Luego de obtener mi certificado de apostasía en mayo del corriente, semanas atrás, volví a la Iglesia para acompañar a un hermano que realizó su ceremonia matrimonial bajo el ritual Católico. Con todo el respeto que se merecen estas doctrinas dogmáticas, me sorprendió el grado de apatía de los participantes. Una compañera del secundario, que hacía años no la veía, tomó asiento junto a mi. Pasaron los minutos y murmurando me dijo: “Que pesado este sacerdote que no termina la ceremonia” y como si lo hubiera escuchado, aquel profirió “Padre, hijo y espíritu santo…” y de esa forma terminó el calvario.
La anécdota viene a colación al enterarme que los argentinos en su mayoría no ven al dios cristiano como un Padre, y menos como una idea de amor, tanto solo como una especie de “Ser Supremo” trascendente de la naturaleza. Así lo afirma la primera encuesta sobre las creencias y actitudes religiosas en la Argentina, realizada por el Conicet y cuatro universidades de aquel país entre 2403 personas mayores de 18 años de todo el país. ¿Y cuándo recurren a él? Cuando sufren o necesitan ayuda, el 60%; cuando reflexionan sobre el sentido de la vida (12,8%), y en momentos de felicidad (10,2%). Sólo el 0,5% busca a Dios para agradecer y el 3,3% durante los días de festividades religiosas. A la pregunta ¿qué significa Dios para usted? -similar a la que Jesús hizo a sus discípulos: "Y ustedes, ¿quién dicen que soy?"-, el 65% de los 2285 entrevistados que se declararon creyentes lo describen como un ser ajeno a su vida cotidiana ("un ser superior", el 37%, y "el creador del mundo", el 28%). Sólo el 21% reconoce al Dios en el que cree como un padre y, el 0,3%, como el amor.
Sin embargo, la encuesta, publicada en una nota en La Nación argentina, realizada en todo el territorio argentino, revela que el 91% de los argentinos cree en Dios. Ese porcentaje es mayor entre las personas sin estudios (95%), los mayores de 65 años (97%) y los habitantes de ciudades chicas (94%). Aun en niveles altos la creencia disminuye entre los que tienen título universitario (84%), los jóvenes entre 18 y 29 años (85%) y los residentes en grandes metrópolis (89%). La investigación fue fruto del trabajo conjunto del CEIL, del Conicet, y de las universidades nacionales de Buenos Aires, Rosario, Cuyo y la de Santiago del Estero. Financiada por la Agencia Nacional de Promoción Científica y Tecnológica, se enmarca en un proyecto de investigación que se propone analizar las relaciones entre religión y estructura social en la Argentina del siglo XXI, según consigna el reportaje de Silvina Premat
¿Por qué la agonía del Dios padre? Resulta que los argumentos a favor de la existencia de Dios se están viniendo abajo, de esto se demuestra que las personas con mayor acceso a la educación son más escépticas que aquellas que tienen menos formación. Ya lo dijo Jesús, por lo seguro esto le hacen decir en la Biblia: “La verdad los hará libres”. La iglesia ante su falta de argumentos pontifica con la idea de un dios padre, pero qué pensarían ustedes de un padre que se oculta a sus hijos. Pensarían que este padre es un enfermo, un loco. La idea de Dios que se oculta es inconciliable con la idea de una Dios padre. Si Dios no se muestra es posible que no exista. Así lo considera uno de cada diez argentinos, según asegura la encuesta mencionada. De los nueve restantes, siete son católicos; uno, evangélico, y el último puede ser judío, islámico, espiritista o de otro credo. Pero hay que tener presente que negar su existencia, por más garantías establecidas, trae aparejada una gran dosis de discriminación social, por lo que son más lo que se guardan para sí la negación. Se me objetará que tampoco hay pruebas de que dios no exista. No me cuesta admitirlo, sin embargo el asunto es más embarazoso para las religiones. ¿Cómo podría probarse una inexistencia? Pero esto no es una razón para creer en su existencia, justamente el hecho de que nunca se haya podido probar su existencia es una fuerte razón para negarse a prestarle fe.
Estaré expectante. Habrá que ver cómo se las arreglan los clérigos argentinos en el momento del rezo, puesto que la idea del Padre está en agonía, a pesar de que la idea de Dios sigue vigente. De ilusiones también se vive afirma el adagio. Tal vez cuando vuelva a una ceremonia Católica el rezo haya cambiado ante la negación del padre.
Christian Gadea Saguier
Eutanasia, Iglesia y Libertad
Días pasados en el salón de pasos perdidos de la logia donde trabajo, junto con unos hermanos, estuvimos dialogando en torno al título de esta nota. Cuando expresé: "la eutanasia voluntaria es un derecho humano, un derecho humano de la primera generación de derechos humanos, un derecho de libertad", la mayoría quedó pasmada y en más de uno salto el tabú religioso que impide un diálogo libre sobre asuntos que hacen, para mí, al progreso humano.
¿Por qué la Iglesia católica se opone tan ferozmente a la eutanasia? La respuesta que expuso el filósofo Salvador Pániker en una tribuna de El País parece clara: "porque si se generaliza la práctica de la eutanasia voluntaria, si se desdramatiza el acto de morir, la Iglesia pierde poder. La Iglesia siempre ha fomentado una teología del terror a la muerte, reservándose para ella el control de las postrimerías. En consecuencia, la Iglesia tolera mal la secularización desdramatizada del morir que supone la eutanasia".
Añadamos, de pasada, que la Iglesia siempre ha sido prisionera de su pretendido monopolio teológico de la verdad, lo cual la ha conducido a inmiscuirse en cuestiones que no le competen. Así, por ejemplo, ya san Ambrosio, en el siglo IV, se oponía a los preceptos de la medicina por ser contrarios a la "ciencia celestial" y al poder de la plegaria. Lo mismo pensaba, siglos más tarde, el arrebatado san Bernardo de Claraval. Y hasta el siglo XVI estuvo condenada por la autoridad eclesiástica la disección de cadáveres y el estudio de la anatomía. Y ya a finales del siglo XVIII, el magisterio de las iglesias cristianas se opuso a la vacuna antivariólica porque entendía que la viruela era un castigo divino, y el hombre no debía sustraerse a ese castigo. (Con la misma lógica se prohibió desviar el curso de los ríos porque ello significaba "corregir la obra de Dios"). Y en el XIX las mismas iglesias se opusieron a la utilización de la anestesia en los partos. Y actualmente se oponen a la investigación con células madre, a la planificación familiar, al uso del preservativo para combatir el sida, etcétera. Y no olvidemos, claro está, que hasta hace unas décadas la Iglesia condenaba la libertad de conciencia, la libertad de enseñanza, la libertad de reunión, la democracia, el socialismo, el sindicalismo, el liberalismo y los derechos humanos. Lo de la lucha contra la eutanasia no es, por tanto, más que un nuevo episodio dentro de esta costumbre milenaria que tiene la Iglesia de intentar conservar su poder inmiscuyéndose en asuntos que no le incumben.
El sufrimiento de un ser querido es una experiencia que marca a cualquier ser humano. Pero en algunos casos la experiencia directa del dolor de un familiar puede marcar toda una vida y darle un rumbo inesperado a la existencia. Fue el caso del doctor Jerôme Sobel, especialista en cirugía maxilofacial, de 55 años, casado y con dos hijos. "La grave y dolorosa enfermedad de mi abuela, a la que tanto quise, está en el origen de mi lucha. Sus demandas constantes y lúcidas de poner fin a su vida me hicieron tomar consciencia del drama", explica en una entrevista que le realizó Rodrigo Carrizo del diario El País de España.
Jerome lucha por el "derecho a la muerte digna" desde el seno de la asociación Exit, que dirige desde 1982. Y es que este hombre sereno y de sonrisa afable ha hecho del suicidio asistido un tema de interés nacional en Suiza. Allí no está perseguida por la ley (aunque sí lo está la eutanasia activa), y la opinión pública apoya en un 87% el derecho de los enfermos terminales a poner fin a su vida con ayuda de organizaciones como Exit, que cuenta con 70.000 socios.
Plantear el tema en sociedades latinoamericanas como en la que vivo es todavía impensable, aquí aún vivimos regidos por la doctrina Católica, pero el tiempo nos dará la razón. De hecho en países como Holanda, Bélgica y Luxemburgo la eutanasia ya se encuentra legislada. Es hora que los demás políticos europeos legislen la asistencia al suicidio y también la eutanasia activa para casos extremos, en similar a las que ya rigen en Holanda, Bélgica o Luxemburgo. Incluso en Estados Unidos la tesis comienza a ser aceptada. "El Estado de Washington está por aprobar una ley siguiendo el ejemplo de Oregón, donde ya está vigente", explica el médico durante la entrevista, y aclara que "en los países que practican el suicidio asistido no hay ninguna deriva peligrosa".
Con mis hermanos no llegamos a conclusión alguna, pero el primer paso quedó ordenado en aquel salón, pues la idea entró en la mente de cada uno. Queda madurar y a lo sumo vivir experiencias como las que el doctor Sobel contó a Carrizo. Por de pronto me pongo a escribir una columna para mi blog sobre Eutanasia, Iglesia y Libertad, emulando al título de la tribuna de aquel filósofo.
Christian Gadea Saguier
¿Por qué la Iglesia católica se opone tan ferozmente a la eutanasia? La respuesta que expuso el filósofo Salvador Pániker en una tribuna de El País parece clara: "porque si se generaliza la práctica de la eutanasia voluntaria, si se desdramatiza el acto de morir, la Iglesia pierde poder. La Iglesia siempre ha fomentado una teología del terror a la muerte, reservándose para ella el control de las postrimerías. En consecuencia, la Iglesia tolera mal la secularización desdramatizada del morir que supone la eutanasia".
Añadamos, de pasada, que la Iglesia siempre ha sido prisionera de su pretendido monopolio teológico de la verdad, lo cual la ha conducido a inmiscuirse en cuestiones que no le competen. Así, por ejemplo, ya san Ambrosio, en el siglo IV, se oponía a los preceptos de la medicina por ser contrarios a la "ciencia celestial" y al poder de la plegaria. Lo mismo pensaba, siglos más tarde, el arrebatado san Bernardo de Claraval. Y hasta el siglo XVI estuvo condenada por la autoridad eclesiástica la disección de cadáveres y el estudio de la anatomía. Y ya a finales del siglo XVIII, el magisterio de las iglesias cristianas se opuso a la vacuna antivariólica porque entendía que la viruela era un castigo divino, y el hombre no debía sustraerse a ese castigo. (Con la misma lógica se prohibió desviar el curso de los ríos porque ello significaba "corregir la obra de Dios"). Y en el XIX las mismas iglesias se opusieron a la utilización de la anestesia en los partos. Y actualmente se oponen a la investigación con células madre, a la planificación familiar, al uso del preservativo para combatir el sida, etcétera. Y no olvidemos, claro está, que hasta hace unas décadas la Iglesia condenaba la libertad de conciencia, la libertad de enseñanza, la libertad de reunión, la democracia, el socialismo, el sindicalismo, el liberalismo y los derechos humanos. Lo de la lucha contra la eutanasia no es, por tanto, más que un nuevo episodio dentro de esta costumbre milenaria que tiene la Iglesia de intentar conservar su poder inmiscuyéndose en asuntos que no le incumben.
El sufrimiento de un ser querido es una experiencia que marca a cualquier ser humano. Pero en algunos casos la experiencia directa del dolor de un familiar puede marcar toda una vida y darle un rumbo inesperado a la existencia. Fue el caso del doctor Jerôme Sobel, especialista en cirugía maxilofacial, de 55 años, casado y con dos hijos. "La grave y dolorosa enfermedad de mi abuela, a la que tanto quise, está en el origen de mi lucha. Sus demandas constantes y lúcidas de poner fin a su vida me hicieron tomar consciencia del drama", explica en una entrevista que le realizó Rodrigo Carrizo del diario El País de España.
Jerome lucha por el "derecho a la muerte digna" desde el seno de la asociación Exit, que dirige desde 1982. Y es que este hombre sereno y de sonrisa afable ha hecho del suicidio asistido un tema de interés nacional en Suiza. Allí no está perseguida por la ley (aunque sí lo está la eutanasia activa), y la opinión pública apoya en un 87% el derecho de los enfermos terminales a poner fin a su vida con ayuda de organizaciones como Exit, que cuenta con 70.000 socios.
Plantear el tema en sociedades latinoamericanas como en la que vivo es todavía impensable, aquí aún vivimos regidos por la doctrina Católica, pero el tiempo nos dará la razón. De hecho en países como Holanda, Bélgica y Luxemburgo la eutanasia ya se encuentra legislada. Es hora que los demás políticos europeos legislen la asistencia al suicidio y también la eutanasia activa para casos extremos, en similar a las que ya rigen en Holanda, Bélgica o Luxemburgo. Incluso en Estados Unidos la tesis comienza a ser aceptada. "El Estado de Washington está por aprobar una ley siguiendo el ejemplo de Oregón, donde ya está vigente", explica el médico durante la entrevista, y aclara que "en los países que practican el suicidio asistido no hay ninguna deriva peligrosa".
Con mis hermanos no llegamos a conclusión alguna, pero el primer paso quedó ordenado en aquel salón, pues la idea entró en la mente de cada uno. Queda madurar y a lo sumo vivir experiencias como las que el doctor Sobel contó a Carrizo. Por de pronto me pongo a escribir una columna para mi blog sobre Eutanasia, Iglesia y Libertad, emulando al título de la tribuna de aquel filósofo.
Christian Gadea Saguier
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librepensamiento
El legado de Darwin
¿Qué nos dice la evolución sobre nosotros mismos; sobre el lugar que ocupamos en el universo; por qué debería importarnos la evolución; cómo queda el dios del monoteísmo ante la evolución? Para responder a estas preguntas me tomé un par de semanas del pasado julio y leí una obra de John Dupré, doctorado en filosofía por la Universidad de Cambridge, que lleva por título el nombre de esta nota.
La principal implicación del evolucionismo -que todos los seres vivos provenimos de un origen común por ramificaciones sucesivas- aportó a las ciencias de la vida el marco unificador que tanto necesitaban. Pero una de sus implicaciones secundarias, que el ser humano evolucionó a partir de un mono, estaba destinada a trastocar de forma radical la percepción sobre nuestros orígenes. La historia narrada en el Génesis salió particularmente perjudicada, y la reacción del conservadurismo religioso sigue resonando un siglo y medio después, con el movimiento del diseño inteligente como último disfraz científico del creacionismo norteamericano.
Los argumentos actuales del creacionismo -o los de su disfraz científico, el diseño inteligente- no se diferencian mucho de los expuestos por el reverendo británico William Paley en su influyente libro Teología Natural, de 1802, cuyo subtítulo habla por sí mismo: Evidencias de la existencia y atributos de la Deidad recogidas de la apariencia de la Naturaleza. Paley resumió sus razonamientos en la célebre alegoría del relojero: si encontramos un reloj en medio del campo, deduciremos la existencia de un relojero; si observamos una mariposa, el ojo de un águila o el cerebro humano, deberemos deducir la existencia de Dios. El diseño -y las cosas vivas apestan a diseño por todos los poros- implica siempre la existencia de un diseñador.
Este año se cumple un siglo y medio de la refutación de esa idea: la evolución por selección natural, presentada por Charles Darwin y Alfred Russel Wallace en un artículo conjunto de 1858. Las celebraciones culminarán en 2009, cuando cumpla 150 años El origen de las especies, el libro de Darwin que fundó la biología moderna. La obra puede leerse como una refutación obsesiva y minuciosa del libro de Paley "hasta en el estilo de los argumentos, la elección de los ejemplos, los ritmos y las palabras", según ha documentado el evolucionista Stephen Jay Gould. La selección natural de Darwin es una teoría para fabricar diseños sin necesidad de diseñador: hecha a medida para pulverizar uno a uno los argumentos de la teología natural.
La idea de Darwin es tan simple, poderosa y autoevidente que justifica la reacción de su amigo y colega Thomas Huxley al escucharla por primera vez: "¡Qué increíblemente estúpido no haber pensado en ello!". Y también el hecho de que Wallace llegara a la misma conclusión de forma independiente.
Negado por los así llamados "creacionistas", que insisten en desconocer la teoría de la evolución, o apropiado por la psicología evolutiva, que ve allí la única clave para comprender la conducta humana, el legado de Darwin aparece hoy desdibujado por el fundamentalismo religioso o por las mitologías científicas.
Este libro sostiene que la teoría formulada por Darwin tiene consecuencias trascendentales para nuestra visión de nosotros mismos y de nuestro lugar en el universo. Y explica, con un lenguaje sencillo y claro, el alcance y los límites de dicha teoría, sus implicaciones sobre el mundo religioso, las ideas de raza y género o el estatus de los animales, precisando, también, los marcos del debate entre biología y cultura, y la decisiva importancia de ésta para comprender la conducta humana.
El autor, y también quien escribe, no coincide con la idea de algunos cristianos, filósofos y biólogos, que sostienen la posibilidad de reconciliación entre la teoría de la evolución y la fe cristiana. Considera más bien que se trata de concepciones enfrentadas. Sustenta su formulación en base a las corrientes de pensamiento que incluyen al empirismo y al escepticismo, argumentando que no existe ninguna evidencia que respalde la creencia en una deidad.
Adopta una actitud escéptica ante algunas consideraciones supuestamente científicas (sobre todo de parte de la psicología evolutiva) que intentan considerar a la teoría de la evolución como la clave de todas la mitologías y como camino hacia la comprensión total de la naturaleza humana. Expone la contradicción existente entre los religiosos, quienes anteponen una barrera entre el ser humano y los demás animales, y por otra parte, los psicólogos evolucionistas, quienes consideran que los humanos somos solamente una especie más del mundo animal.
El primer problema grave que suscita la teoría de la evolución es justamente la palabra "teoría" que en el habla popular se utiliza con un alto grado de conjetura y especulación, perdiendo de este modo cierta autoridad, cayendo en la afirmación "es pura teoría", como una postura que no reconoce lo que se postula. El segundo viene por la expresión del artículo definido "la" que sugiere la existencia de un todo unificado o tal vez de un todo que debe ser aceptado o rechazado íntegramente. El último aparece de la ciencia misma al establecer un paralelo entre esta teoría y otras, como la de la relatividad, o la teoría cuántica. Dupré considera que no es útil pensar esta teoría en términos axiológicos.
La importancia de la selección natural fue el mayor aporte que realizó Darwin a la ciencia. Se volvió el factor más importante para entender las modificaciones que ocurren en el transcurso de la evolución. La teoría se entiende de la mejor manera por medio de las variaciones en las aptitudes heredables, sin embargo es objeto de gran controversia científica. Se plantea su verdadero grado de importancia dentro de la evolución y sobre la misma manera de entender este proceso.
El legado de Darwin nos proporciona conocimientos de la crónica más abarcativa de la historia de la vida y permite entender de qué manera encajan cierto hechos dispares, revela muchas cosas sobre el lugar que ocupamos en el universo, pero no suministra suficiente para entender la clase de seres que somos. Permite el desarrollo de una visión del mundo totalmente naturalista y asesta un golpe mortal a las cosmologías geocéntricas, socavando los fundamentos de la creencia religiosa.
¿Qué significa el "naturalismo"? Es una visión del mundo anti-sobrenatural. Se resiste a considerar la existencia de espíritus, almas y dioses. Esta objeción no se basa en un mero prejuicio, se basa más bien sobre un principio. El principio de que la creencia de algo debería estar fundamentada, en última instancia por la experiencia, experiencia en la que basamos nuestros conocimientos.
En conclusión, la contribución de Darwin dio un paso importante en el camino que nos aleja del animismo primitivo, pasando por los grandes pensadores del Renacimiento y en dirección a una visión naturalista del mundo que logró prescindir de fantasmas, dioses y espíritus, que en la antigüedad servían para explicar todos los fenómenos naturales. Así, sabemos lo suficiente para aceptar nuestra ignorancia, por lo que no debemos quedar satisfechos ante mitologías que se construyen por pura ignorancia.
Christian Gadea Saguier
La principal implicación del evolucionismo -que todos los seres vivos provenimos de un origen común por ramificaciones sucesivas- aportó a las ciencias de la vida el marco unificador que tanto necesitaban. Pero una de sus implicaciones secundarias, que el ser humano evolucionó a partir de un mono, estaba destinada a trastocar de forma radical la percepción sobre nuestros orígenes. La historia narrada en el Génesis salió particularmente perjudicada, y la reacción del conservadurismo religioso sigue resonando un siglo y medio después, con el movimiento del diseño inteligente como último disfraz científico del creacionismo norteamericano.
Los argumentos actuales del creacionismo -o los de su disfraz científico, el diseño inteligente- no se diferencian mucho de los expuestos por el reverendo británico William Paley en su influyente libro Teología Natural, de 1802, cuyo subtítulo habla por sí mismo: Evidencias de la existencia y atributos de la Deidad recogidas de la apariencia de la Naturaleza. Paley resumió sus razonamientos en la célebre alegoría del relojero: si encontramos un reloj en medio del campo, deduciremos la existencia de un relojero; si observamos una mariposa, el ojo de un águila o el cerebro humano, deberemos deducir la existencia de Dios. El diseño -y las cosas vivas apestan a diseño por todos los poros- implica siempre la existencia de un diseñador.
Este año se cumple un siglo y medio de la refutación de esa idea: la evolución por selección natural, presentada por Charles Darwin y Alfred Russel Wallace en un artículo conjunto de 1858. Las celebraciones culminarán en 2009, cuando cumpla 150 años El origen de las especies, el libro de Darwin que fundó la biología moderna. La obra puede leerse como una refutación obsesiva y minuciosa del libro de Paley "hasta en el estilo de los argumentos, la elección de los ejemplos, los ritmos y las palabras", según ha documentado el evolucionista Stephen Jay Gould. La selección natural de Darwin es una teoría para fabricar diseños sin necesidad de diseñador: hecha a medida para pulverizar uno a uno los argumentos de la teología natural.
La idea de Darwin es tan simple, poderosa y autoevidente que justifica la reacción de su amigo y colega Thomas Huxley al escucharla por primera vez: "¡Qué increíblemente estúpido no haber pensado en ello!". Y también el hecho de que Wallace llegara a la misma conclusión de forma independiente.
Negado por los así llamados "creacionistas", que insisten en desconocer la teoría de la evolución, o apropiado por la psicología evolutiva, que ve allí la única clave para comprender la conducta humana, el legado de Darwin aparece hoy desdibujado por el fundamentalismo religioso o por las mitologías científicas.
Este libro sostiene que la teoría formulada por Darwin tiene consecuencias trascendentales para nuestra visión de nosotros mismos y de nuestro lugar en el universo. Y explica, con un lenguaje sencillo y claro, el alcance y los límites de dicha teoría, sus implicaciones sobre el mundo religioso, las ideas de raza y género o el estatus de los animales, precisando, también, los marcos del debate entre biología y cultura, y la decisiva importancia de ésta para comprender la conducta humana.
El autor, y también quien escribe, no coincide con la idea de algunos cristianos, filósofos y biólogos, que sostienen la posibilidad de reconciliación entre la teoría de la evolución y la fe cristiana. Considera más bien que se trata de concepciones enfrentadas. Sustenta su formulación en base a las corrientes de pensamiento que incluyen al empirismo y al escepticismo, argumentando que no existe ninguna evidencia que respalde la creencia en una deidad.
Adopta una actitud escéptica ante algunas consideraciones supuestamente científicas (sobre todo de parte de la psicología evolutiva) que intentan considerar a la teoría de la evolución como la clave de todas la mitologías y como camino hacia la comprensión total de la naturaleza humana. Expone la contradicción existente entre los religiosos, quienes anteponen una barrera entre el ser humano y los demás animales, y por otra parte, los psicólogos evolucionistas, quienes consideran que los humanos somos solamente una especie más del mundo animal.
El primer problema grave que suscita la teoría de la evolución es justamente la palabra "teoría" que en el habla popular se utiliza con un alto grado de conjetura y especulación, perdiendo de este modo cierta autoridad, cayendo en la afirmación "es pura teoría", como una postura que no reconoce lo que se postula. El segundo viene por la expresión del artículo definido "la" que sugiere la existencia de un todo unificado o tal vez de un todo que debe ser aceptado o rechazado íntegramente. El último aparece de la ciencia misma al establecer un paralelo entre esta teoría y otras, como la de la relatividad, o la teoría cuántica. Dupré considera que no es útil pensar esta teoría en términos axiológicos.
La importancia de la selección natural fue el mayor aporte que realizó Darwin a la ciencia. Se volvió el factor más importante para entender las modificaciones que ocurren en el transcurso de la evolución. La teoría se entiende de la mejor manera por medio de las variaciones en las aptitudes heredables, sin embargo es objeto de gran controversia científica. Se plantea su verdadero grado de importancia dentro de la evolución y sobre la misma manera de entender este proceso.
El legado de Darwin nos proporciona conocimientos de la crónica más abarcativa de la historia de la vida y permite entender de qué manera encajan cierto hechos dispares, revela muchas cosas sobre el lugar que ocupamos en el universo, pero no suministra suficiente para entender la clase de seres que somos. Permite el desarrollo de una visión del mundo totalmente naturalista y asesta un golpe mortal a las cosmologías geocéntricas, socavando los fundamentos de la creencia religiosa.
¿Qué significa el "naturalismo"? Es una visión del mundo anti-sobrenatural. Se resiste a considerar la existencia de espíritus, almas y dioses. Esta objeción no se basa en un mero prejuicio, se basa más bien sobre un principio. El principio de que la creencia de algo debería estar fundamentada, en última instancia por la experiencia, experiencia en la que basamos nuestros conocimientos.
En conclusión, la contribución de Darwin dio un paso importante en el camino que nos aleja del animismo primitivo, pasando por los grandes pensadores del Renacimiento y en dirección a una visión naturalista del mundo que logró prescindir de fantasmas, dioses y espíritus, que en la antigüedad servían para explicar todos los fenómenos naturales. Así, sabemos lo suficiente para aceptar nuestra ignorancia, por lo que no debemos quedar satisfechos ante mitologías que se construyen por pura ignorancia.
Christian Gadea Saguier
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