencia de un todo unificado o tal vez de un todo que debe ser aceptado o rechazado íntegramente. El último aparece de la ciencia misma al establecer un paralelo entre esta teoría y otras, como la de la relatividad, o la teoría cuántica. Dupré considera que no es útil pensar esta teoría en términos axiológicos.
La importancia de la selección natural fue el mayor aporte que realizó Darwin a la ciencia. Se volvió el factor más importante para entender las modificaciones que ocurren en el transcurso de la evolución. La teoría se entiende de la mejor manera por medio de las variaciones en las aptitudes heredables, sin embargo es objeto de gran controversia científica. Se plantea su verdadero grado de importancia dentro de la evolución y sobre la misma manera de entender este proceso.
El legado de Darwin nos proporciona conocimientos de la crónica más abarcativa de la historia de la vida y permite entender de qué manera encajan cierto hechos dispares, revela muchas cosas sobre el lugar que ocupamos en el universo, pero no suministra suficiente para entender la clase de seres que somos. Permite el desarrollo de una visión del mundo totalmente naturalista y asesta un golpe mortal a las cosmologías geocéntricas, socavando los fundamentos de la creencia religiosa.
¿Qué significa el "naturalismo"? Es una visión del mundo anti-sobrenatural. Se resiste a considerar la existencia de espíritus, almas y dioses. Esta objeción no se basa en un mero prejuicio, se basa más bien sobre un principio. El principio de que la creencia de algo debería estar fundamentada, en última instancia por la experiencia, experiencia en la que basamos nuestros conocimientos.
En conclusión, la contribución de Darwin dio un paso importante en el camino que nos aleja del animismo primitivo, pasando por los grandes pensadores del Renacimiento y en dirección a una visión naturalista del mundo que logró prescindir de fantasmas, dioses y espíritus, que en la antigüedad servían para explicar todos los fenómenos naturales. Así, sabemos lo suficiente para aceptar nuestra ignorancia, por lo que no debemos quedar satisfechos ante mitologías que se construyen por pura ignorancia.
Christian Gadea Saguier
La polémica sobre Dios
Este sábado, en sudamérica, la revista de cultura del diario Clarín publica una nota del ensayista John Gray donde analiza y cuestiona la moda editorial del ateísmo militante. Este trabajo, publicado hace una par de meses en The Guardian, se justifica con la llegada del libro Dios no es bueno de Christopher Hitchens, que sigue la tradición de Por qué no soy cristiano, de Bertrand Russell, presenta el argumento definitivo contra la religión. A través de una interpretación profunda y erudita de las principales ideas religiosas, Hitchens demuestra que la religión, producto del hombre, es peligrosamente represiva en la cuestión sexual y distorsiona la explicación de nuestro origen en el universo. El autor propone una vida laica, basada en la ciencia y la razón, en la que cielo e infierno ceden su lugar a la visión del universo del Telescopio Hubble. Un elogio a la posibilidad de una sociedad sin religión.
Antes, hacia la tercera semana de mayo, también El país de España, en una nota firmada por Mónica Salomone, cuestiona: "¿Dios creó al hombre o el hombre creó a Dios?" Esta nota, insoslayable para los que gustan del enigma divino gira en torno al avance que realiza la ciencia para intentar dilucidar la cuestión. No es ni mucho menos un tema de investigación nuevo, pero ahora hay más herramientas y datos para abordarlo, y desde perspectivas más variadas. A sociólogos, antropólogos o filósofos, que tradicionalmente han estudiado el fenómeno de la religión o la religiosidad, se unen ahora biólogos, paleoantropólogos, psicólogos y neurocientíficos. Incluso hay quienes usan un nuevo término: neuroteología, o neurociencia de la espiritualidad. Prueba del auge del área es que un grupo de la Universidad de Oxford acaba de recibir 2,5 millones de euros de una fundación privada para investigar durante tres años "cómo las estructuras de la mente humana determinan la expresión religiosa", explica uno de los directores del proyecto, el psicólogo evolucionista Justin Barrett, del Centro para la Antropología y la Mente de la Universidad de Oxford.
En fin, la polémica se reavivó, no es objeto de esta nota realizar un alegato o apología sobre Dios, pero sepa que si usted cree en Dios o, en general, en alguna forma de ente místico, la inmensa mayoría de la humanidad está en su mismo bando. Si por el contrario no es creyente como quien escribe, es usted, en términos estadísticos, un raro. Si la demostración de la existencia de Dios se basara en el número de fieles, la cosa estaría clara, pero la popularidad no es un atributo de la verdad, por lo tanto la polémica continúa.
¿Existe Dios?, ante la respuesta una definición previa ¿Qué es Dios? Nadie lo sabe: se considera inexplicable, inefable e incomprensible. A falta de una definición real, como decían los escolásticos, podemos ofrecer una definición nominal, definición de ningún modo original y que no tiene otra ambición que ponernos al menos de acuerdo en el objeto del debate. "Entiendo por Dios un ser eterno, espiritual y trascendente (a la vez exterior y superior a la naturaleza) que habría creado consciente y voluntariamente el universo. Se lo considera perfecto y bienaventurado, omnisciente y omnipotente. Es el Ser supremo, creador e increado (es causa de sí mismo), infinitamente bueno y justo, del que todo depende y que no depende de nada. Es el absoluto en acto y en persona". Esta enunciación la tomo de André Comte, quien expone todo un capítulo sobre el tema en su obra El alma del ateísmo.
Ante la pregunta, escojo al ateísmo como respuesta, pero luego de leer la obra de Daniel Dennet, (uno de los filósofos de la ciencia más destacados en el ámbito de las ciencias cognitivas, especialmente en el estudio de la inteligencia artificial y de la memética ) Romper el hechizo, me sumé al movimiento bright. Un bright es una persona con una visión naturalista del mundo, libre de elementos místicos o sobrenaturales, donde moral y ética se basan en una visión naturalista del mundo.
Pero independiente de mi respuesta o la suya, la polémica continúa. Esto es demasiado importante como para abandonarlo en manos de la discusión integrista; más bien dialoguemos.
Christian Gadea Saguier
Criar hijos en un hogar de padres no creyentes
Hoy el diario La Nación (Arg.) publica una entrevista con el autor del libro. Alejandro Rozitchner, un reconocido escritor y pensador que participa del diálogo público con originalidad y despreocupación. Que lo disfruten!
Alejandro entra en el bar y un mozo le pregunta: "¿Y? ¿Ya nació?" La sonrisa que se dibuja en la cara de Rozitchner borra el apuro con que se lo vio llegar. "Sí. Ayer", contesta este licenciado en filosofía de 47 años, autor de catorce libros y padre de Bruno, Andrés y, ahora, también de Félix. El mozo lo felicita con una palmada en la espalda.
Hijos sin Dios es su último libro, escrito junto con Ximena Ianantuoni, su esposa. "Quisimos abordar los problemas que surgen en la crianza cuando los padres son ateos", dice Rozitchner. "No porque surjan más que en la crianza religiosa, sino porque son problemas distintos acerca de los cuales todavía no se ha pensado demasiado."
Alejandro Rozitchner es uno de esos pocos pensadores que abandonaron el ámbito universitario y de las aulas, y se dedicaron a "buscarle la vuelta a la cosa". Es conocido por su estilo franco y, muchas veces, provocador. "Tuve una beca en el Conicet, pero me harté de todo lo académico", dice. "Entonces abandoné la beca y empecé a hacer cosas interesantes con el pensamiento." Esas cosas interesantes lo llevaron a dictar talleres, a trabajar como guionista para Antonio Gasalla, a colaborar en varios proyectos con Mario Pergolini, a escribir varios libros -entre ellos Ideas falsas , Malvinas, Amor y país , Argentina impotencia - y, por último, a sistematizar sus ideas acerca de lo que significa criar hijos sin religión.
"La perspectiva atea permite revalorizar la crianza", dice Rozitchner, "pero, al mismo tiempo, surgen algunos problemas". Los chicos que crecen en casas ateas les preguntan a sus padres: ¿nosotros qué somos, católicos, judíos, o qué? O cuando una amiguita toma la primera comunión quieren saber por qué ellas no pueden ponerse un vestido así y hacer una fiesta. "Mi mujer y yo estamos convencidos de que esas preguntas, legítimas, importantes, tienen una respuesta religiosa, pero también tienen una respuesta atea."
Ximena Ianantuoni es psicóloga, trabaja dando apoyo en tratamientos de fertilidad y haciendo consultoría en organización familiar. "Quise escribir el libro con ella porque para mí es una influencia muy fuerte en términos de pensamiento. Nuestro enganche pasa por lo sensual, como toda pareja, pero también por lo intelectual."
Rozitchner emana una vitalidad poco frecuente. A lo largo de la entrevista se ríe en varias ocasiones de su propia vehemencia y no deja de agradecer a cada una de los conocidos del barrio que interrumpen para preguntarle si el bebe ya nació.
-¿Qué significa, para vos ser ateo?
-Para empezar, ser ateo no quiere decir no creer en Dios. Un ateo no se define en relación con la religión, sino en función de su propia visión del mundo, que no requiere caer en un poder superior para encontrarle sentido a la vida. Para el ateo el sentido no viene dado por una realidad trascendente, sino que tiene sentido de por sí. La vida es avasallante, compleja, maravillosa e incomprensible. Para un ateo, que la vida no pueda comprenderse no quiere decir que haya que apelar a Dios. Hay que entender y aceptar que la vida no es un fenómeno para comprender, sino para experimentar, que es plena en sí misma y no va a dar a ninguna parte.
-¿Desde cuándo sos ateo?
-Desde siempre. Entiendo que haya gente que crea en Dios y que Dios existe como una idea inventada por el hombre, pero yo no fui educado en esa visión del mundo. No necesito la idea de un creador, una realidad trascendente que encierre los valores de todas las cosas.
-¿Nunca sentiste necesidad de creer?
-Para nada. La estructura de mi pensamiento no está basada en la fe. Las personas religiosas me dicen, "pero creerás en algo, aunque no sea en Dios". Pero yo no creo cosas: quiero cosas, sé que existo, y punto. Me gusta decir que en la frase "yo creo en Dios", la parte clave no es "dios", la parte clave es el "yo creo". Y es que los ateos no tenemos la estructura de la fe para encontrar el sentido de la vida. El sentido está en nuestra sensibilidad misma, en nuestro deseo, en nuestro cuerpo. Y no por eso somos inmorales o poco constructivos socialmente, tal vez justo lo contrario. Respeto a los creyentes, pero quisiera que se respetara de la misma manera a los ateos.
-¿Sin religión, qué postura ética se puede tener ante la vida? ¿En qué se asientan tus valores, si no los consideras trascendentes?
-Creo que el asiento verdadero de los valores es un pacto social: nos ponemos de acuerdo en qué nos parece bueno y qué malo, y hacemos leyes y normas de conducta basándonos en eso. Aun cuando muchas veces se aluda a los valores como si fueran algo trascendente, en realidad fueron fundados por personas que pensaron y sintieron cosas. Es un error pensar que para ser buena persona, o para tener valores, sea necesario creer en Dios. Si no crees en Dios tus valores se fundan en tu pensamiento, en tu deseo, en lo que vos sos, en lo que querés. Y entonces sos una persona mucho más real y verdadera.
-Sin religión, ¿cuál es el sentido de la existencia?
-La clave está en el deseo. La identidad no está dada ni por la historia, ni por el contexto. Está dada por lo que vos querés; eso es lo que te define. Yo soy mi deseo. Por supuesto que en ese deseo está presente mi historia, la historia del hombre, la de mi sociedad. Pero lo más valioso es el nivel de expresión que surge de la estela emotiva personal. La peculiar identidad de cada quien.
-Si alguno de tus hijos te pide tomar la Primera Comunión o hacer el Bar Mitzvá, ¿qué le vas a decir?
-Mi posición no es la de esos que dicen que hay que escuchar todas las campanas para después decidirse por una. Si fuera así, los dejaría probar cosas nocivas para que después decidieran si les hace bien o mal. Como padre, procuraré que no prueben aquello que sé que puede hacerles mal. Y como a mi juicio la religión es un sistema que debilita a las personas, trataré de que mis hijos no vayan por ese camino.
-¿Cuán importante es para vos ser ateo? ¿Podrías haberte enamorado de una mujer que practicara alguna religión?
-No es que yo tenga el dogma de decirme "no te relacionarás con gente religiosa". Tengo amigos católicos, tengo amigos judíos, y hasta tengo amigos peronistas. Para que veas lo abierto que soy. Quiero decir: está todo bien. No valoro a las personas porque sean ateas o no, pero cuando se arma una pareja es otra cosa. Ahí surgen acuerdos de sentido muy básicos que se dan de manera espontánea. Creo que el amor conlleva una visión del mundo similar y para mí era importante compartir esa visión.
- ¿Te parece que es mejor ser ateo que creyente?
-Sí, pero el libro no fue escrito con la idea de evangelizar ateamente a los creyentes. Cada uno tiene que sentir lo que siente, y eso se debe respetar. Lo que queríamos con el libro era abrir el espacio para que la experiencia del ateísmo fuera más libre entre los chicos y que ellos pudieran decir "soy ateo" y que eso fuera perfectamente asumido en la realidad escolar. El punto máximo sería lograr que la Constitución Nacional acepte que el presidente no tiene por qué tener ninguna religión. Me parece mal que el Estado argentino tenga una religión. Creo que es una falta de respeto para las personas. El Estado no tendría que tener religión.
-¿Cómo les explicás a tus hijos la muerte? ¿Adónde les dirías que van los seres queridos que se mueren?
-A ningún lado. Les diría que ese ser querido ya no está en ninguna parte, que si lo sentimos vivo es porque lo recordamos, porque en nuestro cuerpo persiste la emoción de amarlo y es difícil aceptar que ya no esté en ninguna parte. Les diría que las personas que han muerto dejan en nosotros su huella y mientras esa huella persista ellos no desaparecerán del todo.
-¿Qué ventajas tiene la crianza atea?
-Creo que hace a los niños más sensuales, más libres, más capaces de tomar decisiones y pensar por sí mismos. Una crianza atea significa mucho más que decirle no a Dios. Significa basarse en la experiencia de vivir como creadora de sentido, como suficiente en sí misma. Esto revaloriza la idea de crianza, la despoja de fantasmas. Una crianza atea es pura vitalidad.
-¿Te parece mal que otros eduquen a sus hijos en la religión?
-No, pero podríamos decir que criar hijos dentro de determinada religión es una especie de abuso, así como lo es hacerlo muy rápido socio de un club de fútbol. Es imponerles un modo de pensar aún antes de que ellos sean capaces de hacerlo. A los chicos religiosos les tiran encima un montón de planteos que convocan una cierta sumisión. La religión es un marco de comprensión que impide que las personas busquen su propio sentido de la vida.
-Pero cuando les enseñás tus valores a tus hijos, tus valores ateos, ¿no estás también sometiéndolos a tu modo de pensar?
-Por supuesto. Lo que pasa es que yo no creo que los valores se enseñen diciendo "te voy a enseñar cuáles son mis valores". Al vivir expresamos nuestros valores aunque no tengamos conciencia de ello. Cada padre expresa sus valores y educa a sus hijos en esos valores y, en ese sentido, está perfecto que los creyentes eduquen a sus hijos en sus creencias. Sin embargo, cuando veo a padres criando a sus hijos de un modo religioso no puedo evitar sentir una especie de escozor. Pero supongo que a ellos les debe de dar escozor que yo deje a mis hijos a la intemperie, bajo el cielo infinito del universo, sin ningún tipo de constricción religiosa.
-En el libro ustedes dicen que "criar hijos ateos quiere decir enseñarles a creer en sí mismos sobre todas las cosas... transmitirles la sensación de que pueden confiar en sus decisiones sólo por el hecho de ser ellos quienes las toman". ¿No te parece que eso equivale a ponerse a sí mismo por encima de todo lo demás? ¿Hacer del individualismo casi una religión?
-Creo que la palabra "individualismo" es una palabra que describe el fenómeno al cual alude con mala conciencia. Yo celebro el individualismo actual, no me parece censurable. Creo que una de las claves está en la posibilidad de pensar que lo que veníamos llamando "egoísmo" es lo que se empieza a llamar "autoestima". Y en ese sentido no me parece nada mal que una persona esté muy contenta con las decisiones que toma. No está dicho que esas decisiones vayan en contra del interés social, por el contrario, creo que es muy importante que una persona se dé mucho valor; de esa autoestima surge lo mejor para una sociedad.
-¿La vida no pierde sentido al pensar que no hay nada después?
-No, para nada. Cuando te das cuenta de que no hay nada después, tenés que hacerte cargo de un montón de cosas. Es duro, pero nadie dijo que la vida fuera fácil. La vida es tremenda. Es dura y sensacional. Dura, entre otras cosas, porque nos vamos a morir y no tenemos forma de evitarlo. Todo eso le agrega valor a este asunto que es vivir.
Christian Gadea Saguier
El hogar de la ideología, dios y el alma, nuestro cerebro
La corriente conservadora y tradicional de la Masonería liderada por la Gran Logia Unida de Inglaterra impone a sus miembros la creencia en un ser supremo y en la inmortalidad del alma, temas que por tradición no están sujetos a debate. Sin embargo, desde el Gran Oriente de Francia y la Orden Masónica Mixta Internacional Le Droit Humain rechazamos toda afirmación dogmática y trabajamos por lograr el mejoramiento material y moral, y el perfeccionamiento intelectual y social de la humanidad. Nuestra corriente es esencialmente filosófica y progresiva, tiene por objeto la búsqueda de la verdad, el estudio de la moral y la práctica de la solidaridad.Haciendo honor a esta “búsqueda de la verdad” vengo investigando sobre el fenómeno de las neurociencias y sus investigaciones al cerebro humano. El tema es bien controversial pues vivimos una época en que lo esotérico y la creencia en fenómenos paranormales se encuentran en franco apogeo y coexisten con las más altas cotas de desarrollo científico y tecnológico de la historia de la humanidad.
De la misma manera, el progreso en las ciencias del cerebro en las últimas décadas ha sido enorme, siendo el paradigma incuestionable (por la abrumadora evidencia que lo apoya) el hecho de que la mente no es un ente inmaterial separado del cerebro, sino que es el mismo cerebro “en acción” (mente sería sinónimo de función cerebral). Pues bien, la religiosidad en sus diferentes versiones mantiene un espléndido estado de salud, si bien las religiones oficiales mayoritarias pierden terreno ante nuevos cultos “alternativos”. Algunos piensan que esto es debido a que ciencia y religión abordan aspectos diferentes de la realidad, o lo que es lo mismo, que la ciencia no puede dar respuestas a las preguntas esenciales de la vida.
Los autores de un trabajo publicado recientemente en la revista Nature Neuroscience aseguraban haber hallado diferencias en el funcionamiento de un cerebro liberal frente a otro conservador. En pocas palabras: el primero reacciona mejor ante los cambios, mientras que el segundo es más rígido.
Los investigadores hicieron electroencefalogramas a 43 hombres y mujeres diestros mientras reaccionaban ante un estímulo que solía repetirse, pero a veces cambiaba. Cuando ocurría esto último, en la gran mayoría de los sujetos que previamente se habían declarado liberales se detectaba una actividad más intensa en un área de la corteza cerebral relacionada con los conflictos, lo que sugiere "una mayor sensibilidad neurocognitiva" a los cambios, escriben David Amodio y su grupo en su artículo. Se ve, por tanto, la firma de la ideología en el cerebro.
"Esta investigación demuestra que se empieza a dilucidar cómo un producto abstracto, aparentemente inefable de la mente, como la ideología, tiene su reflejo en el cerebro humano", dice Amodio. ¿Alguien se escandaliza por esta afirmación? ¿Alguien piensa que es absurdo que pueda verse algo así en un escáner cerebral? No los neurocientíficos, desde luego. Para ellos está clarísimo, y es perfectamente esperable, que cerebros que piensan distinto, que reaccionan distinto ante un mismo estímulo, funcionen de forma diferente; medir esa diferencia es sólo cosa de tener el instrumento adecuado.
"Todo, y todo es todo, está en el cerebro", dice Alberto Ferrús, director del Instituto Cajal de Neurociencias del CSIC, en Madrid, según una nota publicada en El País. "La sensación de estar enamorado o enfadado, la religión... todo se traduce en moléculas, en algo físico que hay en el cerebro".
En los años noventa, cuando aparecieron las primeras técnicas para estudiar el cerebro humano en vivo y en directo -en acción-, se supo que la corteza cerebral de muchos ciegos muestra diferencias apreciables respecto a la corteza de personas que ven; que el cerebro de los taxistas tiene más sitio para información espacial; o cómo actúa el cerebro de los ajedrecistas al jugar. ¿Qué hay de raro en dar un paso más y buscar la marca de la mentira o la espiritualidad? Nada de nada, dice Ferrús en la nota.
Pero volvamos al trabajo sobre los cerebros políticos. En él se hacen las siguientes analogías: pensamiento menos rígido equivale a ideología liberal; pensamiento menos rígido equivale a más actividad en áreas cerebrales implicadas en afrontar conflictos; y, por tanto, más actividad en áreas cerebrales implicadas en afrontar conflictos equivale a ideología liberal.
Puestos a analizar, dicen los expertos, el eslabón frágil del razonamiento no es que un estilo de pensamiento tenga su sustrato biológico, sino lo no absoluto del término liberal. En el trabajo de Nature Neuroscience la mayoría de los autodefinidos liberales votaron por John Kerry, y los conservadores por Bush. Y en un país musulmán, ¿quiénes tienen el cerebro flexible y quiénes rígido?.
Ahora bien, no hay que equivocarse: que haya un sustrato biológico no implica ni que ese hardware nos ha sido transmitido genéticamente, ni que es inmutable. "Nosotros no examinamos si la orientación política se hereda, si nos viene dada de nacimiento", explica Amodio. "El cerebro es maleable, así que incluso si nacemos con un sistema neural más sensible a información conflictiva, es posible que este sistema neural cambie con el tiempo". Y ¿es fácil de cambiar el hardware que nos viene de fábrica? En otras palabras, ¿Qué pesa más, lo heredado o el ambiente?
"Puede que esa no sea la manera correcta de formular la pregunta", responde Amodio. "Los genes proporcionan unos mecanismos de base para la supervivencia. Pero lo bonito es que la expresión génica es muy sensible al ambiente".
Otra posible pregunta sobre este trabajo es si los cambios sociales globales -el cambio de postura respecto a la homosexualidad, el divorcio o el trabajo femenino-, implican un cambio colectivo en el funcionamiento del cerebro. ¿Tenemos todos un cerebro más liberal? "Tal vez", responde Amodio, para quien sin embargo la sociedad tiende ahora hacia un mayor conservadurismo -una prueba más de lo confuso de estos términos-. Pero "no está claro si estos cambios a gran escala tienen algo que ver con cambios heredables. Podrían estar más relacionados con la globalización y los cambios culturales".
En cualquier caso, lo cierto es que a la luz de los tentáculos que está desarrollando la neurociencia la intimidad empieza a emerger -también- como un concepto de lo más borroso. Con lo que ello implica, como señala Carlos Belmonte, director del Instituto de Neurociencias de Alicante: "Los problemas éticos que plantea la capacidad de analizar la actividad del cerebro vinculada a conductas, o la capacidad de modular desde fuera esa actividad cerebral, de encender o apagar genes, la neuro-estimulación, son importantes". Se podría llegar a descubrir cómo es el cerebro de un maltratador, por ejemplo, y entonces "¿Estaría bien tratarle para que no llegue a serlo? ¿Hasta dónde podemos llegar? Se van a plantear debates muy serios, y vamos a una velocidad espeluznante", dice.
Las células del alma
La base del “alma” humana, o al menos nuestra conciencia del yo, no es más que el producto de una simple reacción bioquímica en el cerebro, según el doctor Francis Crick, uno de los descubridores de la doble hélice del ADN.
Este famoso investigador ha publicado un estudio en el que presenta una explicación científica de lo que tradicionalmente se conoce como “alma”, y atribuye la conciencia humana a un conjunto de neuronas del cerebro. Francis Crick asegura que él y su equipo de investigación han descubierto el grupo de células que generan la conciencia y el “sentido del yo”.
Su descubrimiento, que el plano de la vida y de la evolución se encuentra en una simple molécula, aún es considerado una amenaza contra la religión por ciertos grupos, como el de los creacionistas. De confirmarse, la nueva teoría de Crick representaría otro gran triunfo de la ciencia sobre la religión. La aparente incapacidad de la ciencia de explicar de dónde proviene el sentido del yo de los humanos ha sido interpretada por algunos líderes religiosos como una prueba de la existencia del alma eterna.
El estudio describe cómo distintas partes del cerebro se interrelacionan para producir la conciencia. "Por primera vez disponemos de un esquema coherente sobre las correlaciones neuronales de la conciencia en términos filosóficos, psicológicos y neuronales", añade el informe.
"La conciencia en sí podría ser la expresión de sólo un reducido número de neuronas, en particular de las que se proyectan desde la parte posterior del córtex hasta el córtex frontal”.
Christof Koch, profesor de neurociencia en el California Institute of Technology y coautor del último informe de Crick, declaró lo siguiente: “Está claro que la conciencia surge de procesos bioquímicos dentro del cerebro”. Colin Blakemore, profesor de neurociencia de la Universidad de Oxford, apoya la teoría de Crick de que la conciencia surge de reacciones bioquímicas. “La ciencia y la religión están en conflicto porque ambas intentan explicar el mundo físico, pero la mayor parte de las religiones sugieren que la vida es parte de un grandioso proyecto del que no hay pruebas. La religión es una hipótesis que no puede ponerse a prueba», opina este investigador”.
¿La ciencia contra la religión?
En los debates sobre la existencia de dios que uno puede mantener con un creyente o incluso con un agnóstico siempre termina surgiendo esa frase hecha de que “la ciencia no puede demostrar la no existencia de dios”.
En los últimos años varios científicos o filósofos de la ciencia del mundo anglosajón se han levantado en armas contra esa afirmación y han aparecido varios libros mostrando pruebas acerca de la improbabilidad de la existencia de dios.
El último exponente de este movimiento es sin duda Richard Dawkins y su The God Delusión que acaba de ser traducido y editado al castellano con el “políticamente correcto” título de El Espejismo de Dios, segú indica una nota del blog Las pirámides del cerebro. Posiblemente este es el motivo de que la revista Muy Interesante haya dedicado la portada de su número de abril 2007 a este tema con el titular “Ciencia contra religión, ¿Son incompatibles?”
El artículo más extenso dedicado a este tema es el titulado “Dawkins contra Collins, dos formas de entender la relación entre la fe y la ciencia.” Francis Collins, responsable del proyecto Genoma Humano, es un ferviente creyente cristiano que publicó el libro The Language of God en el que intenta contrarrestar la ofensiva de los científicos ateos. El artículo está basado en un debate publicado en la revista Time entre Dawkins y Collins el año pasado en noviembre y que también mereció la portada de la revista con el menos afortunado titular “God vs Science”. El debate ha sido comentado en Numenware (TIME magazine on Science vs. God ) y en eSkeptic (traducido en Delenda est Carthago) pero merece la pena leerlo porque Collins revela sus argumentos fundamentales dejando clara la debilidad de su posición.
¿Sobrevivimos a la muerte?
Esta pregunta se hizo también Bertrand Russell y lo respondió en un artículo publicado por primera vez en 1936, en un libro titulado Los misterios de la vida y de la muerte; sin embargo en la actualidad forma parte de su libro Porque no soy cristiano (edhasa, 2007) donde afirma que “antes de que podamos discutir provechosamente si continuamos existiendo después de la muerte, conviene aclarar en qué sentido un hombre es la misma persona que fue ayer. Los filósofos solían pensar que había substancias definidas, el alma y el cuerpo, cada una de las cuales duraba un día para otro; que el alma, una vez creada, continuaba existiendo por siempre, mientras que el cuerpo cesaba temporalmente desde la muerte hasta su propia resurrección”.
Russell aseguraba que nuestros recuerdos y hábitos están unidos a la estructura del cerebro del mismo modo que un ría está unido a la estructura de su cause. El agua del río cambia siempre, pero sigue el mismo curso porque las lluvias anteriores han abierto un canal. Igualmente los acontecimientos anteriores han abierto un canal en el cerebro y nuestros pensamientos corren a lo largo de dicho canal. Esta es la causa de los recuerdos y de los hábitos mentales. Pero el cerebro, como estructura, se disuelve con la muerte, y por lo tanto es de esperar que la memoria se disuelva también. No hay más razón para pensar lo contrario que el esperar que un río siga su mismo curso después de que un terremoto haya levantado una montaña donde solía haber un valle.
A la vista de estos hechos tan familiares, parece poco probable que la mente sobreviva a la destrucción total de la estructura cerebral que supone la muerte. No son los argumentos racionales sino las emociones las que hacen creer en la vida futura, asegura Bertrand.
La más importante de esas emociones es el miedo a la muerte, útil instintiva y biológicamente. La naturaleza es indiferente a nuestros valores y sólo puede ser entendida olvidando algunos conceptos del bien y mal. El universo puede tener una finalidad, pero nada de lo que nosotros sabemos sugiere que, de ser así, ese propósito tenga alguna semejanza con los nuestros. Nuestros sentimientos y creencias sobre el bien y el mal son, como todo lo demás que hay en torno a nosotros, hechos naturales desarrollados en la lucha por la existencia y que no tienen ningún origen divino ni sobrenatural.
En conclusión, la mayoría de la gente cree en dios porque le han enseñado a creer desde su infancia, y ésa es la razón principal. La razón más poderosa e inmediata después de ésta es el deseo de seguridad, la sensación de que hay un gran hermano que cuidará de uno.
Christian Gadea Saguier








