Dios está en el cerebro

Una obra de Mattew Alper, que lleva por nombre el título de la presente, enseña un argumento impresionante para demostrar que existe una programación predeterminada en nuestro cerebro para que sea posible la creencia en un dios. Para su argumentación, el autor considerado uno de los fundadores de la neuroteología, ofrece una explicación lógica sobre cómo heredamos, a través de la evolución, un mecanismo que nos permite sobrellevar nuestro miedo más grande: el de la muerte. El ensayista, filósofo de profesión, presenta los datos necesarios para pensar que, así como el hombre tiene una capacidad cognitiva para el lenguaje, las matemáticas o la música, la espiritualidad y la religiosidad también hacen parte de esta evolución cognitiva.

Así como todas las culturas humanas han demostrado una tendencia a desarrollar un lenguaje, todas también han manifestado claramente una propensión a desarrollar una religión y una creencia en una realidad espiritual. Según E.O. Wilson, ganador del premio Pulitzer: “La creencia religiosa es una de las constantes universales de la conducta humana, la cual tiene una forma definida en cada sociedad”. Intelectuales como Carl Jung, Joseph Campbell y Mircea Eliade, afirmaron que todas las culturas han tenido siempre una interpretación dualista de la realidad, y han considerado que la realidad consta de dos ámbitos o sustancias distintas: la física y la espiritual.

De este modo, los objetos que pertenecen al mundo físico son considerados como tangibles, corpóreos y existen en un estado de cambio permanente, siendo temporales y fugaces. Por otra parte, perciben la existencia de un mundo espiritual inmune a las leyes de la naturaleza física, como algo permanente, fijo, eterno e imperecedero. Algo así como el verdadero mundo de Platón, el Topus Uranus. Si es cierto que todas las conductas transculturales representan rasgos genéticamente heredados, ¿no deberíamos suponer entonces que el mismo es válido para la tendencia que tiene nuestra especie a creer en una realidad espiritual trascendente a la naturaleza? Si la humanidad evolucionó por selección natural darwiniana, el azar genético y la necesidad ambiental –y no Dios– creó las especies.

El hecho de que todas las culturas humanas tiendan a creer en una realidad espiritual sugiere una de estas tres cosas: la primera, que todas han concebido los mismos conceptos espirituales debido a una gran coincidencia; la segunda, que durante la aparición de nuestra especie, algunos individuos crearon los conceptos de un mundo espiritual, un dios, un alma y una vida después de la muerte, y estas fueron transmitidas oralmente de generación en generación; la tercera, lleva a considerar que así como el lenguaje, también debe haber una fuerza fisiológica relacionada con la creación de una realidad espiritual, una función como cualquier otra de nuestras capacidades cognitivas.

Si la especie humana está programada para creer en un mundo espiritual, esto sugeriría que Dios no existe como un ser que está en el más allá y que es independiente de nosotros, sino que realmente es el producto de una percepción heredada, la manifestación de una adaptación evolutiva que existe exclusivamente dentro del cerebro humano como consecuencia de su conciencia y por ende de su preocupación de extender la vida más allá de la muerte; así Dios es más bien un producto de la cognición humana para disminuir la ansiedad de la existencia y permitiría la concentración en otras preocupaciones. Por lo tanto, parece ser que existe alguna parte del cerebro que manipula nuestras percepciones y respuestas emocionales y nos hace creer que hay fuerzas sobrenaturales a nuestro alrededor.

Tras suponer que la espiritualidad es el producto de un impulso genéticamente heredado, ¿por qué evolucionó este rasgo? ¿cuál es la ventaja de poseer una conciencia espiritual? Según el psicólogo religioso Bernard Spilka, “una de las principales funciones de la creencia religiosa es disminuir el miedo a la muerte que una persona siente”. Esta noción también está respaldada por la afirmación de Mortimor Ostow, otro psicólogo religioso: “la religión es una defensa natural contra el conocimiento que tiene el hombre de que debe morir”.

Protegidos de la amenaza perpetua de la muerte, los humanos pudieron realizar sus rutinas diarias y dedicarse a sus necesidades más “mundanas”. Con la aparición de la conciencia espiritual, el funcionamiento cognitivo del hombre se estabilizó hasta el punto en que ya podía vivir en un estado de calma relativa, a pesar incluso de su conciencia de que la muerte era inevitable, tenía garantizada otra vida en el más allá. Si esto es cierto, sugiere que Dios no es una fuerza o entidad trascendental que realmente exista en el más allá y que sea independiente de nosotros, sino que realmente es la manifestación de una percepción humana heredada, un mecanismo de defensa que nos obliga a creer en una realidad ilusoria para poder superar la conciencia de nuestra muerte.

¿Dónde queda entonces la manifestación de contacto con lo divino? Así como las culturas sienten tristeza, también tienen experiencias espirituales. Para suministrar evidencia física que compruebe esta noción, Andrew Newberg y Eugene D`Aquili, de la división de medicina nuclear de la Universidad de Pennsylvania, utilizaron una tomografía computarizada para observar cambios en la actividad neuronal de varios monjes budistas. Su experimento mostró que cuando los monjes practicaban la meditación –y sentían que eran uno con toda la creación– hubo un cambio notable en la actividad neural de los lóbulos frontal y parietal, así como de la amígdala cerebral, lo que ofreció una confirmación física de que las experiencias espirituales pueden relacionarse directamente con ciertas regiones del cerebro.

Si las experiencias espirituales son una característica heredada ¿por qué nuestra especie experimenta esta sensación particular? ¿cuál es su propósito?, puesto que si esta serie de sensaciones no cumplieran una función específica, sería muy improbable que hubieran aparecido en nosotros. Probablemente evolucionó como respuesta a la conciencia de nuestra identidad, que infortunadamente suponía también la conciencia de la muerte. Debido a la conciencia mortal, el animal humano habría vivido en un estado continuo de temor a menos que hubiera algo que le ayudara a aliviar la pulsión de muerte. Una de las formas en que opera la función espiritual es produciendo una creencia natural en seres sobrenaturales, en el alma y su continuidad después de la muerte. Como resultado de esto nos creemos inmortales, pero esto sólo está en nuestro cerebro.

Christian Gadea Saguier

Aislado por no estar bautizado

Una pareja española ha sacado a su hijo de nueve años de un colegio en Málaga porque el niño, que cursa 4º de primaria, se sentía marginado por no estar bautizado. Todo comenzó hace un año, cuando la tutora preguntó en clase de religión quién estaba bautizado. "Nuestro hijo levantó la mano y dijo que él no lo estaba. A partir de entonces los niños le decían en el recreo frases como 'no juegues con él que no es cristiano', y lo dejaron de lado", relatan los padres en un escrito remitido a la delegación de Educación de la Junta, y publicado esta semana en El país, en el que denuncian un supuesto caso de acoso escolar. "Nos llegó a pedir por favor que lo bautizáramos para ser como los demás, porque creían que así lo tratarían mejor", añaden los padres.

La Junta ha abierto una investigación sobre los supuestos hechos que recoge el escrito. "Un inspector estudiará el entorno del menor", señaló esta semana un portavoz de Educación, según indica la nota de J. Viúdez. La dirección del colegio Nuestra Señora del Carmen niega el acoso y dice que se trata de un niño "con afán de protagonismo" y que "interrumpe mucho la marcha de las clases". "Creo que no habría motivos para sacarle del colegio si sus padres se pusieran en el sitio que les corresponde", aseguró el director, Tomás Leal.

El menor comenzó a asistir la semana pasada a un colegio público. "Se ha adaptado muy bien, está más contento", asegura Carmen Bueno, la madre.

Los padres aseguran que hubo un cambio en el menor, algo que en el centro niegan. "Pasó a estar más triste, decía que no quería estar en el cole, porque no jugaban con él, le echaban la culpa de cosas", explican los progenitores. Hablaron con la tutora y enviaron un escrito a la dirección, pero la situación se puso cada vez más tensa. Cuando el niño terminó tercero de primaria se plantearon llevarlo a otro centro, pero no lo hicieron.

Con el nuevo curso, la situación no cambió. Los padres acusan a la tutora de tratarles de forma "seca" y de avergonzar a su hijo delante de la clase. "La profesora le acusa de meterse con su método de enseñanza, porque el niño le pide que le regañe en su mesa o a solas, porque ya está cansado de que le digan que quiere ser el centro de atención (...) Esto es una guerra continua con la profesora y una lucha diaria para que nuestro hijo no se venga abajo", aseguran.

¿Te das cuenta hasta qué punto la sociedad está tomada por la tradición religiosa? ¿Qué ocurriría en esta criatura si sus padres desarrollaran una crianza emancipada de la religión? ¿Cómo viviría socialmente sin discriminación? ¿Cuánto es el peso de llevar una vida libre de religiones?

Los chicos necesitan verdades, que los padres pongan en palabras lo que les pasa, lo que piensan, lo que sienten. Los chicos son muy perceptivos porque están en un estado virgen de sentidos, todavía no tienen esquemas construidos, son como un campo vacío con el terreno más fértil para ser sembrado, captan mucho más de lo que nos damos cuenta. Tienen todos los sentidos abiertos, en espera de desplegarse. Una forma de no cerrarles la posibilidad de crecer conectados consigo mismo, con sus sentimientos, con sus deseos, es hablarles claro. Por supuesto que esto debe ser acorde con la edad de cada niño: no son las mismas respuestas las que se le dan a un nene de tres que a uno de siete, y también dependerá de la sutileza de los padres. Pero siempre se puede hablar claro y no evadir las preguntas  ni las cuestiones que a primera vista pueda resultar difícil.

Criar hijos sin religión, según Alejandro Rozitchner un filósofo argentino autor de Hijos sin dios, quiere decir enseñarles a creer en sí mismos sobre todas las cosas. Habilitarles todas las preguntas que quieran hacerse y las que quieran hacernos. Transmitirles la sensación de que pueden confiar en sus decisiones sólo por el hecho de ser ellos quienes las toman. Criar hijos sin apelar a dios quiere decir enseñarles a ser dueños de sus actos. Responsables de elegir cómo vivir, protagonistas de su destino. Es querer ayudarlos a disfrutar de esta vida que tenemos hoy, la que conocemos, sobre la que podemos actuar. 

¿Con qué valores los voy a educar? Se asocia la idea de que sólo bajo normas religiosas se les puede enseñar a los niños a asumir valores, saber discernir entre lo que está bien y lo que está mal. Hay como una idea generalizada de que "los valores" son propiedad de la cultura religiosa, cuando en realidad sentir que es desde un marco religioso desde donde se les puede inculcar valores a los hijos es como sentirse chiquito y desconfiado, es no creerse capaz de tomar decisiones propias sin una instancia superior que las determine, como ser un niño indefenso, o peor un hombre sin libertad. 

Cómo criar hijos sin religión es pensar acompañar el crecimiento de los hijos transmitiéndoles la confianza necesaria para que puedan construir preguntas, de sus respuestas, de sus conclusiones, yendo más allá de cualquier marcha sostenida por una fe incuestionable, por una tradición que respetar. Una crianza laica también quiere decir sentirse capaz de hacer uso de la creatividad para inventar un modelo propio, una forma actualizada de acompañar a los hijos en su crecimiento, sin sentir que todo tiempo pasado fue mejor.   

Richard Dawkins propone que ningún niño sea identificado jamás como si fuera un niño católico o un niño musulmán (o un niño ateo), pues en sí mismos esta identificación prejuzga decisiones que aún no han sido apropiadamente consideradas. En una nota que le hizo The Guardian en junio de 2003 expresó: "Nos horrorizaría que nos hablen de un niño leninista, de un niño neoconservador o de un niño monetarista hayekiano. Entonces, ¿no es una especie de abuso infantil hablar de un niño católico o de un niño protestante?".

Christian Gadea Saguier

Machismo frena la equidad de género

Las mujeres de América Latina han conseguido, en la última década, que se legisle contra la violencia machista, esa actitud de prepotencia de algunos hombres hacia la mujer; pero esto no se traduce aún en la disminución de la violencia contra las mujeres por cuestiones de género. Llevar esas leyes de la teoría a la práctica sigue siendo un camino tedioso. Los valores patriarcales que aún imperan en muchos países de la región constituyen uno de los principales inconvenientes, según el informe anual del Fondo de Población de las Naciones Unidas (Unfpa), que se presentó esta semana.

«La violencia por motivos de género se perpetra gracias a normas y tradiciones sociales y culturales que refuerzan las estructuras de poder dominadas por el hombre», asegura el documento.

Aunque no parece que haya una solución clara a corto plazo, Naciones Unidas propone promover el desarrollo cultural como ventana al progreso y diseñar políticas y programas de población «con sensibilidad cultural», siempre y cuando esa mirada comprensiva y respetuosa de las diferencias « no implique aceptar prácticas tradicionales nocivas o que violan derechos humanos universales», matiza el documento. 

La cultura patriarcal en la región no es algo nuevo tampoco. El documento de 108 páginas de Unfpa considera que la independencia de las colonias no vino acompañada de un cambio de mentalidad en ese apartado, sino que ha seguido vigente en muchos países de la región. Es decir, los distintos países heredaron las tradiciones de las colonias españolas, portuguesas y francesas de sus metrópolis.

La función femenina es «mantener unida a la familia a cualquier costo, por lo que la violencia en el hogar se convierte en una realidad aceptada y hasta cierto punto natural», apunta.

Dentro de la Masonería el tema no es muy diferente a lo que se vive en la comunidad latinoamericana. Luego de la Orden Masónica Mixta Internacional Le Droit Humain y el Gran Oriente Latinoamericano, no existen otras Hermandades de carácter internacional que sostengan la equidad de género dentro de la Organización.

¿Cómo un masón que practica los valores sociales más nobles, miembro de una escuela iniciática que trabaja por el perfeccionamiento de la humanidad, casado o que algún día lo será, hoy por hoy podría decir a su esposa «tu condición de mujer no te da el derecho de hacer esto » o «por ser mujer no puedes comprender aquello»?

Algunos, como el Gran Oriente de Francia (GODF) alegan que es una cuestión estructural y no dogmática. Independiente de la justificación, han dado la espalda a la posibilidad de incorporar mujeres en su seno luego de que su Asamblea General, realizada meses atrás, decidiera dilatar la respuesta a la posibilidad plantada por una seria de logias, que por cierto han retorcido y malinterpretado sus Reglamentos y Constituciones. Victor Guerra, miembro del Gran Oriente en España y autor del blog Masonería Siglo XXI, sostiene que «en parte si el tema no ha salido adelante es porque la acción liberticida de esa serie de logias precipitó la situación lo que además ha traído una compleja situación jurídica para las logias y para los Maestros masones que en su momento tiraron por la calle de en medio iniciando mujeres». Frente a la iniciativa de iniciar mujeres la Organización reaccionó y procedió a suspender a 169 Maestros, de los 50.000 miembros que tiene el GODF. 

Otros, como la Gran Logia Unidad de Inglaterra, se oponen a la admisión de la mujer en la Masonería esgrimiendo como únicos argumentos, unas veces el de la «tradición», otras «las Constituciones de 1723», y los menos, más fundamentalistas, van mucho más allá recurriendo a teorías antropológicas de nula base científica y de fascistas reminiscencias que ahora me ahorraré comentar.

Para los tradicionalistas y conservadores la Constitución de Anderson, salida de la imprenta de Willian Hunter, representa uno de los puntos discordantes para el ingreso de la Mujer. En su Sección Segunda (Obligaciones de un Francmasón, apartado III), está el origen de lo que todavía hoy continúa sembrando la polémica:

«Los candidatos admitidos como miembros de la Logia, deben ser buenos y leales, nacidos libres, de edad madura y discreta, no esclavos, ni mujeres, no inmorales o escandalosos, sino de excelente reputación».

Resulta a todas luces incomprensible que una Fraternidad que ha luchado contra toda clase de «dogmas», acabe por crear y mantener uno, para justificar la ausencia de la mujer en su seno. Esta postura dogmática se fundamenta en un párrafo de un documento, producto de la mentalidad de aquellos años y elaborado por hombres de iglesia (no olvidamos la calidad de pastores protestantes de Anderson y Désaguliers), puritanos y con un concepto sobre la inteligencia y aptitudes de la mujer de su época totalmente diferente al nuestro. 

Ambas posturas, la estructural o la tradicional-legal, impiden que la otra mitad de la humanidad beba de las mismas fuentes del conocimiento que los hombres libres, pero nacidos de mujer.
 
De todas formas, con el apoyo de los masones o sin el, la participación de la mujer va ganando paso a paso mayor protagonismo en la escena pública, según indica la medición 2007 del Índice de Desarrollo Democrático de América Latina que utiliza el Indicador «Género en el Gobierno» para establecer cuál es la proporción de la representación femenina en el Gabinete del Poder Ejecutivo, en las Cámaras del Poder Legislativo y en las Cortes Supremas de Justicia de los dieciocho países que analiza.

Este indicador se usa para medir lo que se considera el «grado de integración social de la democracia». En el año de la primera medición (2002), el promedio de participación de la mujer en puestos de decisión en América Latina era de apenas un 8,5%. La medición de 2007 indica que este porcentaje promedio creció al 21,6%. O sea que en 2002 uno de cada doce puestos de decisión eran ocupados por mujeres y hasta el año pasado uno de cada cinco lugares. 

Considero que la transversalización de género no es un fin en si mismo sino un camino para el logro de la equidad. Esa es la fórmula que mantiene el equilibrio, la que refleja realmente la composición de la sociedad y la que necesitamos para reforzar y promover el correcto funcionamiento de esta joven democracia latinoamericana. 

Christian Gadea Saguier

¿Es posible conocer la verdad?

El problema del conocimiento es uno de los más importantes al que se ha abocado la filosofía desde sus orígenes y en particular la Masonería como organización que busca el progreso humano por medio del discernimiento.

El conocimiento consiste en una cierta relación entre un sujeto que conoce y un objeto que es conocido. Esta relación es mejor una correlación, puesto que el sujeto cognoscente es tal en tanto conoce, y el objeto es tal en cuanto es conocido. Tener conocimiento de algo corresponde, entonces, a lo que aproximadamente existe en la realidad. Este «aproximadamente» es lo que distingue al conocimiento de la verdad.

Como seres humanos que somos conocemos, limitados por una categoría de espacio y tiempo –como diría kant– por lo que no hay para este sujeto, nosotros, un conocimiento absoluto, infinito, perfecto; esto no significa que no conozcamos nada. Qué puedo saber, cómo y bajo qué condiciones, presupone la idea de una verdad al menos posible y un método para develarla, tomando el concepto griego de verdad –aletheia– como lo que se mantiene oculto tras el velo.

¿Puede por lo tanto el ser humano aprehender efectivamente el objeto?, o sea, ¿se da la relación sujeto–objeto? En otras palabras, ¿puede el hombre conocer? Y si puede ¿hasta dónde? Las respuestas a este interrogante han sido varias y admiten diversos ordenamientos que extienden este espacio para clasificarlas.

Solo podemos conocer por medio de nuestra sensibilidad y racionabilidad, puesto que toda idea en nosotros es humana, subjetiva, limitada, por lo que no puede corresponderse absolutamente con la inagotable complejidad de lo real. «Los ojos humanos solo pueden percibir sus cosas mediante sus formas de conocimiento», decía Montaigne; y sólo podemos pensarla, mostrará Kant, mediante las formas de nuestro entendimiento.

¿Cómo podemos conocer las cosas en sí mismas si conocerlas es siempre percibirlas como son para nosotros? Estamos separados de lo real por los mismos medios que nos permiten percibirlo y comprenderlo. No podemos conocer las cosas en sí mismas puesto que no hay conocimientos absolutos, sino conocimiento de un sujeto, que no tiene acceso directo a la verdad. Por lo tanto, ¿no podemos conocer la verdad?

Conocimiento y verdad son dos conceptos muy distintos, pero se encuentran muy interrelacionados. Ningún conocimiento es la verdad; pero un conocimiento que nada tuviera que ver con la verdad no sería conocimiento. Ningún conocimiento es absoluto, pero sólo es conocimiento en virtud de la parte de absoluto que comporta.

Podemos afirmar que la verdad es lo que es o lo que corresponde a lo que exactamente es, que no representa la idea que nosotros nos hacemos de ella; por esto ningún conocimiento es la verdad, puesto que jamás conocemos absolutamente lo que es.

El hecho de que todo conocimiento sea relativo no implica que todos sean válidos; son válidos aquellos que contraponen lo más verdadero a lo menos verdadero. Ninguna teoría es absolutamente verdadera, ni siquiera absolutamente verificable.

Pero esto no debe llevar a confundir el escepticismo con la sofistica. Ser escéptico, como lo fueron Montaigne y Hume, es pensar que nada es cierto y para esto hay muy buenas certezas, aquello de lo que no podemos dudar. Una certeza sería un conocimiento demostrado.

Pero nuestras demostraciones sólo son fiables si nuestra razón lo es; ¿y cómo probar que lo es, si esto sólo podría probarse a través de ella? «Para juzgar las apariencias que recibimos de los objetos –escribe Montaigne– precisaríamos un instrumento de juicio; para verificar este instrumento, precisamos una demostración; para verificar esta demostración, un instrumento: he aquí que nos hallamos en un círculo».

Este es el círculo del conocimiento que impide acceder a lo absoluto. Sin duda alguna nuestras certezas nos parecen certezas legítimas, pero la certeza de la certeza no es más que una certeza de hecho, por lo que podemos concluir que de la más sólida certeza no se puede probar nada; no hay pruebas absolutamente concluyentes, pero que todo sea incierto no es motivo para abandonar la búsqueda de la verdad, pero –como diría Jules Lequier– «cuando creemos con la más firme fe que poseemos la verdad, debemos saber que lo creemos, no creer que lo sabemos».

Esta postura escéptica no es lo contrario al racionalismo; es un racionalismo lúcido y llevado al extremo, hasta el punto en que la razón no puede menos de dudar de su aparente certeza. Si es lo contrario al dogmatismo y otra cosa de la sofística, que postula no pensar que nada es cierto, sino que nada es verdadero. Si no hubiera nada verdadero que sería de nuestra razón, cómo podríamos discutir, argumentar.

Al sostenernos en la sofística cada cual tiene su verdad, de ser esto certero ya no habría verdad alguna, pues esta es válida si es universal. La verdad no pertenece a nadie, por eso pertenece por derecho a todos; la verdad no obedece por eso es libre y liberadora. Si no hubiera verdad, no sería verdad que no haya verdad, por eso la sofística es contradictoria y se destruye así misma.

Aristóteles, con su habitual sentido de la medida lo expresó claramente: «La búsqueda de la verdad es a la vez difícil y fácil: nadie puede alcanzarla absolutamente, ni carecer completamente de ella». Como la verdad absoluta nos es imposible debemos concentrarnos en cultivar el sendero que nos conduce a su madriguera puesto que lo que importa es el camino que determina el caminante para llegar a una verdad que nunca terminaremos por conocerla.

Christian Gadea Saguier