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¿La masonería es una religión?

CHRISTIAN GADEA SAGUIER
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No son pocas las personas que consideran a la organización masónica como un fenómeno religioso, delimitando el término «fenómeno» dentro de filosofía de Immanuel Kant, como lo que es objeto de la experiencia sensible. Es decir, ven las prácticas masónicas como religiosas. ¿Es esto así o es una ilusión influenciada por el prejuicio y la ignorancia?

Para encontrar una respuesta, que logre levantar el velo del prejuicio y aporte luz a las tinieblas de la ignorancia, es necesario entender de qué se habla cuando se expresa «es una religión». La noción es tan basta y tan heterogénea que es inviable definirla en una nota para que se comprenda de una manera completamente satisfactoria. No obstante, unas ideas podrían encender la chispa investigadora en el lector para continuar leyendo otras al respecto.

Desde todos los rincones del mundo y en todos los ámbitos, llevamos años bombardeados con propaganda teológica, al punto que conozco personas totalmente heridas que no entienden la vida sin los dictados de una religión particular. Para brindarles un bálsamo, sería una buena acción definir qué es una religión, para luego comparar las características reunidas con las prácticas masónicas y lograr responder a la cuestión planteada en el título de este trabajo.

Según Emile Durkheim –uno de los fundadores de la sociología moderna– en Las formas elementales de la vida religiosa «una religión es un sistema solidario de creencias y prácticas relativas a las cosas sagradas; es decir, separadas o prohibidas, creencias y prácticas que reúnen en una misma comunidad moral a todos los que se adhieren a ellas». Esta definición centrada en las nociones de sagrado y comunidad nos ofrece el sentido amplio, sociológico o etnológico de la palabra religión.

Dentro de un sentido más restringido, menos etnológico que teológico o metafísico, algo como un subconjunto del primero postulado por el sociólogo francés, podría decirse que la religión es casi siempre una creencia en una o varias divinidades. Un conjunto organizado de creencias y de ritos referidos a cosas sobrenaturales o trascendentales y especialmente a uno o varios dioses; creencias y ritos que reúnen en una misma comunidad moral y espiritual a quienes se reconocen en ellos o los practican. ¿Se necesita integrar este subconjunto para ingresar a la Masonería?

Kant en sus postulados de la razón práctica –proposiciones que no pueden ser demostradas desde la razón teórica pero que han de ser admitidas si se quiere entender el factum moral– sostiene que algunos necesitan de un dios para consolarse, para tranquilizarse, o escapar del absurdo y la desesperación, o sencillamente para dar una coherencia a su vida. Por lo tanto, todo teísmo es religioso, pero no toda religión es teísta.

Como último análisis del fenómeno religioso es insoslayable comprender el origen de la palabra «religión». Varios autores, desde Lactancio o Tertuliano, pensaron que el latín religio, de donde procede «religión» viene del verbo religare, que significaba «religar». Se dice entonces que religión es lo que religa. Esto no prueba que el único vínculo social posible sea una creencia divina. La historia ha probado lo contrario; sin embargo ninguna sociedad puede prescindir de vínculo. Así, lo que liga a los creyentes entre sí no es Dios, cuya existencia es dudosa, sino el hecho de que comulgan en la misma fe. El término en estudio tendría otro origen, menos antiguo pero más lógico que el primero. Lo postula Cicerón, quien piensa que religio proviene más bien de relegere, que podría significar «recoger o releer». En este sentido, la religión no es lo que religa, sino lo que recoge o se relee.

Un conocido, quien me motivó a pensar el presente tema, me escribió un mail en respuesta a mi nota anterior aseverando que la Masonería es una religión puesto que «ella es sagrada, tiene rituales y dogmas». Si comparamos lo que nos expresa Durkheim con el mail podríamos encontrar similitudes semánticas pero definiciones, usos y prácticas distintas.

Para los masones sus prácticas son sagradas porque sencillamente son dignas de veneración por lo que representan y recuerdan. Propagan un compromiso de fortalecimiento vital, independiente de toda religión u concepción metafísica, más que un culto a un Ser Supremo. El problema que suscita la expresión «sagradas» en la mente de algunos es que sólo comprenden el término como algo digno de veneración por su carácter divino, o por estar relacionado con fuerzas sobrenaturales. En cambio, si se entiende la misma expresión por lo que no puede ser transgredido sin sacrilegio o sin deshonra, es verosímil que no haya sociedad que pueda prescindir duraderamente de ella. En esta última definición se ciñe la Masonería.

Los ritos practicados en la organización de la escuadra y el compás aluden a las costumbres que hacen al conjunto de reglas establecidas para realizar las ceremonias, que se elevan de toda confesión religiosa, escuela filosófica u organización política. Consisten en acciones dispuestas para lograr el perfeccionamiento intelectual y social del individuo y por él extender a la humanidad; por ende es una fraternidad universal que tiene por principios la Libertad, la Igualdad, la Tolerancia… y como único absoluto a la libertad de conciencia. Entendida de esta manera, dentro de los rituales masónicos no se alude o cultiva lo sobrenatural, sino que se estima que las concepciones metafísicas de algún principio superior son de dominio exclusivo y de la apreciación individual de sus miembros.

Quien me envió el correo también aludió a que la masonería es una secta. Este término, cuya primera acepción en el Diccionario de la Real Academia Española significa «conjunto de seguidores de una parcialidad religiosa o ideológica», se halla sometido al mote religioso, en particular desde el Vaticano, para designar a un conjunto de creyentes en una doctrina particular o de fieles a una religión que el hablante considera falsa. Tomando el vocablo en su segunda significación, la masonería no es una secta, puesto que no es un conjunto de creyentes, tampoco es falsa porque no existe una absoluta masonería sino corrientes masónicas, unas más tradicionales–concervadores y otras más liberales–progresistas.

Por lo tanto, la masonería no es una religión, pero para saber lo que es no basta leer una nota sino vivirla.
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Alternativas a la creencia divina

CHRISTIAN GADEA SAGUIER
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¿Es posible la existencia sin Dios? Sí, por supuesto. Quien escribe y una legión de no creyentes vivimos, lo que demuestra que se puede vivir sin él, en el caso que sea definido como sujeto; entonces, ¿es probable que Dios no exista? Esta cuestión que se encuentra viajando en transportes públicos europeos es la actitud que tomamos no pocas personas, pero negar la idea de Dios como predicado se hace más difícil. Veamos… 

Esta semana lo expuso con claridad Fernando Savater en una tribuna de El País: «…decir que Dios probablemente no existe es decir demasiado o demasiado poco. Imaginemos que alguien nos pregunta si el Banco de Santander existe: como hay numerosas sedes de esa entidad, directivos y empleados, gente que le confía sus ahorros, cotiza en Bolsa y reparte jugosos dividendos, etcétera..., la única respuesta lógica y sensata es la afirmativa. Pero si mi interlocutor me asegura que acaba de encontrarse con el Banco de Santander por la calle y le ha revelado fórmulas para escapar de la crisis, me negaré a creerle... porque el banco en cuestión no existe, es decir, no existe en el sentido que vale para los viandantes, Barack Obama, la sierra de Gredos o los animales invertebrados. Creo que lo mismo ocurre con Dios: en un sentido es imposible negar que existe, en otro es imposible afirmarlo». Ante esta situación se presentan tres caminos para romper el hechizo divino.

En particular no soy partidario del mote religioso con que se define las variantes a la creencia: ateo o agnóstico; me cae mejor la palabra «naturalista» o «bright» acuñada por Daniel Dennet en su ensayo The bright stuff, donde llama la atención sobre los esfuerzos de algunos agnósticos, ateos y otros partidarios del naturalismo por poner en circulación un término para los no creyentes. ¿Qué es un bright? Nuestro sitio web en español lo define claramente: «Un bright es una persona con una visión naturalista del mundo. Su visión del mundo está libre de elementos místicos o sobrenaturales. La ética y acciones de un bright se basan en una visión naturalista del mundo». La palabra «bright» significa literalmente «brillante». El título del artículo referido es también un juego de palabras: significa, por una parte, «la materia brillante» y, por otra, así como «lo de los Bright» o «la cosa de los Bright». 

Pero, si me resigno al mote, me parece imposible hacer compatible el ateísmo con el afán misionero. Como individuos tenemos distintas circunstancias entre las que funcionamos. No pensamos de la misma forma en varios asuntos de acción y, más allá de otros principios, no es deseo de este autor presionar para su conformidad. Nuestros países, culturas, política, género, profesiones, intereses y demás, difieren ampliamente. Sin embargo, estamos generalmente «en sincronía» los unos con los otros porque compartimos una visión del mundo libre de elementos místicos y sobrenaturales. Esto es lo que nos une. No tenemos necesidad de reunirnos todos los días, ni cada siete, ni con motivo de ninguna festividad, ni para proclamar nuestra rectitud o postrarnos en nuestra indignidad; no necesitamos ningún sacerdote, ni alguien que custodia la doctrina, somos libres. No confiamos exclusivamente en la ciencia y en la razón, ya que estos elementos son necesarios en lugar de suficientes, pero desconfiamos de todo aquello que contradiga o atente contra la razón, respetando la libre indagación, la actitud abierta y la búsqueda de las ideas por lo que valen en sí mismas, sin mantener nuestras convicciones de forma dogmática.

Ahora, echemos la mirada a los senderos más conocidos transitados por los no creyentes: ateo y agnóstico. Ambos tienen en común el hecho no creer en Dios; sin embargo, el primero es una apuesta, pero negativa. «Un pensamiento que sólo se alimenta de la ausencia de su objeto», sostiene André Comte-Sponville en El alma del ateísmo

Conozco dos formas de ateísmo: no creer en Dios (forma negativa), o creer que Dios no existe (forma positiva). En estas dos variantes el ateo toma partido contra la existencia de Dios. No tiene una certeza sino que imprime una apuesta en virtud de pruebas que le llevan a considerar más bien ausencia que presencia. Se asocia mucho el ateísmo con tristeza, sinsentido, escepticismo, cuando en realidad representa lo contrario. Celebración de la vida, la naturaleza, despojado de los sentidos trascendentales. 

«…ser ateo no quiere decir tampoco sentir a la existencia vacía: esa es la representación que un creyente hace del ateísmo porque para él, si no hay dios, entonces esta realidad carece de sentido y de orden. Para el ateo el sentido no viene dado por ninguna realidad trascendente ni por ninguna existencia inmaterial y superior. La existencia tiene sentido de por sí, y en verdad tiene un sentido superior al de nuestras fuerzas. La vida es perfecta como es: avasallante, feroz, increíble, sensacional, compleja, desbordante, exuberante, maravillosa, incomprensible. Que no pueda comprenderse no quiere decir que haya que apelar a Dios, hay que entender y aceptar que la vida no es un fenómeno para comprender sino para experimentar, es plena en sí misma y no va a dar a ninguna parte. Tras la muerte, nada…», escribe Alejandro Rozitchner en Hijos sin dios

El agnóstico en cambio no cree nada; ni que dios exista ni que no exista, deja la cuestión en suspenso. Es aquel que se niega a elegir, colocándose en una especie de centrismo metafísico. No toma partido, no se pronuncia, pero se cuestiona sobre el por qué habría que pronunciarse sobre algo que ignora, por lo tanto elige no elegir. 

Respeto a los creyentes, pero trato también que se respete a los no creyentes, una situación que no sucede del todo. Hay creyentes que me tocan el timbre para hablarme de Dios, ¿podría yo salir los domingos por el barrio para decirle a la gente que no necesita esconderse tras el velo de la fe? 

Sigmund Freud estaba bastante en lo cierto cuando en el Porvenir de la Ilusión describía el impulso religioso como algo esencialmente imposible de erradicar hasta que la especie humana venza su miedo a la muerte y su tendencia al pensamiento ilusorio, o a menos que ambas cosas sucedan.  La vida, la inteligencia y el razonamiento comienzan precisamente en el punto en que termina la fe. Como desafió kant «sapere aude» (atrévete a saber).
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Charles Darwin, un visionario vigente

CHRISTIAN GADEA SAGUIER
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El hombre que destronaría al ser humano de su lugar de privilegio en la naturaleza, que refutaría varias de las creencias fundamentales de su época y cuyas ideas tendrían una influencia pocas veces igualada en la ciencia, la sociedad y la cultura, Charles Darwin, nacía hace hoy 200 años, el 12 de febrero de 1809 , en Shrewsbury, Gran Bretaña. 

Podemos debatir si los trabajos y teorías –y a la cabeza de éstas, la del origen de las especies mediante selección natural– de Darwin son más o menos importantes que el sistema geométrico que sistematizó Euclides, que la dinámica y teoría gravitacional de Newton, que la química que creó Lavoisier, que la relatividad de Einstein, que la física cuántica o que la teoría biológico-molecular de la herencia; pero lo que es difícil negar es que ninguna de esas contribuciones logró lo que consiguieron las de Darwin, que desencadenaron una serie de procesos que afectaron a algo tan básico como nuestras ideas acerca de la relación que nos liga con otras formas de vida animal que existen o han existido en la Tierra. Por ello, «si quisiéramos conceder un premio a la mejor idea jamás concebida, ese premio, antes que a Newton, Einstein o cualquier otro, correspondería ciertamente a Darwin», expresa Daniel Dennet, en Romper el hechizo.

Mas allá de las celebraciones, en este «año de Darwin» se dibujan dos grandes polémicas que han adquirido notable virulencia. Una es la que enfrenta a evolucionistas y creacionistas, y en la cual la Iglesia Católica ha tomado partido: «Hoy, los nuevos conocimientos conducen a reconocer en la teoría de la evolución algo más que una hipótesis», dijo Juan Pablo II. Y el teólogo anglicano Malcom Brown formuló una disculpa pública por «no haber entendido» a Darwin. 

El enfrentamiento entre evolucionistas y creacionistas no es la única gran polémica generada por las ideas de Darwin. La otra polémica divide a quienes aspiran a mantener las ideas darwinianas en el ámbito biológico y los continuadores del darwinismo social, que tratan de explicar las conductas humanas a la luz del evolucionismo. Esta pelea tiene un bando que quiere mantener la teoría de la selección natural en el estricto campo para la cual fue creada, es decir, la biología, y otro bando que, inspirado en el pensador decimonónico Herbert Spencer, intenta aplicarla a la explicación y justificación de las conductas humanas. Teoría biológica en Darwin, teoría biologista en Spencer. 

A la vista de todo lo dicho, podría pensarse que la única actualidad de Darwin y de su obra es la de honrar su memoria utilizando la excusa de los dos mencionados enfrentamientos. La evolución entendida a la manera de Darwin es un hecho científico, contrastado de manera abrumadora, y su relevancia para situarnos en el mundo es obvia, pero no es universalmente aceptada. En Estados Unidos solamente la acepta el 40% de la población. En Europa su aceptación es mayor, especialmente entre los franceses y los escandinavos (creen en ella aproximadamente el 80%), aunque no deja de tener problemas: en una encuesta realizada en Reino Unido por la BBC en 2006, el 48% la aceptaba, mientras que el 39% optaba por alguna forma de creacionismo, y un 13% «no sabía».

Una crítica clásica contra Darwin es que, pese a haber titulado su libro El origen de las especies (1859), un libro legible, claro, lleno de ejemplos, donde refleja una enorme honestidad que plantea todos los argumentos, no sólo los que le resultan útiles. Sus ideas han invadido la ciencia y la medicina, pero también el arte, la filosofía, la política; pero justo no aclaró cómo se originaban las especies; entonces ¿quién descubrió la evolución? 

Por cierto que no fue Darwin. En la época de El origen de las especies la teoría que postulaba que las formas de vida más complejas se desarrollaban a partir de las más simples era ya vieja. La contribución original de Darwin fue haber comprendido que todas las formas vivientes, incluyendo al hombre, se desarrollan solamente por selección natural y sexual. La selección natural se basa en la acumulación gradual de pequeños cambios, mientras que las especies suelen ser entidades discretas y bien definidas: vemos leones y tigres, no una escala Pantone de leotigres.  

La investigación reciente, sin embargo, ha aclarado muchos puntos del problema de la especiación, o generación de nuevas especies, y ha confirmado que la especiación tiene una relación directa con la selección natural  darwiniana. También han revelado unos principios generales que hubieran resultado sorprendentes para el padre de la biología moderna.

La idea de que la competencia entre seres vivos es el principal motor de la evolución arranca del propio Darwin y suele ser la preferida por los biólogos. Se la conoce como la hipótesis de la reina roja, por el personaje de Lewis Carroll que le dice a Alicia en A través del espejo: «En este país tienes que correr todo lo que puedas para permanecer en el mismo sitio». 
Cursiva
¿Es legítimo ocultar a los niños ese mundo científico, condicionando así sus opiniones futuras, en aras a algo así como «mantener su inocencia», o por las ideologías de sus padres? «…en cuanto a mí, creo que he actuado de forma correcta al marchar constantemente tras la ciencia y dedicarle mi vida, –habla Darwin en su Autobiografía–… Nada hay más importante que la difusión del escepticismo o el racionalismo…». 

«Darwin transformó la idea dominante de estabilidad que abarcaba la Tierra, todas las especies que viven en ella e incluso las clases sociales, en una sucesión de imágenes en movimiento», escribe el paleontólogo Niles Eldredge, autor de Darwin, el descubrimiento del árbol de la vida, recién publicado por Katz Editores.

Recordar y celebrar a Darwin es más que un acto festivo; constituye un homenaje a la ambición y el rigor intelectual, al poder de nuestra mente para comprender el mundo. Y también es un ejemplo de que la investigación científica no tiene por qué ser ajena a atributos humanos como son el amor a la familia, la decencia, la discreción o el ansia de justicia. 

La biografía de Charles Darwin -un hombre que atravezó un largo y complejo camino, que le llevó a consecuencias que no había previsto y que le obligaron a desprenderse, en un doloroso proceso, de las creencias religiosas en que había sido educado- está repleta de todo esto. El evolucionismo darwiniano nos suministra un marco conceptual y explicativo imprescindible para comprender el mundo natural de manera racional, sin recurrir a mitos.

¿Cuál es el origen de la moral?

La indagación sobre el tema en cuestión me fue motivada luego de un encuentro de filocafé que realicé en la ciudad de Encarnación en la quincena de enero, donde uno de los participantes afirmó: «no podemos vivir moralmente sin dios o sin alguna religión». Sumó aún más este mail que recibí de una lectora: «me llamo Rocío y soy de México, tengo una duda... y me gustaría que me ayudase a responderla: ¿qué es el bien y qué el mal?...». 

La primera respuesta que se ocurre, influencia por las lecturas de la época, fue buscar su origen dentro de la función evolutiva del ser humano, puesto que no encuentro la moral en un caballo, o la moral de un pingüino, sí podemos observar la moral de uno; por lo tanto, la función moral, junto con otras, también nos distingue esencialmente de los demás animales. 

Esta función surgió como alternativa a la fuerza física y bruta para preservar la estabilidad social, puesto que con anterioridad a nosotros sólo esas fuerzas solucionaban los problemas para preservar un orden armónico entre las especies sociales. Todas las culturas poseen un conjunto particular de lo que podríamos clasificar como «conductas morales» que podría definirse, según lo realiza Mattew Alper en Dios está en el cerebro, «como la tendencia que tiene nuestra especie a clasificar todos los actos como buenas y malas para el bienestar de un grupo». Esta propensión a diferenciar las conductas «buenas» de las «malas» se demuestra por el hecho de que todas las culturas han compilado listas de reglas y regulaciones que moderan dichas actitudes. 

La primera clave para demostrar que podemos estar evolutivamente determinados para una conducta moral, puede remontarse al extraño caso de Phineas Gage, un trabajador ferroviario que en 1848 sufrió un accidente con dinamita, y una varilla de hierro le atravesó el cráneo. Aunque Gage sobrevivió al accidente sin sufrir ningún detrimento notable en su intelecto, su personalidad cambió radicalmente. El relato del suceso, que lo leí en El error de Descartes escrito por Antonio Damasio, cuenta que antes del accidente Gage era conocido como un hombre honesto, dedicado a su familia y a su trabajo. Pocas semanas después del accidente, se convirtió en un vago irresponsable sin ningún sentido moral, y comenzó a engañar, mentir y robar. Estudios que se indican en la obra revelaron que el hierro le había atravesado la corteza prefrontal, indicando así que esta parte del cerebro podría tener un papel crucial en el razonamiento social y moral, lo que justificaría una interpretación neurobiológica de la conciencia moral. 

Considerando este enfoque, podríamos concluir previamente que la moral es únicamente humana, no del universo, de la naturaleza o introducida por un ser absoluto. Tal como postula Spinoza: «el bien y el mal no existen en la naturaleza», pero tampoco hay nada exista fuera de ella. 

Lo moral forma parte de lo real: este hecho, que impide que valga de un modo absoluto, imposibilita su abolición. Sólo lo real es absoluto, cualquier juicio de valor, relativo. Para Kant, y comparto, la moral es autónoma o no es moral. El comportamiento de quien sólo se prohibiera matar por temor de un castigo divino no tendría valor moral: no sería otra cosa que prudencia, miedo al policía divino. Entonces, ¿la moral no pude venir de las religiones? Exacto. No porque Dios, si se es creyente, me lo ordene algo está bien (porque entonces hubiera podido ser bueno para Abraham degollar a su hijo), sino que pueden creer que Dios ordena una acción porque es buena. Así, ya no es la religión la que funda la moral, sino la moral la que funda la religión. 

Tener una religión, puntualiza Kant en su Crítica a la razón práctica, consiste en «reconocer todos los deberes como mandamientos divinos». Para quienes no la tenemos no hay mandamientos divinos, pero sí deberes, que son los mandamientos que nos ponemos a nosotros mismos. Por lo tanto, no hay ninguna necesidad de creer en Dios para ser una persona moral, basta con considerar a los propios padres y maestros, a la conciencia y a los amigos. Sin embargo, como la persona que asistió al encuentro, hay quienes todavía confunden la moral con la religión, especialmente quienes buscan en la lectura literal de la Biblia o el Corán algo que los dispense de pensar por sí mismos.

En todas las grandes cuestiones morales, excepto para los integristas, creer o no creer en Dios no cambia en nada lo fundamental. Se tenga o no una religión, esto no le exime a uno de respetar al otro, su vida, su libertad y su dignidad. Que las religiones hayan ayudado a entenderlo forma parte de su aporte histórico, pero esto no significa que se basten a sí mismas o que tengan monopolio de la moral. El pensador Pierre Bayle, desde finales del siglo XVII, lo había señalado con rotundidad: «tan cierto es que un ateo puede ser virtuoso como que un creyente puede no serlo». 

No por carecer de religión uno traicionará a los amigos, robará o matará «si Dios no existe –dice un personaje de Dostoievski en Los hermanos Karamazov–, todo está permitido» ¡De ninguna manera!, porque no me lo permito todo. Si todo vale, nada vale: una ciencia no es más que una mitología como otras, el progreso es sólo una ilusión y una democracia respetuosa de los derechos humanos no es de ningún modo superior a una sociedad esclavista y tiránica. Esto nos conduciría a un nihilismo donde la moral no tendría cabida.

Si todo está permitido, uno ya no tiene nada que imponerse a sí mismo ni que reprochar a los demás ¿En nombre de qué podemos luchar contra el horror, la violencia o la injusticia? La solución es la fidelidad, el compromiso con los propios valores. En su Introducción a la Filosofía André Comte explica sobre la moral: es «…lo que uno se impone y no por interés sino por deber, sólo esto es propiamente moral. Moral es lo que te exiges a ti mismo, no en función de la mirada del otro, sino en nombre de determinada concepción del bien y del mal, del deber y de lo prohibido. Es el conjunto de reglas a las que tú te someterías incluso si fueras invisible...». 

Para concluir, pues de esto se puede escribir más de un libro…, toda moral es relación con el otro, pero antes una relación de sí mismo consigo mismo. Tú no vales más que el bien que haces, el mal que te prohíbes, y sin otro beneficio que la satisfacción de obrar correctamente. 

Christian Gadea Saguier

¿El bus ateo llegará a Latinoamérica?

Cuando te encuentres leyendo esta nota de seguro que ya te habrás cruzado con alguna publicidad en la vía pública que hacía referencia a una doctrina religiosa. Esto es natural en nuestras sociedades. En la ciudad en que vivo existen varios letreros de sanatorios evangelistas donde Jesús aparece detrás de un cirujano que se encuentra operando a una señora. El mensaje no es necesario escribirlo, ya tú sabes…

Pero desde el último trimestre de 2008 se encuentran circulando por Londres, Washington, Barcelona y próximamente en Madrid autobuses (ómnibus de pasajeros) que también transportan la siguiente publicidad: «Probablemente Dios no existe. Deja de preocuparte y disfruta de tu vida". 

La frase tiene ese delicioso toque escéptico tan del gusto de los ingleses; ni siquiera hace una declaración taxativa, sino que se limita a indicar una probabilidad, puesto que si la existencia de Dios fuera una evidencia, no sería motivo de fe, ni de apuesta. Se trata por lo tanto de un terreno propio de la libertad de cada uno, y su plausibilidad debe discutirse y respetarse en el ámbito de la sociedad civil.

«Choca esas cinco, ateo». El bus ateo inició su marcha hacia todo el mundo con un artículo titulado así en el diario británico The Guardian. Ariane Sherine, una periodista inglesa de 28 años, se había topado con un autobús en Londres decorado con citas bíblicas y una referencia a una web evangelista con la advertencia: «El que no sea creyente se quemará en el infierno». 

Indignada, escribió en esa columna de opinión: «¿Por qué no recaudar 5.500 libras para pagar una publicidad atea en un autobús londinense durante dos semanas?» Lo planteaba medio en broma, pero empezó a recibir apoyos. ¡Tantos que se le fue de las manos! «No sabía qué hacer», reconoce en una entrevista que le hizo el madrileño El País este fin de semana. Pero gracias a la ayuda de la Asociación Humanista Británica empezaron a recaudar mucho dinero y 800 buses empezaron a circular por todo Londres, cuestionando la existencia de Dios. 

La campaña según el sitio busateo.org, tiene el objetivo de sensibilizar a los ciudadanos ateos, no creyentes y librepensadores en general sobre la necesidad de «hacerse visibles» para reivindicar los mismos derechos y libertades que se reconocen a los demás ciudadanos por el mero hecho de poseer o manifestar unas creencias religiosas.

No considero que haya nada de incorrecto en que los negadores toda forma de teísmo publicitemos nuestras opiniones y las defendamos argumentadamente en el ámbito de la sociedad civil, del mismo modo que lo hacen las diferentes opciones religiosas, por cierto, de manera mucho más masiva. No es competencia de los poderes públicos en una sociedad abierta y democrática pronunciarse sobre cuestiones de esa índole, sino garantizar la convivencia de todos en un marco de derechos y deberes equitativamente establecidos.

Con la publicación editorial de ilustres cruzados antirreligiosos como Richard Dawkins (El espejismo de dios, Los enemigos de la razón), Christopher Hitchens (Dios no es bueno), John Dupré (El legado de Darwin), Sam Harris (The end of faith), Piergiorgio Odifreddi (¿Por qué no podemos ser cristianos?), Michael Onfray (Tratado de ateología), la discusión sobre el ateísmo ha vuelto a despertar el debate en Latinoamérica, al punto que durante los primeros días del último mes de 2008 la argentina ciudad de Mar del Plata acogió al último encuentro internacional sobre Ateísmo. 

Pero, ¿estamos listos para tomar el bus ateo? Hablando con personas libres de todo dogma me expresaron que el tema es delicado, puesto que temen ser discriminados no ya socialmente sino profesionalmente. Nuestras constituciones garantizan la libertad de pensamiento e intimidad, pero parte de la práctica social aún no tomó en consideración este postulado y como ya no pueden rechazarnos abiertamente, utilizan la discriminación laboral para agarrarnos del cuello. Un ejemplo: cuando obtuve mi certificado de apostasía le invité a un amigo próximo a esta convicción a que emulara mi decisión, pero triste fue mi reacción cuando me dijo: «mira, no puedo, en mi familia sería un escándalo, e inclusive pondría en riego mi trabajo». 

Me resta imaginar la reacción de la iglesia Católica, y más en mi país que tenemos a un obispo de Presidente. Por ejemplo, la cúpula anglicana no se hizo problema. Rowan Williams, el arzobispo de Canterbury, se tomó con evangélica deportividad esa campaña, celebrando el interés, al menos dialéctico, que Dawkins se tomaba por la idea de Dios. No fue así en España, donde los evangelistas están preparando su bus a favor de Dios, bajo el lema «Dios si existe, disfruta la vida en Cristo» Parece que no están muy convencidos puesto que su afirmación no es tal, sino una condicionante –me refiero a la falta de acento a la «i» de si–

La democracia administrada por el poder político, como forma de organización de la convivencia, no puede proponer una determinada opción religiosa o metafísica, ni permitirse ninguna clase de adoctrinamiento, creyente o increyente, sino que debe hacer posible la convivencia entre personas que tienen interés real en cooperar de una manera equitativa, de generación en generación, a pesar de hallarse divididas en sus concepciones del mundo y de la vida. 

Pero… esta declaración teórica podría hacer agua en nuestras sociedades puesto que la presencia de Dios es muy poderosa en todos los ámbitos. ¿Encontraremos algún empresario del transporte que desee en sus ómnibus tal proclama? ¿Estarían dispuestos a hacer frente a la indirecta demanda de las iglesias? Y si el transporte fuera público, ¿nuestros gobernantes se atreverían a autorizar la circulación del bus ateo? Si apelamos a la ley es posible, pero también conoces lo ligero de su peso en estas latitudes.

Desde la laicidad latinoamericana aún nos queda mucha distancia por recorrer para llegar a la parada de los buses ateos europeos, pero si estás dispuesto a colaborar es posible que entre todos los laicistas logremos reunir el suficiente esfuerzo para comprar el boleto de algún bus. Estamos a tiempo, puesto que para los creyentes Dios es eterno. 

Christian Gadea Saguier

Llega 2009, recuerden a Darwin

En medio de toda la confusión que nos depara el nuevo año ante los problemas de la economía global, reflexionar probablemente nos traiga mejores augurios que esperar el resultado de un rezo. Y justamente a pensar nos invita este científico. Tú me podrías decir – ¿por qué recordarlo? Y te respondo: – el año que llega a nuestro calendario propicia el festejo de los 200 años de su nacimiento y 150 de la publicación de El origen de las especies.
 
Debía haber sido médico, pero no le agradaba esa profesión. Para evitar que «se volviera un señorito ocioso», su padre le propuso entonces que se hiciera clérigo, una idea que no le desagradó. Para prepararse, se matriculó en la Universidad de Cambridge, donde mostró que le gustaba más buscar escarabajos que estudiar teología. Gracias a aquella afición le surgió en 1831 la oportunidad de embarcarse como naturalista, sin retribución, en un barco, el famoso Beagle. Aquel viaje, que duró cinco años, le cambiaría la vida. Me estoy refiriendo a Charles Darwin (1809-1882).

La información que acumuló en aquel periplo se convirtió en semillas que exigieron de una lenta germinación y del abono de todo tipo de detalles, así como de un marco teórico que les diese sentido (lo encontró leyendo a Malthus). En cuanto a la idea de hacerse clérigo, «murió de muerte natural», según su autobiografía. De aquellos esfuerzos nació El origen de las especies (1859), una de las joyas del pensamiento humano. 

Victoriano prudente, además de esposo fiel de una mujer muy religiosa, Darwin no hizo mención explícita de que también se aplicaba a nuestra especie lo que se esforzaba en demostrar a lo largo de todo el libro: que las especies que han poblado la Tierra han ido cambiando a lo largo del tiempo, emparentadas unas con otras, como si la vida fuera un árbol con muchas, entretejidas, ramas. Llegaría el día, 1871, en que sí se atrevió: publicó El origen del hombre. No hizo falta tanto para que sus ideas fuesen combatidas, una situación que se mantiene, a pesar de la deconstrucción de los dioses. 

Ahora los creacionistas, especialmente en Estados Unidos, utilizan la idea de un «Diseño Inteligente» –alguien, un dios, debió diseñar la vida, tan maravillosamente compleja, en especial la humana–, y argumentan que, en defensa de la libertad de pensamiento, el creacionismo debe ser enseñado en las escuelas junto al evolucionismo –¿deberíamos hacer lo mismo con la democracia y la tiranía?–. También dicen que la de Darwin «es sólo una teoría». Curiosa idea de lo que es una teoría científica.

Cierto, la teoría de la evolución darwiniana nos desprovee de cálidas promesas que ayudan a encarar un futuro en última instancia descorazonador, el de la muerte; pero defiende algo que hemos aprendido a valorar: la búsqueda de la verdad utilizando el razonamiento lógico y la prueba experimental. De todo esto hay toneladas en la obra de Darwin, cuya lectura se ve ahora facilitada con nuevas traducciones y reediciones.

Y no olvidemos que junto a la racionalidad iluminada por los hechos, también se puede encontrar en sus libros una profunda humanidad. Dos ejemplos: las líneas que dedicaba en el Diario de un naturalista (1839) a mostrar su repulsa al encontrarse en Brasil con la esclavitud: «jamás olvidaré la sorpresa, disgusto y vergüenza…», y las que cierran El origen del hombre, empapadas de compasión y de amor por la vida, por toda la vida: prefería, decía, descender del monito o del cinocéfalo, que se comportan con heroísmo para salvar a sus congéneres, que de «un salvaje que se complace en torturar a sus enemigos..., trata a sus mujeres como esclavas, desconoce la decencia y es juguete de las más groseras supersticiones».

Negado por los así llamados «creacionistas», que insisten en desconocer la teoría de la evolución, o apropiado por la psicología evolutiva, que ve allí la única clave para comprender la conducta humana, el legado de Darwin aparece hoy desdibujado por el fundamentalismo religioso o por las mitologías científicas. Pero, ¿qué nos dice la teoría de la evolución de los grandes temas: la existencia de Dios, nuestra visión de la naturaleza humana, nuestra relación con otras criaturas. Sintetizando, ¿qué es la teoría de la evolución?, ¿para qué sirve esta teoría? Son preguntas fundamentales que tienen consecuencias trascendentales para nuestra visión de nosotros mismos y de nuestro lugar en el universo. 
 
El postulado central del pensamiento evolutivo es el simple hecho de que la vida evolucionó sobre la faz de la tierra. La idea fundamental que sostiene esta argumentación es el hecho de descendencia con modificación por medio de evidencias fisiológicas que confirman la relación existente entre estructuras. Pero la mayor importancia de esta teoría se encuentra en el campo metafísico: nos dice algo muy general sobre lo que es nuestro universo y sobre las clases de cosas que hay en él. Nos revela muchas cosas acerca del lugar que ocupamos en el universo y asesta un golpe mortal a las cosmogonías teocentricas, socavando los fundamentos pseudo-históricos de las creencias religiosas. Así, la consecuencia más profunda de la evolución es que no tenemos ni necesitamos de una figura paterna todopoderosa.

En conclusión, la contribución de Darwin fue la de dar un paso importante en el camino que nos aleja del animismo primitivo, pasando por los grandes héroes científicos del Renacimiento –Copérnico, Galileo, Newton y otros–, en dirección a una visión del mundo naturalista que finalmente logró prescindir de los fantasmas, los espíritus y los dioses que servían para explicar, en épocas anteriores, todo los fenómenos naturales. Esta visión del mundo postula que tenemos razones para creer las cosas en la que creemos, y que podemos rechazar todo aquellos que no está sustentado por razones. Una exigencia modesta, tal vez, pero que, según creo, podría eliminar una gran parte de las mitologías religiosas y supersticiones que siguen dominando, y a veces devastando, las vidas humanas. 

–Y... ¿ahora te apetece recordarlo? De todas formas, ¡Felíz 2009!

Christian Gadea Saguier

Dios está en el cerebro

Una obra de Mattew Alper, que lleva por nombre el título de la presente, enseña un argumento impresionante para demostrar que existe una programación predeterminada en nuestro cerebro para que sea posible la creencia en un dios. Para su argumentación, el autor considerado uno de los fundadores de la neuroteología, ofrece una explicación lógica sobre cómo heredamos, a través de la evolución, un mecanismo que nos permite sobrellevar nuestro miedo más grande: el de la muerte. El ensayista, filósofo de profesión, presenta los datos necesarios para pensar que, así como el hombre tiene una capacidad cognitiva para el lenguaje, las matemáticas o la música, la espiritualidad y la religiosidad también hacen parte de esta evolución cognitiva.

Así como todas las culturas humanas han demostrado una tendencia a desarrollar un lenguaje, todas también han manifestado claramente una propensión a desarrollar una religión y una creencia en una realidad espiritual. Según E.O. Wilson, ganador del premio Pulitzer: “La creencia religiosa es una de las constantes universales de la conducta humana, la cual tiene una forma definida en cada sociedad”. Intelectuales como Carl Jung, Joseph Campbell y Mircea Eliade, afirmaron que todas las culturas han tenido siempre una interpretación dualista de la realidad, y han considerado que la realidad consta de dos ámbitos o sustancias distintas: la física y la espiritual.

De este modo, los objetos que pertenecen al mundo físico son considerados como tangibles, corpóreos y existen en un estado de cambio permanente, siendo temporales y fugaces. Por otra parte, perciben la existencia de un mundo espiritual inmune a las leyes de la naturaleza física, como algo permanente, fijo, eterno e imperecedero. Algo así como el verdadero mundo de Platón, el Topus Uranus. Si es cierto que todas las conductas transculturales representan rasgos genéticamente heredados, ¿no deberíamos suponer entonces que el mismo es válido para la tendencia que tiene nuestra especie a creer en una realidad espiritual trascendente a la naturaleza? Si la humanidad evolucionó por selección natural darwiniana, el azar genético y la necesidad ambiental –y no Dios– creó las especies.

El hecho de que todas las culturas humanas tiendan a creer en una realidad espiritual sugiere una de estas tres cosas: la primera, que todas han concebido los mismos conceptos espirituales debido a una gran coincidencia; la segunda, que durante la aparición de nuestra especie, algunos individuos crearon los conceptos de un mundo espiritual, un dios, un alma y una vida después de la muerte, y estas fueron transmitidas oralmente de generación en generación; la tercera, lleva a considerar que así como el lenguaje, también debe haber una fuerza fisiológica relacionada con la creación de una realidad espiritual, una función como cualquier otra de nuestras capacidades cognitivas.

Si la especie humana está programada para creer en un mundo espiritual, esto sugeriría que Dios no existe como un ser que está en el más allá y que es independiente de nosotros, sino que realmente es el producto de una percepción heredada, la manifestación de una adaptación evolutiva que existe exclusivamente dentro del cerebro humano como consecuencia de su conciencia y por ende de su preocupación de extender la vida más allá de la muerte; así Dios es más bien un producto de la cognición humana para disminuir la ansiedad de la existencia y permitiría la concentración en otras preocupaciones. Por lo tanto, parece ser que existe alguna parte del cerebro que manipula nuestras percepciones y respuestas emocionales y nos hace creer que hay fuerzas sobrenaturales a nuestro alrededor.

Tras suponer que la espiritualidad es el producto de un impulso genéticamente heredado, ¿por qué evolucionó este rasgo? ¿cuál es la ventaja de poseer una conciencia espiritual? Según el psicólogo religioso Bernard Spilka, “una de las principales funciones de la creencia religiosa es disminuir el miedo a la muerte que una persona siente”. Esta noción también está respaldada por la afirmación de Mortimor Ostow, otro psicólogo religioso: “la religión es una defensa natural contra el conocimiento que tiene el hombre de que debe morir”.

Protegidos de la amenaza perpetua de la muerte, los humanos pudieron realizar sus rutinas diarias y dedicarse a sus necesidades más “mundanas”. Con la aparición de la conciencia espiritual, el funcionamiento cognitivo del hombre se estabilizó hasta el punto en que ya podía vivir en un estado de calma relativa, a pesar incluso de su conciencia de que la muerte era inevitable, tenía garantizada otra vida en el más allá. Si esto es cierto, sugiere que Dios no es una fuerza o entidad trascendental que realmente exista en el más allá y que sea independiente de nosotros, sino que realmente es la manifestación de una percepción humana heredada, un mecanismo de defensa que nos obliga a creer en una realidad ilusoria para poder superar la conciencia de nuestra muerte.

¿Dónde queda entonces la manifestación de contacto con lo divino? Así como las culturas sienten tristeza, también tienen experiencias espirituales. Para suministrar evidencia física que compruebe esta noción, Andrew Newberg y Eugene D`Aquili, de la división de medicina nuclear de la Universidad de Pennsylvania, utilizaron una tomografía computarizada para observar cambios en la actividad neuronal de varios monjes budistas. Su experimento mostró que cuando los monjes practicaban la meditación –y sentían que eran uno con toda la creación– hubo un cambio notable en la actividad neural de los lóbulos frontal y parietal, así como de la amígdala cerebral, lo que ofreció una confirmación física de que las experiencias espirituales pueden relacionarse directamente con ciertas regiones del cerebro.

Si las experiencias espirituales son una característica heredada ¿por qué nuestra especie experimenta esta sensación particular? ¿cuál es su propósito?, puesto que si esta serie de sensaciones no cumplieran una función específica, sería muy improbable que hubieran aparecido en nosotros. Probablemente evolucionó como respuesta a la conciencia de nuestra identidad, que infortunadamente suponía también la conciencia de la muerte. Debido a la conciencia mortal, el animal humano habría vivido en un estado continuo de temor a menos que hubiera algo que le ayudara a aliviar la pulsión de muerte. Una de las formas en que opera la función espiritual es produciendo una creencia natural en seres sobrenaturales, en el alma y su continuidad después de la muerte. Como resultado de esto nos creemos inmortales, pero esto sólo está en nuestro cerebro.

Christian Gadea Saguier

El legado de Darwin

¿Qué nos dice la evolución sobre nosotros mismos; sobre el lugar que ocupamos en el universo; por qué debería importarnos la evolución; cómo queda el dios del monoteísmo ante la evolución? Para responder a estas preguntas me tomé un par de semanas del pasado julio y leí una obra de John Dupré, doctorado en filosofía por la Universidad de Cambridge, que lleva por título el nombre de esta nota.

La principal implicación del evolucionismo -que todos los seres vivos provenimos de un origen común por ramificaciones sucesivas- aportó a las ciencias de la vida el marco unificador que tanto necesitaban. Pero una de sus implicaciones secundarias, que el ser humano evolucionó a partir de un mono, estaba destinada a trastocar de forma radical la percepción sobre nuestros orígenes. La historia narrada en el Génesis salió particularmente perjudicada, y la reacción del conservadurismo religioso sigue resonando un siglo y medio después, con el movimiento del diseño inteligente como último disfraz científico del creacionismo norteamericano.

Los argumentos actuales del creacionismo -o los de su disfraz científico, el diseño inteligente- no se diferencian mucho de los expuestos por el reverendo británico William Paley en su influyente libro Teología Natural, de 1802, cuyo subtítulo habla por sí mismo: Evidencias de la existencia y atributos de la Deidad recogidas de la apariencia de la Naturaleza. Paley resumió sus razonamientos en la célebre alegoría del relojero: si encontramos un reloj en medio del campo, deduciremos la existencia de un relojero; si observamos una mariposa, el ojo de un águila o el cerebro humano, deberemos deducir la existencia de Dios. El diseño -y las cosas vivas apestan a diseño por todos los poros- implica siempre la existencia de un diseñador.

Este año se cumple un siglo y medio de la refutación de esa idea: la evolución por selección natural, presentada por Charles Darwin y Alfred Russel Wallace en un artículo conjunto de 1858. Las celebraciones culminarán en 2009, cuando cumpla 150 años El origen de las especies, el libro de Darwin que fundó la biología moderna. La obra puede leerse como una refutación obsesiva y minuciosa del libro de Paley "hasta en el estilo de los argumentos, la elección de los ejemplos, los ritmos y las palabras", según ha documentado el evolucionista Stephen Jay Gould. La selección natural de Darwin es una teoría para fabricar diseños sin necesidad de diseñador: hecha a medida para pulverizar uno a uno los argumentos de la teología natural.

La idea de Darwin es tan simple, poderosa y autoevidente que justifica la reacción de su amigo y colega Thomas Huxley al escucharla por primera vez: "¡Qué increíblemente estúpido no haber pensado en ello!". Y también el hecho de que Wallace llegara a la misma conclusión de forma independiente.

Negado por los así llamados "creacionistas", que insisten en desconocer la teoría de la evolución, o apropiado por la psicología evolutiva, que ve allí la única clave para comprender la conducta humana, el legado de Darwin aparece hoy desdibujado por el fundamentalismo religioso o por las mitologías científicas.

Este libro sostiene que la teoría formulada por Darwin tiene consecuencias trascendentales para nuestra visión de nosotros mismos y de nuestro lugar en el universo. Y explica, con un lenguaje sencillo y claro, el alcance y los límites de dicha teoría, sus implicaciones sobre el mundo religioso, las ideas de raza y género o el estatus de los animales, precisando, también, los marcos del debate entre biología y cultura, y la decisiva importancia de ésta para comprender la conducta humana.

El autor, y también quien escribe, no coincide con la idea de algunos cristianos, filósofos y biólogos, que sostienen la posibilidad de reconciliación entre la teoría de la evolución y la fe cristiana. Considera más bien que se trata de concepciones enfrentadas. Sustenta su formulación en base a las corrientes de pensamiento que incluyen al empirismo y al escepticismo, argumentando que no existe ninguna evidencia que respalde la creencia en una deidad.

Adopta una actitud escéptica ante algunas consideraciones supuestamente científicas (sobre todo de parte de la psicología evolutiva) que intentan considerar a la teoría de la evolución como la clave de todas la mitologías y como camino hacia la comprensión total de la naturaleza humana. Expone la contradicción existente entre los religiosos, quienes anteponen una barrera entre el ser humano y los demás animales, y por otra parte, los psicólogos evolucionistas, quienes consideran que los humanos somos solamente una especie más del mundo animal.

El primer problema grave que suscita la teoría de la evolución es justamente la palabra "teoría" que en el habla popular se utiliza con un alto grado de conjetura y especulación, perdiendo de este modo cierta autoridad, cayendo en la afirmación "es pura teoría", como una postura que no reconoce lo que se postula. El segundo viene por la expresión del artículo definido "la" que sugiere la existencia de un todo unificado o tal vez de un todo que debe ser aceptado o rechazado íntegramente. El último aparece de la ciencia misma al establecer un paralelo entre esta teoría y otras, como la de la relatividad, o la teoría cuántica. Dupré considera que no es útil pensar esta teoría en términos axiológicos.

La importancia de la selección natural fue el mayor aporte que realizó Darwin a la ciencia. Se volvió el factor más importante para entender las modificaciones que ocurren en el transcurso de la evolución. La teoría se entiende de la mejor manera por medio de las variaciones en las aptitudes heredables, sin embargo es objeto de gran controversia científica. Se plantea su verdadero grado de importancia dentro de la evolución y sobre la misma manera de entender este proceso.

El legado de Darwin nos proporciona conocimientos de la crónica más abarcativa de la historia de la vida y permite entender de qué manera encajan cierto hechos dispares, revela muchas cosas sobre el lugar que ocupamos en el universo, pero no suministra suficiente para entender la clase de seres que somos. Permite el desarrollo de una visión del mundo totalmente naturalista y asesta un golpe mortal a las cosmologías geocéntricas, socavando los fundamentos de la creencia religiosa.

¿Qué significa el "naturalismo"? Es una visión del mundo anti-sobrenatural. Se resiste a considerar la existencia de espíritus, almas y dioses. Esta objeción no se basa en un mero prejuicio, se basa más bien sobre un principio. El principio de que la creencia de algo debería estar fundamentada, en última instancia por la experiencia, experiencia en la que basamos nuestros conocimientos.

En conclusión, la contribución de Darwin dio un paso importante en el camino que nos aleja del animismo primitivo, pasando por los grandes pensadores del Renacimiento y en dirección a una visión naturalista del mundo que logró prescindir de fantasmas, dioses y espíritus, que en la antigüedad servían para explicar todos los fenómenos naturales. Así, sabemos lo suficiente para aceptar nuestra ignorancia, por lo que no debemos quedar satisfechos ante mitologías que se construyen por pura ignorancia.

Christian Gadea Saguier

Dan Brown novelará a los masones

¿El 4 de julio? Como si se tratara del misterio de una de sus novelas, las especulaciones sobre las nuevas aventuras del profesor Robert Langdon, The Solomon key -título provisional de la obra- se han disparado y se barajan para su publicación este año fechas como el 4 de julio, día de la Independencia estadounidense y día en el que en una ceremonia masónica en 1848 fue colocada la piedra angular del monumento de Washington. O el 18 de septiembre: ese día de 1793, George Washington condujo un desfile masónico para colocar la piedra angular del Capitolio.

Especulaciones que provienen del que Brown anunció como tema central de su novela y que abunda en las teorías conspirativas de sus otros libros: "La enigmática hermandad de los masones" en Estados Unidos y la "historia oculta de la capital de la nación", Washington D.C. A eso se añadirían pistas dejadas en El código Da Vinci,como referencias a la escultura criptográfica Kryptos en los cuarteles de la CIA en Langley, Virginia, al lado del D.C.

Los padres masones de la patria. De esos escuetos datos han nacido libros sobre la desconocida novela de Brown como The Solomon key and beyond,Secrets of the widow's son (aquí traducida por Temas de Hoy como Los secretos de la continuación del Código da Vinci,Los secretos de Dan Brown y la llave de Salomón que dice que Brown explorará hermandades como Skull and Bones en Yale, a la que pertenecieron Kerry y Bush- o Turning the Solomon key, entre otros, que describen e incluso cuestionan los misterios que supuestamente articulan la novela de Brown, la primera de Robert Langdon en suelo americano. Ciertamente, ni en EE.UU. ni en Washington D.C. escasean los símbolos masónicos. George Washington, primer presidente, fue masón -hay un memorial masónico que se asemeja al faro de Alejandría y lo recuerda-, y también lo fueron padres fundadores como Madison y Franklin o como el arquitecto de la Casa Blanca, James Hoban. El actual Gran Maestre de Gran Logia de Washington reveló a France Presse que Brown mantuvo contacto con ellos y están expectantes ante el libro, aunque sin miedo: "No acabará con la masonería". Un libro que, aseguran algunos críticos, se retrasa porque Brown ha tenido que cambiar fragmentos para no parecerse a los manuales sobre su propia novela.

¿Ciudad masónica? Si el Louvre y La Gioconda ganaron más fama con El código Da Vinci, en Washington D.C. tendrán que preparar no sólo la visita a edificios oficiales con esfinges -la fascinación masónica por Egipto- y compases, sino, de hacer caso a los libros sobre la novela, helicópteros: entre las múltiples teorías de estos, que quizá tenga también Brown, se dice que el Capitolio, el Lincoln Memorial, los muros de la Casa Blanca y el Jefferson Memorial forman una escuadra y un compás. Y que otros monumentos y calles forman la estrella de cinco puntas, el sello de Salomón. Preparados para el tour

Christian Gadea Saguier

El precio del velo

El velo, un simple pedazo de tela, se ha convertido en la manzana de la discordia en Europa, un continente amenazado por el envejecimiento de la población, que, para sobrevivir, les abre a regañadientes las puertas a millones de inmigrantes, entre ellos miles de mujeres musulmanas que, por tradición o imposición, se cubren.

Giuliana Sgrena, veterana feminista y corresponsal de guerra del diario de izquierda Il Manifesto, que viajó a varios países islámicos, no tiene dudas: "El velo es el primer paso para la reducción de los derechos de la mujer".

Autora de El precio del velo. La guerra del islam contra las mujeres, recientemente editado en Italia, Sgrena saltó trágicamente a la fama tras ser secuestrada en Bagdad en febrero de 2005 por un grupo islámico que nunca la obligó a cubrirse porque no era fundamentalista, según contó a La Nación (Argentina) en una entrevista mantenida con Elisabetta Piqué, corresponsal en Italia.

Cuando fue liberada, en marzo del mismo año, gracias a los servicios secretos italianos, vivió otra pesadilla: el auto en el que se dirigía al aeropuerto de Bagdad junto con dos agentes italianos fue acribillado a tiros por soldados estadounidenses. En el ataque murió el agente Nicola Calipari.

Comprometida a dar a conocer lo que considera una realidad dramática, Sgrena está convencida de que el velo representa, y no sólo simbólicamente, "la opresión de la mujer en el mundo islámico".

Afirma que detrás de su imposición no se esconde solamente el intento de las fuerzas más fundamentalistas de "reislamizar" la sociedad, sino, además, una verdadera guerra contra las mujeres, y en contra de su cuerpo, visto como el terreno de batalla sobre el cual afirmar principios y costumbres que poco tienen que ver con la tradición islámica, sino con un "nuevo" retorno al orden machista y reaccionario.

"Sólo una interpretación fundamentalista del islam dice que hay que llevar el velo. Tanto es así, que en los tiempos de Mahoma no se llevaba el velo", afirma Sgrena, que condena duramente el "relativismo cultural" de la izquierda, e incluso de varias feministas de Occidente.

"Mientras la derecha considera a estos pueblos salvajes, por lo que es mejor mantenerlos alejados de nosotros, la izquierda, que también tiene una actitud distinta en cuanto a la inmigración, cae en la trampa de considerar el velo de las mujeres musulmanas «parte de su cultura, parte de su tradición», y no va al fondo del problema, que es que el velo no es el fruto de una elección libre de la mujer, sino una condena".

En su libro, una investigación a fondo, llena de datos, Sgrena denuncia la violencia, las infamias, las muertes y la tremenda discriminación que sufren las mujeres. Además, se rebela ante lo que pasa en la misma Italia, y en otros países europeos, con las mujeres musulmanas.

Muchas de estas, que creen haber alcanzado finalmente la libertad al llegar al Viejo Continente, chocan con el hecho de que son "doblemente discriminadas", como inmigrantes y como musulmanas. Y pasan a vivir un verdadero infierno, al terminar solas y olvidadas en virtuales guetos, donde la opresión de los hombres, que las encierran en sus casas y las obligan a veces a usar velo, o incluso burka (la tristemente célebre túnica afgana con una rejilla a la altura de los ojos), termina siendo aún mayor que la de sus países de origen.

Hace dos años la opinión pública italiana vivió con gran conmoción el caso de Hina, una joven paquistaní que vivía como una occidental, y que, por este motivo "de honor", fue brutalmente asesinada por su propio padre. Pero Sgrena considera que en Italia "hay muchas Hinas".

"Yo no lo sabía, pero es altísimo el número de mujeres que han sido asesinadas en Italia porque no respetaban las reglas impuestas por la familia o por la comunidad. ¿Cómo podemos aceptar que en nuestro país pasen cosas de este tipo?", se pregunta.

"Reislamización"
Para Sgrena, estamos frente a un claro proceso de "reislamización". "Antes, cuando iba a Argel, a Amman o a El Cairo veía poquísimas mujeres con velo, salvo en los barrios populares, donde usaban el tradicional. Pero si uno viaja ahora, no encuentra mujeres sin velo, porque hay un proceso de «reislamización», impulsado por los Hermanos Musulmanes, que establecieron que las mujeres deben llevar el velo. Si no, corren gravísimos riesgos", afirma la periodista.

Pero en su libro pueden leerse otras cifras que hablan de una situación espantosa: 50.000 mujeres se suicidan al año en todo el mundo forzadas por sus familias para limpiar su honor, según datos de la ONU.

Hace cuatro años, cuando Francia prohibió el velo y otros símbolos religiosos en las escuelas, Sgrena era escéptica. Pero cuando viajó allí para hacer un reportaje y ver cómo se había implementado, quedó muy sorprendida. Según el Ministerio de Educación francés, sólo 47 estudiantes en todo el país habían abandonado las escuelas públicas, entre ellas algunas que decidieron matricularse en escuelas católicas y otras que optaron por seguir cursos por correspondencia.

Para Sgrena, en cambio, la reciente ley aprobada por Turquía, que permitió el uso del velo en las universidades, es un paso atrás. "Es cierto, el velo es un pedazo de tela, pero la verdad es que en todos los países siempre se empieza con el velo", afirma. "Por eso, para mí, es el primer paso de Turquía hacia la «reislamización»", dice.

Christian Gadea Saguier

Reseña de "Los hijos de la Luz"

El diario ABC Color publicó la semana pasada, en su suplemento Cultural, una reseña de mi libro Los Hijos de la Luz. La nota periodística está firmada por Delfina Acosta, una de las pocas peridiostas paraguayas que trabaja en ésta área de las reseñas de libros. A continuación la nota completa.

Por mi parte, les facilito el primer capítulo del libro y si desean comprarlo, haga clic aqui. Que disfruten.

Dijo quien sabía, o sea, Sócrates, “Sólo sé que no sé nada”. Sin embargo, esta frase no puede tener más que un momento de cabida en el pensamiento del hombre (animal de costumbre, según algunos, y animal político, según otros), pues las ideas buscan la verdad, o el reconocimiento, por lo menos, de la existencia de un conflicto en el mundo y su posterior solución. Leyendo el libro (muy bueno, ciertamente) de Christian Gadea Saguier, Los hijos de la luz, el lector se halla ante un autor y una obra que van tras la interpretación de la “Iluminación” en los masones.Para Gadea Saguier, la divinidad y la resurrección de Jesús son pura fábula. Por un principio de inteligencia, duda mucho de la confiabilidad de la Biblia.

Partiendo del principio de que Cristo es algo así como un opio de la sociedad, y despojado, por ende, de todo prejuicio religioso, el autor de Los hijos de la luz entra en el terreno de la masonería medieval, la masonería moderna, los herméticos, los caballeros templarios y otras órdenes.

¿Quiénes son los hijos de la luz? Pues hay que leer el libro, señoras y señores, para introducirse en el enorme, vasto mundo de los conocimientos y las doctrinas expuestas en el texto, y acercarse a la verdad sobre los hijos de la luz. Citas y referencias de sitios de Internet, que Gadea Saguier nos propone en las muchas páginas del libro de marras, son de valiosa ayuda para una mejor comprensión del estudio crítico.

LA HORRIBLE PERSECUCIÓN
Con un hábil estilo narrativo, Christian nos cuenta que la Iglesia católica cometió atrocidades. No solamente los masones cayeron en la garras y en las persecuciones de los católicos, sino además los caballeros templarios, que inicialmente fueron llamados los pobres caballeros de Cristo. La orden de los caballeros fue fundada oficialmente en 1118; tenían los caballeros la misión de prestar defensa de los llamados Santos Lugares, que fueron después retornados a los sarracenos, hasta que en 1291, cayó el último bastión cristiano. Buscando una reconquista de los lugares santos, libres del pago de impuestos y debiendo sólo obediencia al Papa, los caballeros templarios, por esas cosas del fanatismo, la envidia y la incompatibilidad de pensamientos, fueron encarcelados y destinados a morir en la hoguera. Llama la atención la fuerza de voluntad y el estoicismo con que estos caballeros defendían sus ideas, o, si quiere, sus misterios, pues en esto de pensar, todo es muy misterioso, finalmente.

EL MAESTRO
He aquí un hecho espeluznante: Un gran maestro, Jacobo de Molay, fue tostado lentamente en la Ile de la Cité, a la sombra de la Catedral de Notre Dame de París.

¿Qué significa Maestro? Maestro le llamaban los apóstoles a Jesús. Maestro es la persona que es práctica en una materia y la maneja con desenvoltura, según el diccionario. Llegar a ser maestro, en la orden de los masones, implica, poco más o menos lo siguiente: saber observar las virtudes que condecoran al ser humano sobre la faz de la Tierra y hacerlas observar.

Jesús era el encargado de cuidar de sus apóstoles y los reprendía cuando los hallaba en falta. La masonería “procura inculcar en sus adeptos el amor a la verdad, el estudio de la moral universal, de las ciencias y de las artes. Tiende a extinguir los odios de raza, los antagonismos de nacionalidad, de opiniones, de creencias e intereses, uniendo a todos los hombres en bien de la humanidad. Impulsa a sus miembros a transformarse en elementos útiles para la sociedad”. Dicho en palabras más simples, la masonería busca, según mi versión, estar al servicio del bien propio y del bien social. Guardar estos conocimientos en tiempos pasados llevó a los masones a vivir en una suerte de clandestinidad.

Hiram, maestro de maestros, fue el masón enviado por el rey de Tiro para dirigir los trabajos del futuro Templo de Jerusalén. Hiram, según el estudio de Christian Gadea Saguier, estuvo muy ligado a la construcción del Templo; fue no sólo el artífice de una obra material, sino además el jefe, caudillo, líder o maestro de la genealogía iluminada de los masones. Murió asesinado Hiram. Así como Jesús fue crucificado. Esto nos habla de que llevar adelante una idea que cause pasiones en los hombres, o más abiertamente, en la humanidad, es motivo de apaleamientos, cepos, crucifixiones, puñaladas, destierros, traiciones, conspiraciones y fama.

Hermes, creador de la doctrina hermética, ha dejado otro legado: “Como arriba es abajo”. O sea: Lo que hay en la tierra tiene una correspondencia celestial.

Jesús, más inteligente que todos y, por eso, adorado en el mundo occidental y también oriental como Hijo de Dios, construyó la idea de la fe al trasladar la verdad en su persona.
“Yo soy el camino, la verdad y la vida...”, dijo, y con esas palabras cargó sobre sus espaldas el universo.

En fin, este libro nos lleva a pensar, como dijo Hamlet, por inspiración de Shakespeare, en estas rotundas frases: “Hay más cosas en el cielo y la tierra de las que tu filosofía cree”.

El libro nos invita a reflexionar, también, sobre la masonería instalada en el siglo que vivimos. ¿Cómo está la masonería en España? Se dice que la Segunda República que derribó al General Franco, fue nada más y nada menos que la fuerza masónica. ¿Tiene, entonces, mucho poder político? Según mi manera de interpretar las ideas y los hechos, sí. ¿Posee la masonería, esa élite cada vez más abierta a cualquier clase de hombres y mujeres, poderes relacionados con riquezas mal habidas? Pues sí.

El autor del libro escribe, ya al final casi del libro, sobre la masonería en el Paraguay. Interesante, es, ciertamente, su versión.

BREVE RESEÑA DEL AUTOR
Christian Gadea Saguier inició sus trabajos e investigaciones en la Masonería en 1996. En mayo de 2005 publicó “El misterio de los Masones”.

Mantiene el blog Los Arquitectos (losarquitectos.blogspot.com) sobre librepensamiento, laicismo, humanismo y diversos aspectos del pensamiento masónico. El sitio recibe más de 10.000 visitas mensuales y se ha constituido en un espacio destacado de Internet. Escribe para revistas masónicas en América Latina y Europa. Es editor y director de la Editorial de la Luz.

Delfina Acosta

Hacia una espiritualidad sin dogmas

La semana que pasó estuve reunido con mis pares, miembros de la Asociación Racionalista del Paraguay (APRA), y conversamos sobre la limitación que producen los dogmas en el discernimiento del ser humano. Considero que el dogma y el pensamiento son dos caminos distintos, pero ambos se producen en la mente. El dogma, de cualquier tipo, religioso, político, social, es un sendero cerrado determinado absolutamente por la fe, es decir, creer sin ver, sin tener la capacidad de justificación o realización. Así, en el campo religioso un cristiano es o no es cristiano, no se puede concebir un medio cristiano. El dogma es absoluto o no es. En cambio es pensamiento, nuestra capacidad de discernir, es diferente.

Los librepensadores consideramos que el pensamiento es la cualidad más importante que tiene el hombre para progresar en todos los ámbitos de su vida. De esta forma, el razonamiento es un camino abierto, plural, deliberativo y por tanto adogmático. Sin embargo, a pesar de esta capacidad humana, cuando el hombre está sometido al miedo, no puede ser íntimamente libre ni generoso con los demás. Cuando tiene miedo, está totalmente privado de libertad y cerrado a los otros. Aquí se inicia el camino al sometimiento religioso. Los grandes maestros griegos, tanto de la tradición estoica como epicúrea, que son las dos grandes tradiciones griegas, decían a sus discípulos: “Mientras tengas miedo de la muerte, no podrás vivir una buena vida”.

La filosofía según el filósofo francés, autor de Aprender a vivir (Taurus), Luc Ferry, nació de ese miedo a la muerte, que con frecuencia no es solo miedo a la propia muerte sino también a la muerte de los seres queridos. Desde este punto de vista, las grandes filosofías, como la Masonería, son una opción frente a las religiones. En su obra, el ex ministro de Educación del gobierno de Chirac, demuestra que las filosofías son también doctrinas de salvación. Doctrinas de salvación laicas, sin dioses, pero capaces de liberar al ser humano de los miedos que lo acosan. Con este enfoque, la cualidad principal de la filosofía es enseñar al hombre a superar los miedos que le impiden vivir bien y desarrollar una espiritualidad laica. Ayudar al hombre a vivir mejor, más libre, despojado de vanos temores, cargando en el espíritu solo unas pocas verdades razonablemente adquiridas.

El desafío está en llevar la filosofía laica al terreno de la vida cotidiana. “Aprender a vivir, a dejar de temer en vano los diversos rostros de la muerte o, simplemente, aprender a superar la banalidad de la vida cotidiana, las preocupaciones y el tiempo que pasa, éste fue el primer objetivo de las escuelas de la Antigüedad griega. Merece la pena escuchar su mensaje, porque las filosofías del pasado nos siguen hablando”, escribe Ferry. Paso a paso el pensamiento modelará la existencia y estoy convencido que se puede aprender a vivir sin una doctrina religiosa desarrollando una sabiduría a medida.

Hay en nuestras vidas cosas que pasan para siempre: un divorcio, una mudanza, la pérdida de un empleo, la disputa con un amigo. Durante la vida hay experiencias de pequeñas muertes que nos hacen palpar lo irreversible del tiempo que pasa. Es algo muy angustiante. Una fórmula estoica para perder el miedo dice: “Sabio es aquel que lamenta un poco menos, que espera un poco menos y que ama un poco más”. Nietzche retomará esta idea y la llamará “la inocencia del devenir”. En pocas palabras, el sabio consigue reconciliarse con la vida cuando deja de relativizar el presente con los recuerdos del pasado o con las expectativas del porvenir.

En la angustia del ser humano es donde nace la idea de algún dios, éstos suelen ser una excelente respuesta a la incertidumbre del hombre, un dios que sea capaz de sacarlo de la situación en que se encuentra y conducirlo a un estadio de felicidad. Desde la antigüedad y aun en la actualidad no pocos seres humanos someten su vida al designio divino, esperando que ese dogma solucione su problema existencial. Este tipo de ser humano ignora que, como decía José Ingenieros (1877-1925), el hombre es el arquitecto de su propio destino y es su deber conocerse a sí mismo, deber que desde la antigüedad estaba escrito en la entrada del Oráculo de Delfos.

Ante el avance del pensamiento crítico, las bases del pensamiento religioso fueron fragilizadas por la presión del pensamiento racional. El espíritu crítico que nace con la democracia, con la Revolución Francesa, se basa en la idea de que es preciso cuestionar las tradiciones. Ese es el gesto de Descartes, de la Revolución Francesa y de todo el pensamiento moderno. Pero, según explica Luc Ferry en una nota publicada el sábado pasado en la revista de cultura del diario La Nación de Argentina, hay otra razón mucho más profunda. “La historia de Europa, de los Estados Unidos y de América Latina fue marcada por lo que Thomas Weber llamó “el desencanto del hombre” (el alejamiento de dios), no solo por el desarrollo del espíritu crítico, sino por una consecuencia inesperada de la aparición del capitalismo en los siglos XVIII y XIX.

Esta evolución, al alejarnos de la idea de dios y dejar de ser creyentes, no significa que las cuestiones de espiritualidad no nos interesen. No hay que confundir moral con espiritualidad. La moral es el respeto del otro, moral quiere decir derechos humanos. Cualquiera sea la moral que uno escoja, todas se basan en el respeto y la honestidad. Pero aunque uno sea perfectamente moral, respetuoso y honesto, igual seguirá estando expuesto a la muerte de sus seres queridos, a la vejez, o a tener un hijo con cáncer. El duelo, el sufrimiento, la enfermedad, la vejez, la separación son cuestiones que dependen de la espiritualidad.

Para Luc Ferry los tres grandes ejes de reflexión en torno al desarrollo de una espiritualidad laica y moderna (teoría, moral y doctrina de la salvación) se plantean en términos completamente inéditos. En el terreno teórico, la cuestión de fondo es la integración del campo histórico. Para comprender el presente, es necesario darse una vuelta por las experiencias del pasado. La teoría filosófica actual, asegura, debería organizarse un poco sobre el principio del psicoanálisis: comprender el pasado como medio de entender el presente. En el plano ético, la moral contemporánea está representada por la universalización del sentimiento humanitario. La globalización de lo humanitario ha hecho estallar el marco tradicionalmente nacional de los derechos humanos. En el terreno espiritual, el problema al que estamos enfrentados en la actualidad es la cuestión de la muerte, en todas sus formas, concluye.

El hombre tiene la potencialidad de ser mejor, de construirse en todos sus ámbitos, pero no de impedir su muerte. Ante esta situación, el ser humano debería concentrarse en concretar en la Tierra el máximo desarrollo moral, intelectual y espiritual, condición para que pueda alcanzar la felicidad en una humanidad fraternalmente organizada.

Particularmente la construcción de una espiritualidad laica surge de la reflexión de nuestra finitud en la Tierra, de la incapacidad a lograr la inmortalidad tal como conocemos la vida, y de colocar al ser humano como centro del universo, pues al final todo está contenido en la naturaleza y por el momento está comprobado que no existe nada fuera de ella. Así el hombre encuentra su estado divino, al formar parte del universo ya no necesita intermediación alguna para ser uno con él.

La espiritualidad no necesita del Papismo ni de toda su jerarquía para fortalecerse. Ellos constituyen la negación de la libertad en todas sus formas, son un sistema que pretende gobernar al ser humano por medio del espíritu, bajo un manto absolutista, el más contrario a la integridad espiritual y material del hombre.

Si el concepto de laicidad resulta incomprensible en el mundo anglosajón, tiene en cambio su traducción exacta en italiano, español y portugués. Ello se explica por la identidad religiosa de los países latinos, regidos durante largo tiempo por la religión católica, que aún ejerce una influencia cierta, y se vieron en la necesidad de tomar medidas conducentes a su emancipación.

La laicidad tiene dos acepciones esenciales: una social y otra filosófica. Pero posee también una dimensión espiritual.

Hija de las Luces, la idea laica, en germen durante los siglos XVI y XVII, se desarrolló durante el siglo XVII. Bajo la influencia de los masones de aquella época, se insertó el principio de la libertad de conciencia en el texto de la Constitución de los Estados Unidos, en 1787, antes de que fuera proclamado por la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, promulgara en Francia en 1789, de convertirse más tarde en universal. En ese sentido, el Concordato con Napoleón de 1806, limitó ya el poder de la Iglesia. En función de la intensidad de las fuerzas adversas, la laicidad ha tenido que ser, según los casos, combativa, incluso agresiva, defensiva o simplemente militante. Su edad de oro fue la III República Francesa. El hermano Jules Ferry, padre de Luc, hizo aprobar en 1882 la ley que establecía la gratuidad, la obligatoriedad y la laicidad de la instrucción pública.

La laicidad se ha convertido en una consigna que no puede comprenderse sino por oposición al clericalismo triunfante del siglo XIX, cuando la Iglesia trataba de dirigir los estados y de imponer directrices políticas cristianas. Para la mayoría republicana de comienzos del siglo XX, que contemplaba en Francia la separación de las Iglesias y del Estado mediante la ley de 9 de diciembre de 1905, no se trataba de ningún deseo de aplastar a las religiones, sino de limitar el poder de la Iglesia Católica, aliada de los monárquicos. La Ley de 1905 es explícita: “La República no reconoce (...) ningún culto (en particular)” (Art. 2). En lo sucesivo, no habría en Francia ninguna Iglesia con privilegios jurídicos y todas la Iglesias (presentes o futuras) son legales.

La laicidad es una facultad de carácter al mismo tiempo que una virtud moral y cívica, por ser nobles las cualidades de modestia, de sinceridad y de inteligencia que requiere. Siendo un principio moral, la laicidad es tolerancia y el respeto a los demás. Como signo de equilibrio interior, implica autonomía del pensamiento, sin recurrir a verdades tenidas por irrefutables e inverificables, como las que ofrecen las religiones. Se trata de una búsqueda leal y prudente de la verdad personal, al mismo tiempo que un esfuerzo sincero por reconocer en todo hombre una parte de la verdad, aunque sea un adversario. ¿No será, entonces, la laicidad uno de los aspectos del derecho a la diferencia, no limitado al color de la piel? Puesto que es una ética que respeta al hombre íntegramente, no puede dejar de respetar su ser interior en lo que tiene de más íntimo y, por ello no prohíbe ni la fe ni la oración. Más aún, no puede sino enriquecer, al tratar de comprender otras formas de pensamiento.

Por lo que respecta a la espiritualidad, ésta tiene también sus contrapartidas, como la consistente en negar la ciencia y tomar partido por lo irracional, confundiendo lo espiritual con lo irracional. Reconocer la existencia del Misterio es una cosa; pero pretendiendo alzar el velo que lo cubre se corre el riesgo de hundirse en lo sobrenatural, en la afición a adivinar, a los oráculos y a las demostraciones a posteriori, en cuantos casos el orgullo de unos pueda explotar la credulidad y la angustia de otros. El término “espiritualidad” ha sido desvirtuado y conserva una connotación religiosa, cuando, en realidad, no implica necesariamente adhesión a una religión, ni la impide.

La espiritualidad no es una escapatoria de la realidad, sino que emana de la búsqueda de lo que puede estar tras lo aparente, de una busca de la verdad, de una aspiración a lo absoluto. Consiste en una vinculación con los valores que tienden hacia lo infinito, lo sagrado; es la vida interior, la marcha personal hacia lo bello, lo bueno, lo verdadero.

Cuando hablamos de espiritualidad laica, quiero aclarar que no nos involucramos en el nivel de las creencias. Espiritualidad laica quiere decir espiritualidad libre, ¿Y en qué consiste? La fortaleza en el desarrollo de una espiritualidad sin dogmas viene de la valoración del amor y la compasión. El amor y la compasión, por ejemplo, no tienen por qué estar relacionados con una religión. La idea es que podamos vivir en armonía y convivir sin problemas. La cuestión fundamental es la construcción de una sabiduría del amor. Entender la vida como una eterna construcción

La ternura, el cariño, el afecto manifiesto en el tono de voz, en la mirada, en la caricia es el caldo de cultivo imprescindible para que se abran los corazones a la construcción de la vida. En nuestra educación muchas veces nos han enseñado a reprimir las emociones y los sentimientos verdaderos, y hay que desaprender, liberar el movimiento y el corazón, recuperar la sencillez y frescura para disfrutar un buen abrazo, y permitirse una caricia. El darla o solicitarla. El conocimiento de sí mismo es realmente ser espiritual. Conocerse, querer y quererse deben darse juntos para permitir una crecimiento en libertad y lograr una espiritualidad laica.

Christian Gadea Saguier

Las huellas de la creación de dios

Respetuoso del laicismo, de todas las creencias relativas a la eternidad o a la no eternidad de la vida espiritual, un artículo publicado la semana pasada en el suplemento cultural del diario argentino La Nacion llamó mi atención sobre la evolución del pensamiento en la idea de un ser supremo en el univierso.

Desde hace pocos años, algunos de los mejores científicos posdarwinianos están desplegando teorías sólidas sobre la imposibilidad de la existencia de algún dios. El debate ha cruzado todos los círculos académicos de Europa y Estados Unidos y ha llegado ya a la portada de los grandes diarios. Imposible cerrar los ojos. La mayoría de esos teóricos fundamenta sus ideas no solo en los males creados por la intolerancia religiosa (crueldades sin nombre, falaces promesas de eternidad como premio a la matanza de infieles) sino, sobre todo, en los últimos hallazgos de la biología y de la física y en las revelaciones sorprendentes que deparan las mudanzas de la naturaleza cuando se las estudia a la luz de la evolución de las especies.

Dos grandes libros que niegan la idea de algún dios han alcanzado rápida repercusión durante los últimos veinte meses. Ambos continúan la línea de investigación de Stephen Jay Gould, un biólogo de Harvard que murió en mayo de 2002 a los 61 años, luego de recopilar sus ideas en un tratado monumental, todavía no traducido al español, Estructura de la teoría de la evolución. El más notable de esos nuevos aportes es El espejismo de Dios ("The God Delusion"), escrito por un eminente catedrático de Oxford, Richard Dawkins, quien hace ya treinta años demostró en El gen egoísta que la vida es creación de genes capaces de cualquier hazaña para sobrevivir y prevalecer. Otra obra memorable es Dios no es grande ("God is not Great. How Religion Poison Everything"), de Christopher Hitchens, un intelectual famoso por la pasión con que abraza las causas que cree justas y las defiende sin medir las consecuencias. Si bien Hitchens comparte el ateísmo de Dawkins, su ensayo es más político que científico. Trata de entender hacia qué extremos de idiotez y crueldad puede conducir la fe ciega en un dios al que se invocó para alzar las hogueras de la Inquisición, asesinar a millones de seres humanos en Ruanda y cambiar el rumbo de la historia al destruir las Torres Gemelas.

La vigencia del librepensamiento
Hace apenas décadas, a la vuelta de la esquina de la historia, no habría sido posible escribir nada de esto. Dudar de la existencia de dios se castigaba con la mutilación, con la hoguera, con la esclavitud, con el destierro. El dios cristiano era el poder supremo, tanto en el orden espiritual como en el temporal, y los guardianes de ese ser se erguían como los cruzados de una verdad fuera de la cual nada era posible.

Esta semana terminé de leer La Puta de Babilonia, de Fernando Vallejo. Así llamaban los albigenses a la Iglesia de Roma, según la expresión del Apocalípsis. Este ensayo escrito de una vez, sin índice ni capítulos, saca a luz el voluminoso sumario de crímenes perpetrados en nombre de "Cristo" por su Iglesia desde el año 323 en que apoyada por el emperador Constantino pasó de víctima a victimaria. Con el correr de los años esta iglesia afianzó su poder mandando a la hoguera a quienes disentían de sus opiniones o se oponían a su dominio acusándolos de herejía, en tanto el Papa de turno juntaba bajo su triple tiara el poder temporal y espiritual, a la vez que se declaraba Pontífice Máximo y Vicario de Cristo en la Tierra.

Escrita con gran rigor histórico y académico esta obra de Vallejo desenmascara una fe dogmática que durante toda su historia ha derramado la sangre de hombres y los animales invocando la entelequia de un dios o la extraña mezcla de mitos del Oriente que llamamos Cristo, cuya existencia real nadie ha podido probar.

Aun hoy, existen regiones en las que impera la intolerancia religiosa y donde los no creyentes son no seres, criaturas sin voz y sin derechos, a los que se puede maltratar como a los animales. Y sin embargo, ignorar lo mucho que se está pensando ahora sobre la idea de algún dios y negar los argumentos que la biología y la física enarbolan para demostrar que ese dios no existe equivaldría a cerrar los ojos ante el nudo del que nacen los fanatismos, las crueldades, las torturas y los terrores de este comienzo de milenio.

En los manuales de teología, la idea del ser supremo aparece henchido de atributos abstractos: Alfa y Omega, el Verbo, la Esencia, la paradoja, el laberinto, el misterio, el círculo. En lenguaje cotidiano se lo nombra con abrumadora frecuencia, sin pensar en por qué se dice lo que se dice: "Si Dios quiere", "¡Por Dios!", "Dios no lo permita", "Gracias a Dios". Se supone que él está siempre al alcance de los reclamos humanos. De él provienen la compasión, el consuelo, la salud, el amor y, cuando nada de eso llega, cuando la vida es un infierno de sufrimientos, la responsabilidad nunca se le atribuye sino que es causa de la fatalidad.

Para millones de personas ese dios es todopoderoso, pero los males que suceden son obra del demonio o están allí para poner a prueba la fe de los hombres y hacerlos dignos de la vida eterna. ¿Existe, entonces? ¿Es una metáfora de las pasiones y los deseos? ¿La especie humana es un sueño de dios o dios es el sueño más antiguo de la especie? Solo los hombres imaginan a u dios. No hay dioses en los horizontes de la zoología ni de la botánica. Los gatos, los halcones y las montañas sagradas fueron imágenes de dios para algunas culturas, pero carecen de él. Así, este dios es todo, pero no es para todos.

Teocracias, como mal de la humanidad
En el prólogo de la edición argentina del libro de Michael Onfray Tratado de Ateología, quien fuera mi profesora en la universidad en Buenos Aires, Esther Diaz, asegura que un principio divino es sólo un conjunto de palabras. No hay entidad que lo sostenga, asegura. Más allá no hay nada, pero en este mundo, en la contundente realidad de la inmanencia existen pensamientos alternativos a la filosofía teocrática hegemónica. Existen sujetos alegres que aman la vida, hay materialistas, cínicos, hedonistas, sensualistas, dionisíacos. Ellos, tal como lo señala el autor del libro, saben que tenemos un mundo y que al negarlo nos arrojamos a la pérdida de su uso, disfrute y beneficio.

En esta obra Onfray se aboca a desmitificar a los tres grandes monoteísmos: el cristianismo, el judaísmo y el islamismo. Pero no arremete contra los creyentes, sino contra las "teocracias". Propone que ingresemos en una era postcristiana, donde la humanidad no se someta a los valores morales propuestos por la religión, basados en la obedienia y la mortificación. Hedonista al fin, apunta a un paraíso en la Tierra.

También Nietzsche, en Ecce homo, apuesta a lo mismo. En el capítulo "Por qué soy un destino", denuncia que el concepto de "dios" fue inventado como antítesis de la vida: concentra en sí, en espantosa unidad, todo lo nocivo, venenoso y difamador, todo el odio contra la vida. El concepto de "más allá", sigue, de "mundo verdadero", fue inventado con el fin de desvalorizar el único mundo que existe, para no dejar a nuestra realidad terrenal ninguna meta, ninguna razón, ningún quehacer. El concepto de "alma", de "espíritu", y, en fin inlcuso de "alma inmortal", fue inventado para despreciar el cuerpo, enfermarlo, volverlo "santo", para contraponer una espantosa despreocupación a todo lo que merece seriedad en la vida, a las cuestiones de la alimentación, vivienda, régimen intelectual, asistencia a los enfermos, limpieza, clima. En lugar de la salud, la "salvación del alma", es decir, una locura circular que abarca desde las convulsiones de penitencia hasta las histerias de redención. El concepto de "pecado" fue inventado al mismo tiempo que su correspondiente instrumento de tortura, el concepto de "libre alberdío", para abnubilar los instintos, con el propósito de convertir en una segunda naturaleza la desconfianza con respecto a ellos.

"Mi ateísmo se enciende cuando la creencia privada se convierte en un asunto público y cuando, en nombre de una patología mental personal, se organiza el mundo también para el prójimo. Porque de la angustia personal al manejo del cuerpo y alma del otro, hay un mundo en el que bullen, emboscados, los aprovechadores de esa miseria espiritual y mental. El hecho de desviar la pulsión de muerte que los martiriza hacia la totalidad del mundo no salva al atormentado ni modifica su miseria, sino que contamina el universo. Al querer evitar la negatividad, éste esparce a su alrededor, y además produce una epidemia mental", escribe Onfray.

En su última obra La vida eterna, Fernado Savater se pregunta por qué hay quien cree en lo invisible como explicación final y orientación práctica para habérnoslas con lo visible? Argumenta que en la mayoría de los casos, muhos seres humanos se esfuerzan por tener creencias justificadas. Según explica Bernard Williams en Verdad y veracidad, "una creencia justificada es aquella a la que se lelga a través de un método, o que está respaldada por consideraciones que la favorecen no solo porque la hagan más atractiva o algo por el estido, sino en el sentido específico de que proporcionan razons para creer que es verdadera".

Savater asegura que los parámetros científicos son el mejor método para adquirir creencias justificadas; sin embargo, una gran mayoría tiene algún tipo de creencia paranormal, es decir, que viola alguna regla o principio científico, sea de tipo religioso o profano. Agrega que la extensión y mejora la educuación hace por lo general disminuir el influjo de las creencias religiosas tradicionales.

La instrospección bien llevada logra alejar los sueños y delirios que nutren a los dioses. El ateísmo no es una terapia, sino salud mental recuperada de la programación religiosa que nos hacen desde el nacimento. El trabajo sobre sí mismo presupone la filosofía; no la fe, la creencia, ni las fábulas, sino la razón y la reflexión llevada a cabo de modo correcto. El oscurantismo, ese humus de las religiones, se combate con la tradición racionalista occidental. El buen uso del entendimiento, la conducción del espíritu según el orden racional, el empleo de una verdadera voluntad crítitca, la movilización general de la inteligencia y el deseo de evolucionar con fundamento son otras tantas maneras de alejar los fantasmas. De ahí, pues, surge el retorno al espíritu de las Luces que dio su nombre al siglo XVIII.

El iluminismo contra el dogma
Este movimiento constituyó el nuevo sistema filosófico que propuso ilustrar, con la luz de la humana razón, la realidad toda, combatiendo los errores y prejuicios que se atribuían en la Edad Media. Los líderes intelectuales de este movimiento se consideraban a sí mismos como la élite de la sociedad, cuyo principal propósito era liderar al mundo hacia el progreso, sacándolo del largo periodo de tradiciones, superstición, irracionalidad y tiranía (periodo que ellos creían iniciado durante la llamada “Edad Oscura”). Trajo consigo el marco intelectual en el que se producirían las revoluciones americana y francesa, así como el auge del capitalismo y el nacimiento del socialismo.

Varias son las causas que han contribuido al nacimiento de la ilustración. La filosofía se inspirará en el Racionalismo de René Descartes, Gottfried Leibniz y Baruch Spinoza y en el Empirismo de David Hume, John Locke y George Berkeley. La metafísica experimentará una gran crisis y quedará completamente desprestigiada tras la obra monumental de Immanuel Kant: Crítica de la razón pura, Crítica de la razón práctica y Crítica del juicio. Los filósofos enciclopedistas Denis Diderot, Voltaire, Jean Jacques Rousseau y Montesquieu renovarán el panorama intelectual que originará en los grandes progresos de las ciencias, que arrinconaron prejuicios y errores unánimemente admitidos. Voltaire atacará el clericalismo, mostrará las contradicciones de la religión, divulgará la ciencia racionalista de Newton, pondrá de moda la relatividad cultural y propugnará la tolerancia como el mayor valor ético. Rousseau divulgará la idea del pacto social y la necesidad de la división de los poderes legislativo, ejecutivo y judicial. Afirmará además que todos los hombres son iguales y es la sociedad la que le da el papel a cada uno. Después vendrá una segunda generación ilustrada, la de los llamados ideólogos, con figuras como Condillac, Condorcet, Volney, Destutt de Tracy, Holbach, Maupertuis, que terminarán por modificar la cultura. Añádase a todo esto las difíciles condiciones económicas y políticas que atraviesan casi todos los Estados de Europa a causa de las guerras político – religiosas.

La mujer y dios
Pepe Rodríguez publicó en marzo de 1999 un interesante libro que habla sobre el género de dios, Dios nació mujer. La documentada investigación que se plasma en este libro aporta respuestas coherentes a preguntas trascendentes y hará ver de otro modo a la mujer, al homobre y a la idea de dios. Explica que la mujer y el concepto de dios han sido fundamentales para el progreso de la sociedad, pero asegura que su historia difiere mucho de lo que nos han contado.
La mujer prehistórica no estuvo sometida al varón sino que, por el contrario, las comunidades de nuestros antepasados dependieron de su triple función como procreadora, organizadora y productorra.

Los conocimientos arqueológicos, históricos y etnográficos actuales demuestran, además, que desde que comenzamos a evolucionar como hominidos hasta el inicio de la era agrícola, el desarrollo de las estructuras psicosociales y de los adelantos técnicos que posibilitaron la civilización fue obra de mujeres.

La idea que hoy se tiene de un dios no existía hace unos 30.000, pero su concepto tomo vida y forma al tiempo que los humanos desarrollamos el pensamiento lógico-verbal, de hecho, bajo el proceso de adquisición del lenguaje por los niños subyace el sustrato del concepto de dios.

Las pruebas arqueológicas evidencian que el primer "dios" generador-controlador fue concebido y reconocido como mujer durante más de 20.000 años y que no hubo más divinidad que las gran diosa hasta que, entre los milenios VI y III antes de la era actual, por necesidades socioeconómicas, apareció el concepto de dios varón. La agricultura excedentaria provocó la derrota de la mujer y de la diosa a manos del varón y del dios; y la sumisión se impuso así en la tierra como en el cielo.

El ser supremo en la Masonería
Dentro de la Fraternidad la idea de un ser supremo está dada en el símbolo que se llama Gran Arquitecto del Universo (GADU). Para determinadas corrientes, el GADU representa al ser supremo cuya creencia e invocación en la práctica del rito son imprescindibles. Para otras corrientes, establecer la condición de la creencia en él supondría limitar la libertad de conciencia de sus miembros, por lo que no les exigen profesar ningún tipo de creencia. Así trabajamos desde la corriente liberal y progresista.
Los masones, como individuos, son en todo caso libres de darle el contenido que mejor se ajuste a sus creencias. Como todos los símbolos, proporciona un marco, pero su interpretación concreta corresponde a cada cual. Muchos consideran que el símbolo GADU es igual al dios creador crsitiano que determina a su voluntad los planos de la existencia. Para otros, simboliza la idea de un principio creador que está en el origen del universo, cuya naturaleza es indefinible. Hay por último masones, donde me inlcuyo, que, prescindiendo de cualquier enfoque trascendente, identifican al GADU con la sublimación del ideal masónico o que lo interpretan desde una perspectiva panteísta o naturalista.
Christian Gadea Saguier