El aprendizaje masónico

El ingreso a la Masonería no supone ni garantiza el desarrollo de la espiritualidad masónica en cada iniciado. Lograrlo requiere un compromiso con uno mismo, a modo de transformar todos los aspectos psicológicos a la visión universal que ofrece la Masonería. Es un camino para pocos, debido al grado de dificultad y entrega que conlleva, pues a medida que va evolucionando el espíritu masónico en la persona, aumentan las responsabilidades y se esfuman las apariencias de los derechos.

A pesar de lo extraño y desconocido que puede resultar el camino, éste se encuentra abierto a todos los que ingresan a la Hermandad, pero sólo aquellos que se abran al significado de los símbolos logran traspasar el umbral iniciático. Para lograr este cometido no se debe ambicionar grados ni cargos, de todos modos son simbólicos. Más bien es necesario que el adepto se retire con frecuencia a su cuarto de reflexiones y allí concentrar la mente para consolidar el espíritu masónico.

Para el logro de la tarea no basta con conocer al detalle el significado de cada símbolo. El conocer hace referencia a la obtención y aprehensión consciente de significados, los cuales al ser inteligentemente procesados, constituye el conocimiento. Pero para alcanzar el saber en la utilización de los símbolos, el iniciado debe conjugar el contenido cognoscitivo conseguido y asociarlo comprensivamente a un posible uso práctico en todos los niveles de su vida.

Es en esta etapa, donde el hermano o hermana recurre a ese conocer y saber, en principio teóricamente logrado, y pasa luego a utilizarlo de manera práctica, donde logra el saber hacer, que implica a su vez una constante actividad perfectiva y tendiente a la obtención de nuevos logros en la consolidación del espíritu masónico.

El desafío se hace efectivo, perdura y se logra cuando hay motivación, primera disposición personal del querer conocer, hacer y lograr algo en función del interés. Estar motivado es una actitud dinámica que impulsa a conseguir algo, movido por el impacto que produce la fuerza de sus motivos.

El aprendizaje logra su objetivo cuando, además de la motivación, hay organización estructural. Esta organización comprende una clara diferenciación conceptual en los símbolos, un procedimiento metodológico en su conocimiento para alcanzar el saber, y una comprensión del saber hacer, equivalente al entendimiento de adquirir el sentido de algo y la competencia para su aplicación en la vida cotidiana.

Pero antes de tomar este compromiso es menester comprender qué significa la espiritualidad masónica. Resumidamente la considero como una actitud ante la vida, determinada por una moral humanista, una ética ilustrada, y una libertad de conciencia que nos hace responsable de nuestra perfectibilidad.

En definitiva, no basta ingresar en la Masonería para convertirse en un masón, sino que es necesario aprender a ser, tomar sus símbolos y desarrollar con ellos una significativa filosofía de vida.

Christian Gadea Saguier

La primera tarea para ser masón

La consigna que titula esta nota es un desafío para cada persona que se inicia en la Masonería. En un primer estadio el neófito (nuevo miembro, “neo” nuevo, “fito” planta) ingresa a formar parte de la organización masónica con todos los beneficios y responsabilidades que significa la pertenencia a una prestigiosa organización.

Ante esta situación, la responsabilidad y los deberes se desdoblan en un plano interior. Estar en la Masonería no supone ni garantiza el desarrollo del ser masón en la espiritualidad de cada iniciado. Para lograr esta empresa el miembro debe aprender a ser masón, caso contrario se limitará a estar en la Masonería, opción no menos importante en cuanto a la trascendencia de los valores masónicos en la sociedad.

Considero que ser iniciado en la Masonería significa estar en la organización, formar parte de ella como miembro de número, participar en los planes. Representa la simpatía, convencimiento que tiene sobre los valores masónicos, pero que no necesariamente lo lleva a la práctica en su vida cotidiana, sino que ayuda, apoya y sostiene a aquellos que se entregan a la realización del ser masón.

Lograr ser masón requiere un compromiso con uno mismo, a modo de transformar todos los aspectos psicológicos a la visión universal que ofrece la Masonería. Es un camino para pocos debido al grado de dificultad y entrega que conlleva, pues a medida que va evolucionando el ser masón en la persona de aquel, aumentan las responsabilidades y se esfuman las apariencias de los derechos.

A pesar de lo extraño y desconocido que puede resultar el camino, éste se encuentra abierto a todos los que ingresan a la Hermandad, pero sólo aquellos que se abran al significado de los símbolos logran traspasar el umbral iniciático. Para lograr este cometido no se debe ambicionar grados ni cargos, de todos modos son simbólicos. Más bien es necesario que el adepto se retire con frecuencia a su cuarto de reflexiones y allí concentrar la mente para consolidar el espíritu masónico.

La primera tarea para la realización del cometido es aprender el lenguaje masónico. El conocimiento en la Masonería es transmitido por medio de alegorías y símbolos a modo de mantener la universalidad del contenido más allá de la cultura lingüística.

El Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española define la palabra "símbolo" como "representación sensorialmente perceptible de una realidad, en virtud de rasgos que se asocian con ésta por una convención socialmente aceptada". Por su parte, el Diccionario de Filosofía de Ferraster y Mora, señala que "a veces se usa "símbolo" como sinónimo de signo" y que "ha sido común definir el símbolo como un signo que representa alguna cosa, sea directa, sea indirectamente. Para el Diccionario Enciclopédico de la Masonería de Cassard, "símbolo" es la figura emblemática o imagen significativa. Cualquier cosa que por la representación figura o semejanza, nos da a conocer o nos explica otra, signo eterno o visible con el cual se enlaza un sentimiento espiritual, una acción o una idea".

Según los etimólogos la palabra "símbolo" viene de la lengua latina simbolum y del idioma griego symbolom, voces con la que en lo material se designa una cosa, a un objeto, a una imagen, a una figura, a una insignia, a un distintivo.

Así la palabra "símbolo" es una ventana al ansia de saber y de cambio, Hay que abrirlo con sacrificio, para lograr con finalidad el perfeccionamiento moral, intelectual y físico del hombre y, por consecuencia, el de la sociedad. Con el símbolo establecemos una relación significativa, enteramente convencional entre dos elementos, llamado uno "simbolizante", es decir, la imagen del elemento perceptible, y el otro "simbolizado", es decir el elemento no perceptible, el significado. Cualquier imagen de un objeto sea éste real o irreal o propiedad suya puede funcionar como simbolizante y remitir, significar a cualquier significado, en una relación multívoca, es decir polisémica, plástica.

El lenguaje de los símbolos es el lenguaje más primitivo, a la vez que el más moderno. Primitivo, porque nace en el meollo de la historia; moderno, porque requiere del conocimiento acumulativo de años y años de experiencia vivida. Por eso es el lenguaje más difícil y complejo. De allí que su aprendizaje sea tarea incesante. Es todo un proceso docente que conlleva el desafío a la voluntad de aprender. Hay implícitas en él una sucesión de ideas, pensamientos, actitudes que no sólo afecta a lo cognoscitivo sino también al sentimiento y al hacer. Aprender es todo un proceso en profundidad y un permanente batallar con el intelecto, la emoción y la conducta toda.

Erich Fromm, en su libro El lenguaje olvidado señala que el lenguaje simbólico es un lenguaje en el que las experiencias internas, los sentimientos y pensamientos son expresados como si fueran experiencias sensoriales, acontecimientos del mundo exterior. Es un lenguaje que tiene una lógica distinta del idioma convencional que hablamos a diario, una lógica en la que no son el tiempo y el espacio las categorías dominantes, sino la intensidad y la asociación.

Entendemos que el lenguaje simbólico es la expresión más universal para expresar nociones y conceptos sobre valores constructivos para la humanidad. Este lenguaje define a la Masonería como institución universal, pues el contenido de los símbolos no está determinado por una lengua particular como el inglés o el francés, sino que constituye en sí misma una lengua que transmite una idea que va más allá de la definición puramente material del objeto que describe.

Es precisamente con el estudio del esoterismo que aquella significación que está oculta, contenida e invisible en los símbolos, se hace visible y entendible. Las vivencias esotéricas no son espontáneas o inconscientes, sino que requieren de un acto de voluntad que permita la entrada a un ámbito en el que los valores propios de la vida espiritual y material adquieren un significado distinto.

Las herramientas presentes en la imagen que se adjunta representan así los valores y las elevadas normas de conducta que deben vivir los masones, dejando a cada uno en libertad para ubicarlos dentro de su propia e individual escala de valores. Por ello, no basta ingresar en la Masonería para convertirse en un masón, sino que es necesario tomar estos símbolos desarrollando con ellos una significativa filosofía de vida.

Christian Gadea Saguier

El valor de las buenas costumbres

A ver, cómo le iba a explicar. Me encontraba frente a una aprendiza que por fuerzas ajenas a su voluntad nunca asistió a una reunión de instrucción luego de su ingreso a la Hermandad. Me contó que algo había leído, pero estudiando su postura, temerosa y vacilante, me cuestionaba cómo ayudarle en su primer paso.

Recurrí a la botánica y a la clásica explicación que los padres dan a sus hijos cuando éstos le preguntan de dónde salieron. La situación era similar; si bien yo no soy el padre ni su padrino, escogí tomar el ejemplo de la semilla como modelo del nuevo nacimiento.

En efecto, bien los masones nos podemos comparar con las semillas; de hecho, la palabra neófito que se utiliza para nombrar al nuevo iniciado significa “nueva planta”. Pero, lastimosamente, en la actualidad y en particular en mi país, asistimos a una realidad masónica donde muchas semillas no germinan, otras no terminan de hacerlo y las menos logran transformarse en frondosos árboles. ¿Por qué se da esta situación?

Podría especular que cada uno posee la libertad para desarrollarse a su manera, pero no debemos olvidar que tenemos un compromiso que juramos cumplir. A pesar de la voluntad e inteligencia, simbolizados en el mazo y cincel, son los más los que no terminan de brotar, ¿por qué?

La respuesta la encontré contemplando el valor de la libertad, condición preliminar para ser admitido en nuestra orden, estado necesario para todo progreso moral. Sí, la antigua y vigente frase “libre y de buenas costumbres”. Aquí llegamos al meollo de la nota que comparto, adagio que de no cumplirse detiene el progreso hacia la Luz.

Vivimos en gran parte de Occidente con gobiernos democráticos que nos garantizan el desarrollo pleno de nuestra libertad, pero muchos que desean iniciarse en nuestro Arte no comprenden a cabalidad el valor y profundidad de la exigencia. Formalmente se define la Libertad como la liberación de los prejuicios y errores, de los vicios y pasiones que hacen al ser humano un esclavo de la fatalidad.

El segundo concepto, “buenas costumbres” ¿qué son? Más que orientar la vida hacia lo más justo, elevado o ideal. Considero que al hablar de ella me refiero a la moral, que nace en el momento en que logramos la libertad entendida como la definí en el párrafo anterior. La moral vive ligada a la libertad, es juzgarse y regirse así misma.

La moral, según el filósofo francés André Comte, tiene su piedra de toque donde se juzga a sí misma; que se exige a sí misma, no en función de la mirada del otro o de tal o cual amenaza exterior, sino en nombre de una determinada concepción personal del bien y mal, del deber y de lo prohibido, de lo admisible y de lo inadmisible: el conjunto de reglas a la que uno se somete voluntariamente y por convicción, no dependiendo más que de la propia respuesta.

La moral sólo es legítima en primera persona, no es nunca para el vecino, solo vale para uno, pero su valor es universal para todo ser humano. Quiero pensar la moral como sinónimo de buenas costumbres. Hay diferentes buenas costumbres que dependen de la educación recibida, de la sociedad, de los ambientes que se frecuentan, de la cultura con la que uno se identifica. Para determinar su valor, sólo basta preguntarse qué ocurriría si uno sería el destinatario.
De allí que con las buenas costumbres determinadas es más sencillo brotar, progresar. Todo se hace más simple cuando existe el hábito y este hábito, siendo libres, es lo que nos hace masones.

Mi aprendiza no ha de leer esta nota, y si la leyese, ¿pensará que es para ella? No lo sé, no es mi intención, pero si usted siente que he movido la tierra donde habita, habré quedado satisfecho.

Christian Gadea Saguier