El tiempo es la medida de todas las cosas

por Christian Gadea Saguier
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No hay dudas de que asistimos a un mundo cada vez más vertiginoso donde la idea de tiempo nos parece cada vez más escaza por lo que en no pocas ocasiones terminamos con la sensación de no haber cubierto el espacio que nos propusimos de inicio. Kant (1724-1804) se había preocupado por esto en su Crítica a la razón pura (1781) donde argumenta que el espacio y el tiempo no son cosas sino formas ajenas de toda experiencia, algo así como los ámbitos donde coloco las sensaciones. Y efectivamente es en el espacio y tiempo donde nos desarrollamos, pero ninguno podrá entregarme en un paquete una hora de tiempo o un tanto de espacio. Ellos no son cosas en sí mismas sino sensaciones mediante las cuales son posibles los juicios. Por lo tanto, el primer peldaño que debemos subir para comprender este "mundo cada vez más vertiginoso" es transformar nuestra noción de tiempo.

"No tengo tiempo" es la excusa favorita de muchos para no tomar las responsabilidades o para justificar el alejamiento de sus gustos; a mí me da la sensación de que se trata de un autoengaño, una manera de evadir la realidad y crearse una burbuja imaginaria. Solamente tenemos la vida y esta sensación de exclusividad a muchos les angustia, y de allí el cobijo en las religiones que prometen una vida posterior, o eterna. Pero justamente porque es finita la vida es bella, imagina si tuviéramos la posibilidad de vivir eternamente, muchas de las actividades o valores que sostenemos caerían en el vacío de la indiferencia, puesto que tendríamos todo el tiempo para cultivarlas.

En esta finitud de la vida algunos pretenden hacer tantas cosas que durante de la jornada privilegian la prisa al goce de la acción. Esta elección les aleja del objetivo que inicialmente se propusieron para alcanzar un fin. Otros son tan inocentes que llegan a creer que si corren podrán llegar a todo lo que se han propuesto. Incluso para el imaginario social queda bien correr y decir "estoy muy ocupado, no tengo tiempo, tengo prisa". De hecho, si alguien dice que le sobra tiempo, no pocos empiezan a sospechar que no trabaja mucho, que no es muy normal, o es vago.

El tiempo también debe invertirse en el disfrute y gozo, puesto que la vida no es otra cosa que un camino, un sendero con etapas por realizar pero donde su fin se justifica en la realización y no precisamente en el lugar de llegada, puesto que todos llegaremos al mismo sitio: al fin de la vida. Con este enfoque nace la idea de que es tan importante el gozo de la vida como la actividad que hacemos de ella; pero el prejuicio de ser solamente productivos motiva a algunos a considerar que como el día tiene "solamente" 24 horas y no se puede alargarlo, hay que recortar la lista de cosas por hacer. Y en ese recorte, desgraciadamente, eliminan las actividades no productivas, es decir, las placenteras. Pero consideran que si les queda algún hueco ya irán a tomar un café con el amigo o se darán un paseo, lo cual al final no sucede nunca. Muchos no son conscientes de que si vamos eliminado lo que realmente nos gusta, nuestro estado de ánimo se resentirá y nos influirá negativamente en nuestra productividad.

Esta situación puede arreglarse si colocamos un orden a nuestro tiempo. El orden es imprescindible para optimizar nuestro rendimiento. Si consideras que no tienes tiempo para detenerte y colocarte un orden, establecer una escala de intereses y prioridades, significa que tus acciones te desbordan y terminarán destruyendo tu persona y familia. Por ello, construir de acuerdo al tiempo te conduce a una vida armónica en el sentido subjetivo del término, puesto que tu escala no necesariamente es viable para mí. La medida resultante será siempre subjetiva pero el medidor es objetivo: 24 horas, día a día, mes a mes, año a año.

Tomemos el ejemplo de una regla con 24 centímetros, a partir de esta simbolización consideremos cada centímentro como una hora de la vida. Y como si fuera una cubeta de hielo vamos agregando contenido a esa distancia entre centímentros, espacios que estarán traducidos en las acciones que deseamos realizar, sin olvidar que cada actividad tiene tres partes muy marcadas: 1) preparación, 2) desarrollo de la actividad, y 3) recoger.

En nuestro trabajo, en nuestra vida, la parte dedicada a recoger muchas veces nos la saltamos para pasar directamente al siguiente punto de la lista de cosas por hacer. Y es muy importante ordenarlo todo si queremos ser realmente productivos. Los beneficios del orden no hace falta ni nombrarlos: ¿cuántos ratos hemos perdido por papeles traspapelados?

Tener en cuenta las tres fases también es imprescindible cuando planificamos el día. Normalmente no somos muy buenos calculando el tiempo, y por eso siempre nos frustramos cuando no logramos tachar todas las tareas de la lista. Cuando calculamos, no somos conscientes de las tres fases, sólo pensamos el tiempo que nos va a llevar realizar la actividad, pero no computamos el tiempo de preparar y recoger. Ser conscientes de que cualquier actividad requiere de estas tres fases nos hará ser mucho más realistas cuando calculemos nuestro tiempo.

Cuando planificamos, solemos ser muy optimistas y no pensamos que vamos a tener imprevistos. Y los imprevistos es lo más previsible que existe. No solemos prever que quizá cuando subamos al coche tendremos que ir a poner gasolina, que hoy recibiremos algunos mails urgentes, u otra cosas.

Andre Comte en su Invitación a la Filosofía (2002) sostiene que lo que denominamos como tiempo es fundamentalmente la sucesión del pasado, del presente y del futuro. Pero el pasado no es, pues ya no es. Ni el futuro, pues todavía no es. Así el único tiempo es el presente, el instante que vivimos ahora y del cual se podrá recordar cuando sea pasado y proyectar para que sea futuro.

El tiempo pasa, pero no es pasado. Viene, pero no está por venir. Solo pasa, viene y llega el presente. El presente es el único momento de la acción, el único lugar del pensamiento, de la memoria y de la espera. Aprovecha el presente, disfruta de la vida. ¿Vivir en el presente? Es simplemente vivir de verdad. Estamos ya en el Reino: la eternidad es ahora.

Hacia una vida poscristiana

CHRISTIAN GADEA SAGUIER
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¿Te aterrorizaría la idea de abandonar la religión? Cada vez somos más los que vivimos ajenos a un sistema religioso, pero comparado con los creyentes constituimos un puñado. Esta nota no es una propaganda ni una invitación sino que pretende platear un cambio de enfoque de lo dogmático hacia una visión del mundo naturalista; libre de elementos místicos o sobrenaturales, desplazando la cultura humana sobre otra base que no sea cristiana, tampoco nihilista sino poscristiana. Se trata de construir otro tipo de sociedad para los que no quieran seguir habitando intelectualmente sitios que ya fueron demasiado utilizados. Una edificación, en otro lugar, que no contenga referencia teológica pero tampoco cientificista, para habitar una nueva moral o renovar la de algunos movimientos presocráticos, como los epicúreos o los estoicos. No se trata de acondicionar las iglesias, tampoco destruirlas y menos hacer una huelga como postula Ayn Rand en La Rebelión de Atlas.

¿Por qué recurrir a los presocráticos? No se pretende cambiar las estampitas de San Cayetano por Epicuro, sino de una nueva lectura, emulando lo que hizo Nietzsche cuando recuperó algunas ideas de saberes antiguos como las del estoicismo, que insisten en que la nostalgia del pasado y la esperanza de un futuro mejor nos alejan de la auténtica sabiduría, que consiste en saber reconciliarse con lo que hay y en vivir en la única dimensión real del tiempo; es decir, vivir el presente, con una feliz desesperanza, tal como titula André Comte una de sus obras. La deconstrucción nietzscheana, según Luc Ferry en Familia y Amor, muestra analogías con los grandes movimientos de protesta en contra de las normas sociales tradicionales de los que está llena la historia del siglo pasado.

Para iniciar el camino es necesario estar convencido del new deal que propone Michael Onfray en Tratato de Ateología: «Un nuevo contrato que legitime la relación humana sin Dios, la religión o los curas, sin necesidad de ser amenazado con un infierno o seducido con un paraíso, eludiendo la ontología de premio y castigo posmortem para alentar las buenas acciones, justas y rectas. Una ética sin obligaciones o sanciones trascendentes».

Al seguir esta pauta ya no es necesario negar públicamente a los dioses, tampoco comprometerse en un clericalismo ateo que devino en la cara opuesta –pero de la misma moneda– del cura. Se trata de apuntar a lo que Gilles Deleuze llama, en Pericles y Verdi: La Filosofía de Francois Chatelet, un ateísmo tranquilo; es decir, una filosofía de vida que no plantee como causa la inexistencia o muerte de los dioses. Esas ideas son elementos que hay que considerar como adquiridas para resolver los verdaderos problemas de nuestra existencia. Sobre esta tendencia Onfray apunta: «es menos una posición estática de negación o de lucha contra Dios que un método dinámico que desemboca en una proposición positiva». Por lo tanto, la negación de lo sobrenatural no es un fin sino un medio para construir con otros valores. Pero, ¿acaso no es la religión lo que nos hace morales? 

«A la religión se le han acabado las justificaciones. Gracias al telescopio y al microscopio ya no ofrecen explicación de nada importante. Allá donde en otro tiempo solía ser capaz de impedir la aparición de rivales mediante la imposición absoluta de una visión del mundo, hoy día solo puede obstaculizar y retrazar los progresos hacia a los que nos encaminamos», opina Christopher Hitchens en Dios no es Bueno

Muchos creen que el papel más importante de la religión es ser soporte de la moralidad al darle a la gente una razón imbatible para obrar bien. Daniel Dennett en Romper el hechizo asegura que «no se ha descubierto evidencia alguna que sustente la afirmación según la cual las personas no religiosas sean más propensas a matar, a violar, a robar, o a romper promesas que la gente que sí cree».

Los filósofos de la moral –desde los días de Hume y Kant, pasando por Nietzsche, hasta arribar al presente– han estado de acuerdo en pocas cosas, pero todos han considerado esa visión de la moralidad religiosa como una suerte de trampa, una reducción al absurdo en la que sólo caerían los más incautos moralistas; sin embargo son legión los adeptos, pero una pálida minoría la practicante. «No necesitamos a un dios policía o a sus agentes para generar un clima en el que podamos hacer promesas y conducir los asuntos humanos sobre la base de ellas […]. Además, no hay ninguna razón por la que el hecho de no creer en la inmaterialidad o en la inmortalidad del alma pueda hacer a una persona más despreocupada, menos moral, menos comprometida con el bienestar de todos los habitantes de la Tierra que alguien que cree en el espíritu», afirma Dennet. Empero, El sigue vivo en los juramentos legales de varios países.

El bien y el mal no solo existen porque coinciden con las nociones de fiel o infiel en la religión, sino porque atañen a la utilidad y felicidad de la humanidad. «El valor de un ser humano no viene determinado por su grado de posesión supuesto o real de la verdad, sino más bien por la honestidad de su esfuerzo por alcanzarla. No es la posesión de la verdad, sino más bien la búsqueda de la misma, lo que ensancha su capacidad y donde puede hallarse su creciente perfectibilidad», escribe Gotthold Lessing en Anti-Goeze.

Un principio divino –anota Esther Díaz en el prólogo de la citada obra de Onfray– es sólo un conjunto de palabras. No hay entidad que lo sostenga. Más allá no hay nada. Pero en este mundo, en la contundente realidad de la inmanencia, existen pensamientos alternativos a la teología hegemónica. Existen sujetos alegres que aman la vida. Hay materialistas, cínicos, hedonistas, sensualistas, dionisíacos. Ellos (tal como señala Onfray) saben que sólo tenemos un mundo y que al negarlo –o concentrarnos en lo trascendente desde una óptica metafísica– nos arrojamos a la pérdida de su uso, disfrute y beneficio. 

Ahora que conoces una alternativa a la teología, ¿te inscribirías en esta filosofía de vida?. Cuando deliberes recuerda al Gran inquisidor en Los hermanos Karamazov de Dostoievski: «más allá de la tumba no hallarán nada más que la muerte. Pero guardaremos el secreto, y por su felicidad los atraeremos con la recompensa del cielo y la eternidad»
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¿Por qué el clero no debe participar en política?

CHRISTIAN GADEA SAGUIER
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El gobierno paraguayo –a cargo de la Presidencia pro tempore del Mercosur– organizó esta semana (marzo 9-15 2009) junto con los impulsores de la Teología de la Liberación el «primer diálogo interreligioso del Mercosur». La Conferencia Episcopal de la misma nación –en su primera reunión del año, marzo 2009– reclamó al Gobierno el fin el de la inseguridad, el desempleo y la migración. La Iglesia Católica en Brasil enfrenta al Estado ante el aborto practicado a niña de nueve años embarazada de gemelos tras ser violada por su padrastro. Estos hechos –que generan indignación en mi persona– me provocaron encontrar las argumentaciones que responden a la pregunta que lleva por título esta nota.

La distinción de raigambre evangélica entre Dios y el César que suponen realizada por Jesús (Mt.20, 15-22) delimita ambas jurisdicciones, política y religiosa, y es conocida con la expresión «dualismo cristiano»; sin embargo, se da en los hechos la participación de una parte del clero en la política de las naciones. ¿Cómo manejar los límites de este encuentro sin que la religión termine convertida en un mensaje político y la política convertida en una religión? 

También es importante resaltar que la corrupción en Latinoamérica convirtió a la vida política en un territorio casi completamente desprestigiado, y a veces algunos políticos pretenden dirigirse hacia la religión en la búsqueda de una abandonada pureza –que tampoco tiene la Iglesia, solo basta recordar los ríos de sangre en épocas inquisitoriales–. 

La Iglesia Católica se opuso a la separación de la política con respecto a la religión debido a su adhesión histórica al régimen monárquico, representado en la persona del Rey, pero no le quedó otra que ir reconociendo, por lo menos gradualmente, la legitimidad de la soberanía del pueblo. Fueron los ideólogos liberales quienes sostuvieron en cambio que el pueblo es soberano, y que no es ningún dios sino la soberanía popular la real fuente del poder. Esta corriente acuñó el laicismo, que sostiene –como parte de su doctrina– la separación completa de la Iglesia y el Estado, negando toda legitimación a un orden divino ajeno a la voluntad del nuevo soberano que quedaba así constituido en la fuente primaria de la autoridad. 

Ante una nueva visión del mundo, las relaciones entre lo político y lo religioso fueron redefinidas por la Iglesia Católica durante el Concilio Vaticano II, y fundamentalmente en dos documentos: la Constitución pastoral Gaudium Spes y la Declaración Dignitatis Humanae. Estos se complementan con otros como: Lumen Gentium, Apostolicam Actuositaten, Unitatis Redintegratio y Nostra Aetate

Entonces, ¿cuál es el fin de la Iglesia Católica? Roberto Bosca, en Política y Religión, destaca que Juan Pablo II, en Puebla de los Angeles, al inaugurar la III Conferencia General del Episcopado Latinoamericano (febrero 1979) consideró necesario advertir a los obispos de un modo muy claro y descarnado sobre ciertos reduccionismos que amenazaban convertir a la Iglesia en un instrumento de la revolución social. «La Iglesia tiene una misión espiritual y religiosa», indicó. El Papa se había inspirado en el Evangelii Nuntiandi de Pablo VI, donde se explica el sentido de la evangelización en el contexto cultural de nuestro tiempo, según Bosca. Además, Código de Derecho Canónico lo define con claridad: «el fin supremo de la Iglesia es la salvación de las almas». También indica: «La misión de la Iglesia no es de orden político, ni económico sino moral».

Por lo tanto, la Iglesia como tal no tiene la misión de establecer la Justicia, ni es su finalidad transformar las estructuras de la vida social. No le corresponde dar soluciones temporales de nada, según escribe Javier Hervada en su artículo Pensamientos sobre sociedad plural y dimensión religiosa, publicada en la revista Ius Canonicum (XIX, 1979). No le corresponde dar soluciones temporales sencillamente porque la misión salvífica no es de esa naturaleza, sino que es de orden sobrenatural. 

Benedicto XVI, siendo cardenal, previno contra la tentación de la participación política del clero: «En la Iglesia no estamos para asociarnos y ejercer un poder», expresó en La sal de la tierra. Cristianismo e Iglesia Católica ante el nuevo milenio. Y después, como Papa, en su encíclica Deus Caritas Est exhortó: «…en este punto se sitúa la doctrina social católica: No pretende otorgar a la Iglesia un poder sobre el Estado». 

En consecuencia, la participación del clero en política deviene en un clericalismo que toma su contenido de las ideologías o las corrientes políticas del tiempo. El clero transforma su misión en una ideología de la fe, pretendiendo imponer una determinada propuesta política, omitiendo que esta tarea es para los laicos. El clericalismo es una corrupción de la vida religiosa que se viene dando a lo largo de toda la histórica de la Iglesia; representa el deseo de la instrumentación de la fe desde una perspectiva de poder, que se articula cuando el sacerdocio asume un liderazgo temporal excediendo su esfera específica.

No puede desconocerse que el clero tiene –a fuerza de la hoguera– la representación de quien considera que fue el hijo de un dios, y en un sentido similar cuenta con la representación oficial de la Iglesia, por lo que el Sínodo de Obispos de 1971 prescribió que el sacerdote debe apartarse de cualquier cargo o dedicación política. La postura surge atendiendo que la institución en razón de su misión no asume como tal un compromiso político concreto y directo sino a través de sus fieles laicos, que en particular considero que lo deben cultivar en su intimidad.

El gobierno paraguayo, y ningún ciudadano latinoamericano puede olvidar que la Teología de la Liberación representa una suerte de retorno a las actitudes fundamentalistas del monismo precristiano y pretenden de hecho una verdadera politización de la estructura eclesiástica, tal vez hoy velada por otros temas como la ecología y la participación ciudadana.  

En cuanto a la doctrina social de la Iglesia –declarada en Gaudium Spes– es nada más que una luz que les permite a sus fieles leer la realidad con una visión cristiana, pero en el pasado quedó su poder hegemónico, a pesar de que algunos clérigos lo miran con añoranza. 
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¿El crepúsculo de la masonería patriarcal?

CHRISTIAN GADEA SAGUIER
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Las corrientes masónicas de la actualidad son organizaciones que se formaron a partir de la modernidad, pero en los albores del siglo XXI se hace insostenible, desde el punto de vista democrático y social, seguir manteniendo ciertas tradiciones propias de tiempos pretéritos. Conozco a muchos masones que no quieren saber nada de los rasgos fundamentales de la cultura contemporánea, y caprichosamente continúan cultivando sus costumbres con una visión del mundo en fase declinante. 

La noción de modernidad y sus ideas afines como la ilustración y la secularización fueron ampliamente divulgadas por filósofos, historiadores y sociólogos, pero hay un aspecto que en la mayoría de los estudios se pasa por desapercibido. Releyendo a los intelectuales de la época y teniendo presente que estamos próximos a conmemorar el Día Internacional de la Mujer, encontré la oportunidad propicia para pensar la masonería desde la otredad. 

Se podría datar –desde lo político– el inicio de la modernidad con la firma de los tratados de paz en Westfalia, documentos que a la vez dieron inicio a un nuevo orden en el centro de Europa basado en el concepto de soberanía nacional. La Ilustración tuvo en común un ambicioso programa de secularización, humanismo, tolerancia, cosmopolitismo, valores que asumió como propia la masonería de entonces con la creación de las dos potencias –en la actualidad con nombres diferentes– que lideran las dos principales corrientes masónicas: La Gran Logia Unida de Inglaterra y el Gran Oriente de Francia. A ambos estándares les caracterizaba sobre todo un fervor por la libertad y la participación política. 

Los ilustrados –entre ellos muchos masones– proclamaron su visión del mundo como universal, pero por «universal» se entendía que el mundo y el hombre se regían por un conjunto único de leyes naturales. El concepto de uno, de universal, de único no admitía la otredad, la diferencia. Por lo tanto la Libertad, la Igualdad y la Fraternidad fueron válidas únicamente entre varones en detrimento y en exclusión de las mujeres

La modernidad no pudo concebir la igualdad en diferencia, pero no se debe condenar a sus ideólogos con los valores del presente siglo; un caudal de agua pasó debajo del puente de la historia y el río ya no es el mismo. Se fundamentó y sostuvo en la igualdad entre iguales y en la dominación de los diferentes. Entre esas dominaciones, el caso de la mujer tal vez sea el más paradigmático, tal como lo publicó la escritora francesa Simone de Beauvoir en El segundo sexo. La diferencia entre géneros fue atribuida por los hombres de la época como un hecho de naturaleza y no de cultura. No se preocuparon por desmontar la herencia inmemorial de esa inequidad entre géneros, pues lo concibieron como hechos biológicos, inmutables y no como construcciones sociales, políticas y culturales, tal como se admite en la actualidad.  

La igualdad entre diferentes se vuelve viable recién a medidos del siglo pasado. Según el sociólogo Manuel Castells en El poder de la identidad, dos factores facilitaron este proceso: la globalización y la crisis del patriarcado. La revolución generada por las nuevas tecnologías de la información, la reestructuración del capitalismo, el debilitamiento del estado-nación, la fuerza política de los movimientos sociales y el surgimiento de nuevas identidades culturales forjaron una nueva forma de vida en sociedad: La sociedad en redes, con Internet como principal exponente. Por lo tanto, la globalización que se caracteriza, entre otras cosas, por flujos continuos de personas, capitales, bienes, servicios logró reactualizar los cimientos de la sociedad moderna.

Este proceso sacudió, y aún continúa, profundamente a una de las instituciones sociales más enraizadas en la vida de las personas: El patriarcado, definido por la historiadora Pilar Pérez en El lado oscuro de la secularización –una nota para el libro Laicismo Vivo publicado por la Gran Logia Equinoccial del Ecuador– como la autoridad del varón sobre la mujer y sus hijos. Una autoridad que fue impuesta desde el Estado, la Iglesia y la propia familia. 

De allí que la identidad de los varones modernos se construyó desde una superioridad concebida desde la diferencia. Por su parte, la identidad de la mujer se edificó sobre representaciones de debilidad, sumisión e inferioridad. Sin embargo, en el primer tercio del siglo pasado, varios factores empezaron a resquebrajar los cimientos del patriarcado. Entre las acciones más destacadas se encuentran la institucionalización de la educación laica universal para las mujeres y su incorporación masiva en trabajos remunerados. A esto se suma, desde los últimos años, el uso masivo de la anticoncepción y la lucha de movimientos en procura de la libertad e igualdad en derechos. 

Por lo tanto, el desmoronamiento de la familia patriarcal y las nuevas identidades de la mujer constituyen factores decisivos para el surgimiento de movimientos fundamentalistas religiosos que pretenden regresar a la mujer al antiguo orden, por lo que el proceso hacia la equidad de género no estará cerrado hasta que no desaparezcan las estructuras del patriarcado. 

Ante estas transformaciones sociales y políticas que no se pueden negar o edulcorarlas  ¿estará la masonería masculina debatiendo la necesidad de actualizar sus tradiciones y renovar sus estatutos para permitir la membresía femenina? ¿Se situarán al mismo nivel protagónico de los masones fundadores de las corrientes masónicas en el siglo XVIII? 

Aquellos masones supieron valorar el legado y la historia que contenía la masonería antigua y la imprimieron junto a una acertada visión de futuro que incluyó la que elaboraron nuevos usos y costumbres y la redacción de una Constitución que dio vida a la masonería moderna, colocando el legado recibido en la vanguardia del pensamiento y la acción social y política.  

Los fundadores de la corriente masónica del Derecho Humano supieron entender esa responsabilidad e instauraron la primera obediencia mixta internacional a fines del siglo XIX. A medio camino se encuentra el Gran Oriente de Francia, donde la mayor parte de los talleres recibe a las hermanas visitantes, aun cuando en su último Convento la posibilidad de membresía femenina quedó en status quo. En el crepúsculo de la modernidad queda la Gran Logia Unida de Inglaterra, pero ojalá encuentren el aliento que impulsó a sus fundadores, de lo contrario tal vez les aguarde una existencia que mira al pasado con nostalgia. 
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¿La masonería es una religión?

CHRISTIAN GADEA SAGUIER
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No son pocas las personas que consideran a la organización masónica como un fenómeno religioso, delimitando el término «fenómeno» dentro de filosofía de Immanuel Kant, como lo que es objeto de la experiencia sensible. Es decir, ven las prácticas masónicas como religiosas. ¿Es esto así o es una ilusión influenciada por el prejuicio y la ignorancia?

Para encontrar una respuesta, que logre levantar el velo del prejuicio y aporte luz a las tinieblas de la ignorancia, es necesario entender de qué se habla cuando se expresa «es una religión». La noción es tan basta y tan heterogénea que es inviable definirla en una nota para que se comprenda de una manera completamente satisfactoria. No obstante, unas ideas podrían encender la chispa investigadora en el lector para continuar leyendo otras al respecto.

Desde todos los rincones del mundo y en todos los ámbitos, llevamos años bombardeados con propaganda teológica, al punto que conozco personas totalmente heridas que no entienden la vida sin los dictados de una religión particular. Para brindarles un bálsamo, sería una buena acción definir qué es una religión, para luego comparar las características reunidas con las prácticas masónicas y lograr responder a la cuestión planteada en el título de este trabajo.

Según Emile Durkheim –uno de los fundadores de la sociología moderna– en Las formas elementales de la vida religiosa «una religión es un sistema solidario de creencias y prácticas relativas a las cosas sagradas; es decir, separadas o prohibidas, creencias y prácticas que reúnen en una misma comunidad moral a todos los que se adhieren a ellas». Esta definición centrada en las nociones de sagrado y comunidad nos ofrece el sentido amplio, sociológico o etnológico de la palabra religión.

Dentro de un sentido más restringido, menos etnológico que teológico o metafísico, algo como un subconjunto del primero postulado por el sociólogo francés, podría decirse que la religión es casi siempre una creencia en una o varias divinidades. Un conjunto organizado de creencias y de ritos referidos a cosas sobrenaturales o trascendentales y especialmente a uno o varios dioses; creencias y ritos que reúnen en una misma comunidad moral y espiritual a quienes se reconocen en ellos o los practican. ¿Se necesita integrar este subconjunto para ingresar a la Masonería?

Kant en sus postulados de la razón práctica –proposiciones que no pueden ser demostradas desde la razón teórica pero que han de ser admitidas si se quiere entender el factum moral– sostiene que algunos necesitan de un dios para consolarse, para tranquilizarse, o escapar del absurdo y la desesperación, o sencillamente para dar una coherencia a su vida. Por lo tanto, todo teísmo es religioso, pero no toda religión es teísta.

Como último análisis del fenómeno religioso es insoslayable comprender el origen de la palabra «religión». Varios autores, desde Lactancio o Tertuliano, pensaron que el latín religio, de donde procede «religión» viene del verbo religare, que significaba «religar». Se dice entonces que religión es lo que religa. Esto no prueba que el único vínculo social posible sea una creencia divina. La historia ha probado lo contrario; sin embargo ninguna sociedad puede prescindir de vínculo. Así, lo que liga a los creyentes entre sí no es Dios, cuya existencia es dudosa, sino el hecho de que comulgan en la misma fe. El término en estudio tendría otro origen, menos antiguo pero más lógico que el primero. Lo postula Cicerón, quien piensa que religio proviene más bien de relegere, que podría significar «recoger o releer». En este sentido, la religión no es lo que religa, sino lo que recoge o se relee.

Un conocido, quien me motivó a pensar el presente tema, me escribió un mail en respuesta a mi nota anterior aseverando que la Masonería es una religión puesto que «ella es sagrada, tiene rituales y dogmas». Si comparamos lo que nos expresa Durkheim con el mail podríamos encontrar similitudes semánticas pero definiciones, usos y prácticas distintas.

Para los masones sus prácticas son sagradas porque sencillamente son dignas de veneración por lo que representan y recuerdan. Propagan un compromiso de fortalecimiento vital, independiente de toda religión u concepción metafísica, más que un culto a un Ser Supremo. El problema que suscita la expresión «sagradas» en la mente de algunos es que sólo comprenden el término como algo digno de veneración por su carácter divino, o por estar relacionado con fuerzas sobrenaturales. En cambio, si se entiende la misma expresión por lo que no puede ser transgredido sin sacrilegio o sin deshonra, es verosímil que no haya sociedad que pueda prescindir duraderamente de ella. En esta última definición se ciñe la Masonería.

Los ritos practicados en la organización de la escuadra y el compás aluden a las costumbres que hacen al conjunto de reglas establecidas para realizar las ceremonias, que se elevan de toda confesión religiosa, escuela filosófica u organización política. Consisten en acciones dispuestas para lograr el perfeccionamiento intelectual y social del individuo y por él extender a la humanidad; por ende es una fraternidad universal que tiene por principios la Libertad, la Igualdad, la Tolerancia… y como único absoluto a la libertad de conciencia. Entendida de esta manera, dentro de los rituales masónicos no se alude o cultiva lo sobrenatural, sino que se estima que las concepciones metafísicas de algún principio superior son de dominio exclusivo y de la apreciación individual de sus miembros.

Quien me envió el correo también aludió a que la masonería es una secta. Este término, cuya primera acepción en el Diccionario de la Real Academia Española significa «conjunto de seguidores de una parcialidad religiosa o ideológica», se halla sometido al mote religioso, en particular desde el Vaticano, para designar a un conjunto de creyentes en una doctrina particular o de fieles a una religión que el hablante considera falsa. Tomando el vocablo en su segunda significación, la masonería no es una secta, puesto que no es un conjunto de creyentes, tampoco es falsa porque no existe una absoluta masonería sino corrientes masónicas, unas más tradicionales–concervadores y otras más liberales–progresistas.

Por lo tanto, la masonería no es una religión, pero para saber lo que es no basta leer una nota sino vivirla.
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Alternativas a la creencia divina

CHRISTIAN GADEA SAGUIER
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¿Es posible la existencia sin Dios? Sí, por supuesto. Quien escribe y una legión de no creyentes vivimos, lo que demuestra que se puede vivir sin él, en el caso que sea definido como sujeto; entonces, ¿es probable que Dios no exista? Esta cuestión que se encuentra viajando en transportes públicos europeos es la actitud que tomamos no pocas personas, pero negar la idea de Dios como predicado se hace más difícil. Veamos… 

Esta semana lo expuso con claridad Fernando Savater en una tribuna de El País: «…decir que Dios probablemente no existe es decir demasiado o demasiado poco. Imaginemos que alguien nos pregunta si el Banco de Santander existe: como hay numerosas sedes de esa entidad, directivos y empleados, gente que le confía sus ahorros, cotiza en Bolsa y reparte jugosos dividendos, etcétera..., la única respuesta lógica y sensata es la afirmativa. Pero si mi interlocutor me asegura que acaba de encontrarse con el Banco de Santander por la calle y le ha revelado fórmulas para escapar de la crisis, me negaré a creerle... porque el banco en cuestión no existe, es decir, no existe en el sentido que vale para los viandantes, Barack Obama, la sierra de Gredos o los animales invertebrados. Creo que lo mismo ocurre con Dios: en un sentido es imposible negar que existe, en otro es imposible afirmarlo». Ante esta situación se presentan tres caminos para romper el hechizo divino.

En particular no soy partidario del mote religioso con que se define las variantes a la creencia: ateo o agnóstico; me cae mejor la palabra «naturalista» o «bright» acuñada por Daniel Dennet en su ensayo The bright stuff, donde llama la atención sobre los esfuerzos de algunos agnósticos, ateos y otros partidarios del naturalismo por poner en circulación un término para los no creyentes. ¿Qué es un bright? Nuestro sitio web en español lo define claramente: «Un bright es una persona con una visión naturalista del mundo. Su visión del mundo está libre de elementos místicos o sobrenaturales. La ética y acciones de un bright se basan en una visión naturalista del mundo». La palabra «bright» significa literalmente «brillante». El título del artículo referido es también un juego de palabras: significa, por una parte, «la materia brillante» y, por otra, así como «lo de los Bright» o «la cosa de los Bright». 

Pero, si me resigno al mote, me parece imposible hacer compatible el ateísmo con el afán misionero. Como individuos tenemos distintas circunstancias entre las que funcionamos. No pensamos de la misma forma en varios asuntos de acción y, más allá de otros principios, no es deseo de este autor presionar para su conformidad. Nuestros países, culturas, política, género, profesiones, intereses y demás, difieren ampliamente. Sin embargo, estamos generalmente «en sincronía» los unos con los otros porque compartimos una visión del mundo libre de elementos místicos y sobrenaturales. Esto es lo que nos une. No tenemos necesidad de reunirnos todos los días, ni cada siete, ni con motivo de ninguna festividad, ni para proclamar nuestra rectitud o postrarnos en nuestra indignidad; no necesitamos ningún sacerdote, ni alguien que custodia la doctrina, somos libres. No confiamos exclusivamente en la ciencia y en la razón, ya que estos elementos son necesarios en lugar de suficientes, pero desconfiamos de todo aquello que contradiga o atente contra la razón, respetando la libre indagación, la actitud abierta y la búsqueda de las ideas por lo que valen en sí mismas, sin mantener nuestras convicciones de forma dogmática.

Ahora, echemos la mirada a los senderos más conocidos transitados por los no creyentes: ateo y agnóstico. Ambos tienen en común el hecho no creer en Dios; sin embargo, el primero es una apuesta, pero negativa. «Un pensamiento que sólo se alimenta de la ausencia de su objeto», sostiene André Comte-Sponville en El alma del ateísmo

Conozco dos formas de ateísmo: no creer en Dios (forma negativa), o creer que Dios no existe (forma positiva). En estas dos variantes el ateo toma partido contra la existencia de Dios. No tiene una certeza sino que imprime una apuesta en virtud de pruebas que le llevan a considerar más bien ausencia que presencia. Se asocia mucho el ateísmo con tristeza, sinsentido, escepticismo, cuando en realidad representa lo contrario. Celebración de la vida, la naturaleza, despojado de los sentidos trascendentales. 

«…ser ateo no quiere decir tampoco sentir a la existencia vacía: esa es la representación que un creyente hace del ateísmo porque para él, si no hay dios, entonces esta realidad carece de sentido y de orden. Para el ateo el sentido no viene dado por ninguna realidad trascendente ni por ninguna existencia inmaterial y superior. La existencia tiene sentido de por sí, y en verdad tiene un sentido superior al de nuestras fuerzas. La vida es perfecta como es: avasallante, feroz, increíble, sensacional, compleja, desbordante, exuberante, maravillosa, incomprensible. Que no pueda comprenderse no quiere decir que haya que apelar a Dios, hay que entender y aceptar que la vida no es un fenómeno para comprender sino para experimentar, es plena en sí misma y no va a dar a ninguna parte. Tras la muerte, nada…», escribe Alejandro Rozitchner en Hijos sin dios

El agnóstico en cambio no cree nada; ni que dios exista ni que no exista, deja la cuestión en suspenso. Es aquel que se niega a elegir, colocándose en una especie de centrismo metafísico. No toma partido, no se pronuncia, pero se cuestiona sobre el por qué habría que pronunciarse sobre algo que ignora, por lo tanto elige no elegir. 

Respeto a los creyentes, pero trato también que se respete a los no creyentes, una situación que no sucede del todo. Hay creyentes que me tocan el timbre para hablarme de Dios, ¿podría yo salir los domingos por el barrio para decirle a la gente que no necesita esconderse tras el velo de la fe? 

Sigmund Freud estaba bastante en lo cierto cuando en el Porvenir de la Ilusión describía el impulso religioso como algo esencialmente imposible de erradicar hasta que la especie humana venza su miedo a la muerte y su tendencia al pensamiento ilusorio, o a menos que ambas cosas sucedan.  La vida, la inteligencia y el razonamiento comienzan precisamente en el punto en que termina la fe. Como desafió kant «sapere aude» (atrévete a saber).
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Charles Darwin, un visionario vigente

CHRISTIAN GADEA SAGUIER
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El hombre que destronaría al ser humano de su lugar de privilegio en la naturaleza, que refutaría varias de las creencias fundamentales de su época y cuyas ideas tendrían una influencia pocas veces igualada en la ciencia, la sociedad y la cultura, Charles Darwin, nacía hace hoy 200 años, el 12 de febrero de 1809 , en Shrewsbury, Gran Bretaña. 

Podemos debatir si los trabajos y teorías –y a la cabeza de éstas, la del origen de las especies mediante selección natural– de Darwin son más o menos importantes que el sistema geométrico que sistematizó Euclides, que la dinámica y teoría gravitacional de Newton, que la química que creó Lavoisier, que la relatividad de Einstein, que la física cuántica o que la teoría biológico-molecular de la herencia; pero lo que es difícil negar es que ninguna de esas contribuciones logró lo que consiguieron las de Darwin, que desencadenaron una serie de procesos que afectaron a algo tan básico como nuestras ideas acerca de la relación que nos liga con otras formas de vida animal que existen o han existido en la Tierra. Por ello, «si quisiéramos conceder un premio a la mejor idea jamás concebida, ese premio, antes que a Newton, Einstein o cualquier otro, correspondería ciertamente a Darwin», expresa Daniel Dennet, en Romper el hechizo.

Mas allá de las celebraciones, en este «año de Darwin» se dibujan dos grandes polémicas que han adquirido notable virulencia. Una es la que enfrenta a evolucionistas y creacionistas, y en la cual la Iglesia Católica ha tomado partido: «Hoy, los nuevos conocimientos conducen a reconocer en la teoría de la evolución algo más que una hipótesis», dijo Juan Pablo II. Y el teólogo anglicano Malcom Brown formuló una disculpa pública por «no haber entendido» a Darwin. 

El enfrentamiento entre evolucionistas y creacionistas no es la única gran polémica generada por las ideas de Darwin. La otra polémica divide a quienes aspiran a mantener las ideas darwinianas en el ámbito biológico y los continuadores del darwinismo social, que tratan de explicar las conductas humanas a la luz del evolucionismo. Esta pelea tiene un bando que quiere mantener la teoría de la selección natural en el estricto campo para la cual fue creada, es decir, la biología, y otro bando que, inspirado en el pensador decimonónico Herbert Spencer, intenta aplicarla a la explicación y justificación de las conductas humanas. Teoría biológica en Darwin, teoría biologista en Spencer. 

A la vista de todo lo dicho, podría pensarse que la única actualidad de Darwin y de su obra es la de honrar su memoria utilizando la excusa de los dos mencionados enfrentamientos. La evolución entendida a la manera de Darwin es un hecho científico, contrastado de manera abrumadora, y su relevancia para situarnos en el mundo es obvia, pero no es universalmente aceptada. En Estados Unidos solamente la acepta el 40% de la población. En Europa su aceptación es mayor, especialmente entre los franceses y los escandinavos (creen en ella aproximadamente el 80%), aunque no deja de tener problemas: en una encuesta realizada en Reino Unido por la BBC en 2006, el 48% la aceptaba, mientras que el 39% optaba por alguna forma de creacionismo, y un 13% «no sabía».

Una crítica clásica contra Darwin es que, pese a haber titulado su libro El origen de las especies (1859), un libro legible, claro, lleno de ejemplos, donde refleja una enorme honestidad que plantea todos los argumentos, no sólo los que le resultan útiles. Sus ideas han invadido la ciencia y la medicina, pero también el arte, la filosofía, la política; pero justo no aclaró cómo se originaban las especies; entonces ¿quién descubrió la evolución? 

Por cierto que no fue Darwin. En la época de El origen de las especies la teoría que postulaba que las formas de vida más complejas se desarrollaban a partir de las más simples era ya vieja. La contribución original de Darwin fue haber comprendido que todas las formas vivientes, incluyendo al hombre, se desarrollan solamente por selección natural y sexual. La selección natural se basa en la acumulación gradual de pequeños cambios, mientras que las especies suelen ser entidades discretas y bien definidas: vemos leones y tigres, no una escala Pantone de leotigres.  

La investigación reciente, sin embargo, ha aclarado muchos puntos del problema de la especiación, o generación de nuevas especies, y ha confirmado que la especiación tiene una relación directa con la selección natural  darwiniana. También han revelado unos principios generales que hubieran resultado sorprendentes para el padre de la biología moderna.

La idea de que la competencia entre seres vivos es el principal motor de la evolución arranca del propio Darwin y suele ser la preferida por los biólogos. Se la conoce como la hipótesis de la reina roja, por el personaje de Lewis Carroll que le dice a Alicia en A través del espejo: «En este país tienes que correr todo lo que puedas para permanecer en el mismo sitio». 
Cursiva
¿Es legítimo ocultar a los niños ese mundo científico, condicionando así sus opiniones futuras, en aras a algo así como «mantener su inocencia», o por las ideologías de sus padres? «…en cuanto a mí, creo que he actuado de forma correcta al marchar constantemente tras la ciencia y dedicarle mi vida, –habla Darwin en su Autobiografía–… Nada hay más importante que la difusión del escepticismo o el racionalismo…». 

«Darwin transformó la idea dominante de estabilidad que abarcaba la Tierra, todas las especies que viven en ella e incluso las clases sociales, en una sucesión de imágenes en movimiento», escribe el paleontólogo Niles Eldredge, autor de Darwin, el descubrimiento del árbol de la vida, recién publicado por Katz Editores.

Recordar y celebrar a Darwin es más que un acto festivo; constituye un homenaje a la ambición y el rigor intelectual, al poder de nuestra mente para comprender el mundo. Y también es un ejemplo de que la investigación científica no tiene por qué ser ajena a atributos humanos como son el amor a la familia, la decencia, la discreción o el ansia de justicia. 

La biografía de Charles Darwin -un hombre que atravezó un largo y complejo camino, que le llevó a consecuencias que no había previsto y que le obligaron a desprenderse, en un doloroso proceso, de las creencias religiosas en que había sido educado- está repleta de todo esto. El evolucionismo darwiniano nos suministra un marco conceptual y explicativo imprescindible para comprender el mundo natural de manera racional, sin recurrir a mitos.

La lucha por una muerte digna

Christian Gadea Saguier
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Eulana Englaro, una mujer italiana en coma desde hace casi 17 años, cuyo padre mantiene una batalla jurídica desde hace 11, espera en la clínica La Quiete de Udine el momento de ver reconocido su derecho, sancionado por todas las instancias judiciales posibles, a no vivir sin capacidad de entender y querer. Sin embargo, un golpe de efecto político de Silvio Berlusconni, aplaudido desde los balcones del Vaticano, pretende evitar la decisión de la mujer. 

Es muy curioso que Berlusconi haya salido precisamente ahora a escena. Cuando era primer ministro, en 2004, Beppino –su padre– escribió una carta pidiéndole ayuda. No respondió. Como la política no hizo nada y el Gobierno tampoco, se dirigió a los jueces. Les pedió ayuda y ellos cumplieron su deber. Durante más de diez años todas las instancias judiciales examinaron hasta el más mínimo detalle y aprobaron el deseo de Eulana.

Tres médicos están intentando cumplir al 100% el protocolo que decidió el juez.  Hoy se cumple su tercer día sin recibir alimento ni hidratación alguna y se encuentra en un «estado físico óptimo», asegura su neurólogo, Carlo Alberto Defanti, en declaraciones al diario Corriere della Sera. «Durante la primera semana sin alimentación ni hidratación no debería correr grandes riesgos. Probablemente resistirá incluso más de la media», ha manifestado el especialista. 

Respecto a su estimación sobre cuándo se produciría el óbito, si continúa el proceso, Defanti ha respondido: «Desde el momento de la suspensión (el viernes pasado) de la alimentación y la hidratación artificial a la muerte podrían pasar incluso de 12 a 14 días». El médico ha subrayado que ha cuidado a Eluana todo este tiempo y que ahora la está ayudando a morir. «Ayudo a una persona a cumplir su propia voluntad. Se trata de un ser humano indefenso que ha sido traicionado por todos, excepto por su padre y otros pocos. Y quizá lo sea todavía. Asumo mi responsabilidad. No doy un paso atrás», indicó a El País

«La Iglesia no tiene nada que ver en el asunto. No me puede imponer sus valores. Puede opinar, pero lo que diga no tiene que ver conmigo ni con Eluana. El magisterio de la Iglesia es moral sólo para sus fieles; el Estado es laico, y en él están también los católicos. Lo que dice la Iglesia les debe afectar a ellos, no a los que no profesamos esa confesión. De forma que todo lo que digan es su problema, no mío», expresó el padre en una entrevista concedida al El País el domingo pasado. 

El proyecto de ley de Berlusconi contiene un solo artículo en el que se dice que «a la espera de la aprobación de una completa y orgánica disciplina legislativa en materia del fin de la vida, la alimentación y la hidratación, en cuanto formas de ayuda vital y fisiológicamente indicadas para aliviar el sufrimiento, no pueden en ningún caso ser rechazadas por los sujetos afectados ni por quien asista a sujetos que no pueden valerse por sí mismos». Se esperan sesiones maratónicas en el Senado. Tras su votación, el texto pasará a la Cámara de los Diputados. Si ambas Cámaras aprueban el proyecto de ley, el texto necesitará la firma del presidente de la República, Giorgio Napolitano, y su publicación en el Boletín del Estado para entrar en vigor, lo que podría ocurrir el miércoles próximo por la tarde.

Su padre está más tranquilo que nunca. En paz. No le afecta la manipulación política que ha hecho del caso Silvio Berlusconi, ni el escándalo apocalíptico orquestado por el Vaticano, ni las acusaciones de asesinato que, otra vez el fin de semana, le lanzó la curia romana. «La condena a vivir bajo cualquier condición es mucho peor que una condena a muerte», dice desde su casa de Lecco, donde espera el desenlace con su mujer, Saturna, enferma de cáncer desde 1992, el año en que Eluana tuvo el accidente que la dejó en estado vegetativo.

Las presiones del Vaticano y de la Conferencia Episcopal Italiana, negadas y admitidas a la vez ahora desde San Pedro, han sido constantes, públicas y notorias, sobre todo desde que, en noviembre del año pasado, el Supremo refrendó la sentencia del Tribunal de Apelación de Milán que reconocía el derecho de Eluana a ser desconectada. En primera línea de la ofensiva se ha implicado, por primera vez, el equipo de Gobierno del Papa, que además coincide con el sector más integrista de la Curia. El Vaticano ha hecho campaña «cultural» desde medios públicos y privados, propios y ajenos, para tratar de movilizar a la opinión pública italiana, muy favorable a Englaro antes de la ofensiva. Descalificaciones, rebelión contra la sentencia judicial, insultos al propio Englaro, petición de que le sea retirada la patria potestad... «Homicidio de Estado», «asesinato», «condena a muerte...» Todo ha servido. La culminación de toda esta fase de «no injerencia» fue el aplauso inmediato de la Curia al decreto y las críticas a Napolitano por no firmarlo. 

Beppino es tachado de «muy laico». Los 2009 años de historia de la Iglesia van por un lado y el Estado va por el suyo. Para pedir justicia no se dirigió a ellos, sino a los tribunales de Justicia. A ellos no les pede nada, ni se lo pedirá, asegura. «Pueden decir lo que quieran, no lo discuto, pero esta historia está fuera de su poder», sentencia el padre.

La implicación del Vaticano ha sido tal que incluso Giulio Andreotti, senador vitalicio y siete veces primer ministro, ha criticado la maniobra en una entrevista a La Stampa. Ha defendido a Napolitano por no firmar un decreto «inconstitucional», ha atacado al Gobierno por implicarse «en un asunto privado», y ha pedido a la Iglesia que «dé marcha atrás», «baje el tono» y que suprima «las manifestaciones en la calle». 

¿Hasta cuándo estaremos sujetos a los deseos de la curia vaticana y a los manotazos de políticos oportunistas? ¿Quiénes son ellos para indicar cómo vivir y menos cómo morir? Eulana eligió morir y debemos respetar su deseo. Ojalá descanse en paz. 

¿Cuál es el origen de la moral?

La indagación sobre el tema en cuestión me fue motivada luego de un encuentro de filocafé que realicé en la ciudad de Encarnación en la quincena de enero, donde uno de los participantes afirmó: «no podemos vivir moralmente sin dios o sin alguna religión». Sumó aún más este mail que recibí de una lectora: «me llamo Rocío y soy de México, tengo una duda... y me gustaría que me ayudase a responderla: ¿qué es el bien y qué el mal?...». 

La primera respuesta que se ocurre, influencia por las lecturas de la época, fue buscar su origen dentro de la función evolutiva del ser humano, puesto que no encuentro la moral en un caballo, o la moral de un pingüino, sí podemos observar la moral de uno; por lo tanto, la función moral, junto con otras, también nos distingue esencialmente de los demás animales. 

Esta función surgió como alternativa a la fuerza física y bruta para preservar la estabilidad social, puesto que con anterioridad a nosotros sólo esas fuerzas solucionaban los problemas para preservar un orden armónico entre las especies sociales. Todas las culturas poseen un conjunto particular de lo que podríamos clasificar como «conductas morales» que podría definirse, según lo realiza Mattew Alper en Dios está en el cerebro, «como la tendencia que tiene nuestra especie a clasificar todos los actos como buenas y malas para el bienestar de un grupo». Esta propensión a diferenciar las conductas «buenas» de las «malas» se demuestra por el hecho de que todas las culturas han compilado listas de reglas y regulaciones que moderan dichas actitudes. 

La primera clave para demostrar que podemos estar evolutivamente determinados para una conducta moral, puede remontarse al extraño caso de Phineas Gage, un trabajador ferroviario que en 1848 sufrió un accidente con dinamita, y una varilla de hierro le atravesó el cráneo. Aunque Gage sobrevivió al accidente sin sufrir ningún detrimento notable en su intelecto, su personalidad cambió radicalmente. El relato del suceso, que lo leí en El error de Descartes escrito por Antonio Damasio, cuenta que antes del accidente Gage era conocido como un hombre honesto, dedicado a su familia y a su trabajo. Pocas semanas después del accidente, se convirtió en un vago irresponsable sin ningún sentido moral, y comenzó a engañar, mentir y robar. Estudios que se indican en la obra revelaron que el hierro le había atravesado la corteza prefrontal, indicando así que esta parte del cerebro podría tener un papel crucial en el razonamiento social y moral, lo que justificaría una interpretación neurobiológica de la conciencia moral. 

Considerando este enfoque, podríamos concluir previamente que la moral es únicamente humana, no del universo, de la naturaleza o introducida por un ser absoluto. Tal como postula Spinoza: «el bien y el mal no existen en la naturaleza», pero tampoco hay nada exista fuera de ella. 

Lo moral forma parte de lo real: este hecho, que impide que valga de un modo absoluto, imposibilita su abolición. Sólo lo real es absoluto, cualquier juicio de valor, relativo. Para Kant, y comparto, la moral es autónoma o no es moral. El comportamiento de quien sólo se prohibiera matar por temor de un castigo divino no tendría valor moral: no sería otra cosa que prudencia, miedo al policía divino. Entonces, ¿la moral no pude venir de las religiones? Exacto. No porque Dios, si se es creyente, me lo ordene algo está bien (porque entonces hubiera podido ser bueno para Abraham degollar a su hijo), sino que pueden creer que Dios ordena una acción porque es buena. Así, ya no es la religión la que funda la moral, sino la moral la que funda la religión. 

Tener una religión, puntualiza Kant en su Crítica a la razón práctica, consiste en «reconocer todos los deberes como mandamientos divinos». Para quienes no la tenemos no hay mandamientos divinos, pero sí deberes, que son los mandamientos que nos ponemos a nosotros mismos. Por lo tanto, no hay ninguna necesidad de creer en Dios para ser una persona moral, basta con considerar a los propios padres y maestros, a la conciencia y a los amigos. Sin embargo, como la persona que asistió al encuentro, hay quienes todavía confunden la moral con la religión, especialmente quienes buscan en la lectura literal de la Biblia o el Corán algo que los dispense de pensar por sí mismos.

En todas las grandes cuestiones morales, excepto para los integristas, creer o no creer en Dios no cambia en nada lo fundamental. Se tenga o no una religión, esto no le exime a uno de respetar al otro, su vida, su libertad y su dignidad. Que las religiones hayan ayudado a entenderlo forma parte de su aporte histórico, pero esto no significa que se basten a sí mismas o que tengan monopolio de la moral. El pensador Pierre Bayle, desde finales del siglo XVII, lo había señalado con rotundidad: «tan cierto es que un ateo puede ser virtuoso como que un creyente puede no serlo». 

No por carecer de religión uno traicionará a los amigos, robará o matará «si Dios no existe –dice un personaje de Dostoievski en Los hermanos Karamazov–, todo está permitido» ¡De ninguna manera!, porque no me lo permito todo. Si todo vale, nada vale: una ciencia no es más que una mitología como otras, el progreso es sólo una ilusión y una democracia respetuosa de los derechos humanos no es de ningún modo superior a una sociedad esclavista y tiránica. Esto nos conduciría a un nihilismo donde la moral no tendría cabida.

Si todo está permitido, uno ya no tiene nada que imponerse a sí mismo ni que reprochar a los demás ¿En nombre de qué podemos luchar contra el horror, la violencia o la injusticia? La solución es la fidelidad, el compromiso con los propios valores. En su Introducción a la Filosofía André Comte explica sobre la moral: es «…lo que uno se impone y no por interés sino por deber, sólo esto es propiamente moral. Moral es lo que te exiges a ti mismo, no en función de la mirada del otro, sino en nombre de determinada concepción del bien y del mal, del deber y de lo prohibido. Es el conjunto de reglas a las que tú te someterías incluso si fueras invisible...». 

Para concluir, pues de esto se puede escribir más de un libro…, toda moral es relación con el otro, pero antes una relación de sí mismo consigo mismo. Tú no vales más que el bien que haces, el mal que te prohíbes, y sin otro beneficio que la satisfacción de obrar correctamente. 

Christian Gadea Saguier

¿El bus ateo llegará a Latinoamérica?

Cuando te encuentres leyendo esta nota de seguro que ya te habrás cruzado con alguna publicidad en la vía pública que hacía referencia a una doctrina religiosa. Esto es natural en nuestras sociedades. En la ciudad en que vivo existen varios letreros de sanatorios evangelistas donde Jesús aparece detrás de un cirujano que se encuentra operando a una señora. El mensaje no es necesario escribirlo, ya tú sabes…

Pero desde el último trimestre de 2008 se encuentran circulando por Londres, Washington, Barcelona y próximamente en Madrid autobuses (ómnibus de pasajeros) que también transportan la siguiente publicidad: «Probablemente Dios no existe. Deja de preocuparte y disfruta de tu vida". 

La frase tiene ese delicioso toque escéptico tan del gusto de los ingleses; ni siquiera hace una declaración taxativa, sino que se limita a indicar una probabilidad, puesto que si la existencia de Dios fuera una evidencia, no sería motivo de fe, ni de apuesta. Se trata por lo tanto de un terreno propio de la libertad de cada uno, y su plausibilidad debe discutirse y respetarse en el ámbito de la sociedad civil.

«Choca esas cinco, ateo». El bus ateo inició su marcha hacia todo el mundo con un artículo titulado así en el diario británico The Guardian. Ariane Sherine, una periodista inglesa de 28 años, se había topado con un autobús en Londres decorado con citas bíblicas y una referencia a una web evangelista con la advertencia: «El que no sea creyente se quemará en el infierno». 

Indignada, escribió en esa columna de opinión: «¿Por qué no recaudar 5.500 libras para pagar una publicidad atea en un autobús londinense durante dos semanas?» Lo planteaba medio en broma, pero empezó a recibir apoyos. ¡Tantos que se le fue de las manos! «No sabía qué hacer», reconoce en una entrevista que le hizo el madrileño El País este fin de semana. Pero gracias a la ayuda de la Asociación Humanista Británica empezaron a recaudar mucho dinero y 800 buses empezaron a circular por todo Londres, cuestionando la existencia de Dios. 

La campaña según el sitio busateo.org, tiene el objetivo de sensibilizar a los ciudadanos ateos, no creyentes y librepensadores en general sobre la necesidad de «hacerse visibles» para reivindicar los mismos derechos y libertades que se reconocen a los demás ciudadanos por el mero hecho de poseer o manifestar unas creencias religiosas.

No considero que haya nada de incorrecto en que los negadores toda forma de teísmo publicitemos nuestras opiniones y las defendamos argumentadamente en el ámbito de la sociedad civil, del mismo modo que lo hacen las diferentes opciones religiosas, por cierto, de manera mucho más masiva. No es competencia de los poderes públicos en una sociedad abierta y democrática pronunciarse sobre cuestiones de esa índole, sino garantizar la convivencia de todos en un marco de derechos y deberes equitativamente establecidos.

Con la publicación editorial de ilustres cruzados antirreligiosos como Richard Dawkins (El espejismo de dios, Los enemigos de la razón), Christopher Hitchens (Dios no es bueno), John Dupré (El legado de Darwin), Sam Harris (The end of faith), Piergiorgio Odifreddi (¿Por qué no podemos ser cristianos?), Michael Onfray (Tratado de ateología), la discusión sobre el ateísmo ha vuelto a despertar el debate en Latinoamérica, al punto que durante los primeros días del último mes de 2008 la argentina ciudad de Mar del Plata acogió al último encuentro internacional sobre Ateísmo. 

Pero, ¿estamos listos para tomar el bus ateo? Hablando con personas libres de todo dogma me expresaron que el tema es delicado, puesto que temen ser discriminados no ya socialmente sino profesionalmente. Nuestras constituciones garantizan la libertad de pensamiento e intimidad, pero parte de la práctica social aún no tomó en consideración este postulado y como ya no pueden rechazarnos abiertamente, utilizan la discriminación laboral para agarrarnos del cuello. Un ejemplo: cuando obtuve mi certificado de apostasía le invité a un amigo próximo a esta convicción a que emulara mi decisión, pero triste fue mi reacción cuando me dijo: «mira, no puedo, en mi familia sería un escándalo, e inclusive pondría en riego mi trabajo». 

Me resta imaginar la reacción de la iglesia Católica, y más en mi país que tenemos a un obispo de Presidente. Por ejemplo, la cúpula anglicana no se hizo problema. Rowan Williams, el arzobispo de Canterbury, se tomó con evangélica deportividad esa campaña, celebrando el interés, al menos dialéctico, que Dawkins se tomaba por la idea de Dios. No fue así en España, donde los evangelistas están preparando su bus a favor de Dios, bajo el lema «Dios si existe, disfruta la vida en Cristo» Parece que no están muy convencidos puesto que su afirmación no es tal, sino una condicionante –me refiero a la falta de acento a la «i» de si–

La democracia administrada por el poder político, como forma de organización de la convivencia, no puede proponer una determinada opción religiosa o metafísica, ni permitirse ninguna clase de adoctrinamiento, creyente o increyente, sino que debe hacer posible la convivencia entre personas que tienen interés real en cooperar de una manera equitativa, de generación en generación, a pesar de hallarse divididas en sus concepciones del mundo y de la vida. 

Pero… esta declaración teórica podría hacer agua en nuestras sociedades puesto que la presencia de Dios es muy poderosa en todos los ámbitos. ¿Encontraremos algún empresario del transporte que desee en sus ómnibus tal proclama? ¿Estarían dispuestos a hacer frente a la indirecta demanda de las iglesias? Y si el transporte fuera público, ¿nuestros gobernantes se atreverían a autorizar la circulación del bus ateo? Si apelamos a la ley es posible, pero también conoces lo ligero de su peso en estas latitudes.

Desde la laicidad latinoamericana aún nos queda mucha distancia por recorrer para llegar a la parada de los buses ateos europeos, pero si estás dispuesto a colaborar es posible que entre todos los laicistas logremos reunir el suficiente esfuerzo para comprar el boleto de algún bus. Estamos a tiempo, puesto que para los creyentes Dios es eterno. 

Christian Gadea Saguier

Llega 2009, recuerden a Darwin

En medio de toda la confusión que nos depara el nuevo año ante los problemas de la economía global, reflexionar probablemente nos traiga mejores augurios que esperar el resultado de un rezo. Y justamente a pensar nos invita este científico. Tú me podrías decir – ¿por qué recordarlo? Y te respondo: – el año que llega a nuestro calendario propicia el festejo de los 200 años de su nacimiento y 150 de la publicación de El origen de las especies.
 
Debía haber sido médico, pero no le agradaba esa profesión. Para evitar que «se volviera un señorito ocioso», su padre le propuso entonces que se hiciera clérigo, una idea que no le desagradó. Para prepararse, se matriculó en la Universidad de Cambridge, donde mostró que le gustaba más buscar escarabajos que estudiar teología. Gracias a aquella afición le surgió en 1831 la oportunidad de embarcarse como naturalista, sin retribución, en un barco, el famoso Beagle. Aquel viaje, que duró cinco años, le cambiaría la vida. Me estoy refiriendo a Charles Darwin (1809-1882).

La información que acumuló en aquel periplo se convirtió en semillas que exigieron de una lenta germinación y del abono de todo tipo de detalles, así como de un marco teórico que les diese sentido (lo encontró leyendo a Malthus). En cuanto a la idea de hacerse clérigo, «murió de muerte natural», según su autobiografía. De aquellos esfuerzos nació El origen de las especies (1859), una de las joyas del pensamiento humano. 

Victoriano prudente, además de esposo fiel de una mujer muy religiosa, Darwin no hizo mención explícita de que también se aplicaba a nuestra especie lo que se esforzaba en demostrar a lo largo de todo el libro: que las especies que han poblado la Tierra han ido cambiando a lo largo del tiempo, emparentadas unas con otras, como si la vida fuera un árbol con muchas, entretejidas, ramas. Llegaría el día, 1871, en que sí se atrevió: publicó El origen del hombre. No hizo falta tanto para que sus ideas fuesen combatidas, una situación que se mantiene, a pesar de la deconstrucción de los dioses. 

Ahora los creacionistas, especialmente en Estados Unidos, utilizan la idea de un «Diseño Inteligente» –alguien, un dios, debió diseñar la vida, tan maravillosamente compleja, en especial la humana–, y argumentan que, en defensa de la libertad de pensamiento, el creacionismo debe ser enseñado en las escuelas junto al evolucionismo –¿deberíamos hacer lo mismo con la democracia y la tiranía?–. También dicen que la de Darwin «es sólo una teoría». Curiosa idea de lo que es una teoría científica.

Cierto, la teoría de la evolución darwiniana nos desprovee de cálidas promesas que ayudan a encarar un futuro en última instancia descorazonador, el de la muerte; pero defiende algo que hemos aprendido a valorar: la búsqueda de la verdad utilizando el razonamiento lógico y la prueba experimental. De todo esto hay toneladas en la obra de Darwin, cuya lectura se ve ahora facilitada con nuevas traducciones y reediciones.

Y no olvidemos que junto a la racionalidad iluminada por los hechos, también se puede encontrar en sus libros una profunda humanidad. Dos ejemplos: las líneas que dedicaba en el Diario de un naturalista (1839) a mostrar su repulsa al encontrarse en Brasil con la esclavitud: «jamás olvidaré la sorpresa, disgusto y vergüenza…», y las que cierran El origen del hombre, empapadas de compasión y de amor por la vida, por toda la vida: prefería, decía, descender del monito o del cinocéfalo, que se comportan con heroísmo para salvar a sus congéneres, que de «un salvaje que se complace en torturar a sus enemigos..., trata a sus mujeres como esclavas, desconoce la decencia y es juguete de las más groseras supersticiones».

Negado por los así llamados «creacionistas», que insisten en desconocer la teoría de la evolución, o apropiado por la psicología evolutiva, que ve allí la única clave para comprender la conducta humana, el legado de Darwin aparece hoy desdibujado por el fundamentalismo religioso o por las mitologías científicas. Pero, ¿qué nos dice la teoría de la evolución de los grandes temas: la existencia de Dios, nuestra visión de la naturaleza humana, nuestra relación con otras criaturas. Sintetizando, ¿qué es la teoría de la evolución?, ¿para qué sirve esta teoría? Son preguntas fundamentales que tienen consecuencias trascendentales para nuestra visión de nosotros mismos y de nuestro lugar en el universo. 
 
El postulado central del pensamiento evolutivo es el simple hecho de que la vida evolucionó sobre la faz de la tierra. La idea fundamental que sostiene esta argumentación es el hecho de descendencia con modificación por medio de evidencias fisiológicas que confirman la relación existente entre estructuras. Pero la mayor importancia de esta teoría se encuentra en el campo metafísico: nos dice algo muy general sobre lo que es nuestro universo y sobre las clases de cosas que hay en él. Nos revela muchas cosas acerca del lugar que ocupamos en el universo y asesta un golpe mortal a las cosmogonías teocentricas, socavando los fundamentos pseudo-históricos de las creencias religiosas. Así, la consecuencia más profunda de la evolución es que no tenemos ni necesitamos de una figura paterna todopoderosa.

En conclusión, la contribución de Darwin fue la de dar un paso importante en el camino que nos aleja del animismo primitivo, pasando por los grandes héroes científicos del Renacimiento –Copérnico, Galileo, Newton y otros–, en dirección a una visión del mundo naturalista que finalmente logró prescindir de los fantasmas, los espíritus y los dioses que servían para explicar, en épocas anteriores, todo los fenómenos naturales. Esta visión del mundo postula que tenemos razones para creer las cosas en la que creemos, y que podemos rechazar todo aquellos que no está sustentado por razones. Una exigencia modesta, tal vez, pero que, según creo, podría eliminar una gran parte de las mitologías religiosas y supersticiones que siguen dominando, y a veces devastando, las vidas humanas. 

–Y... ¿ahora te apetece recordarlo? De todas formas, ¡Felíz 2009!

Christian Gadea Saguier

¿Los masones festejan la navidad?

Antes de lograr una respuesta satisfacotria, es importande analizar qué entendemos por "navidad". Los actuales hábitos navideños provienen de unas antiguas costumbres babilónicas registradas, aproximadamente, 2600 años ante de la era actual. Fueron algunos gobernadores romanos, en sus constantes afanes de sincretismo religioso, quienes la trasladaron como fiesta cristiana. 

La tradición de aquellas costumbres relatan que existó una reina llamada Semiramis, en cuyo vientre crecía su hijo Tamuz, a quien habría concebido virginalmente. No cabe duda que las costumbres de Babilonia trascendieron las fronteras romanas, asentándose con mucha fuerza en el politeísmo del imperio. Así, cada 25 de diciembre se conmemoraba alumbramiento de Tamuz (Saturno para los romanos), el dios sol encarnado. 

Esa festividad iba acompañada de orgías, desenfrenos y una gran inclinación hacia el valor de la amistad, que se ratificaba con intercambio de regalos y presentes. También había surgido la costumbre de adornar las puertas de cada casa, con coronas de flores y hojas verdes, y por cierto, la práctica de adornar un árbol con frutas y decorativos alusivos al dios sol. 

La celebración se realizaba durante el solsticio de invierno, fenómeno natural que constituye el origen de toda celebración navideña, aún más remota que las costumbres babilónicas. Durante este solsticio se produce un acontecimiento cósmico que vivifica la naturaleza con su luz y su calor, razón por la cual, para todas las culturas antiguas, representaba el auténtico nacimiento del sol y, con él, toda la naturaleza comenzaba a despertar lentamente de su letargo. Los humanos veían en esta manifestación natural la renovación de sus esperanzas de supervivencia gracias a la fertilidad de la tierra. 

La fiesta giraba en torno a grandes festejos caracterizados por la alegría general y el protagonismo de las hogueras, alrededor de las cuales se concentraban los lugareños, con el fin de manifestar su alborozo y esperanza mediante ceremonias colectivas centradas en cantos y danzas rituales, y en la recogida de ciertas plantas como el muérdago. Las grandes hogueras, al margen de simbolizar el gran acontecimiento, tenían la función de excitar el calor y la fuerza de los rayos de un sol recién nacido que encaraba su curso hacia la primavera, inundando la tierra con su poder regenerador.

Siglos después, cuando fue establecido el catolicismo romano, bajo las falsas pretensiones religiosas de Constantino aproximadamente hacia el 325, la mezcla de la celebración solsticial, el paganismo babilónico y romano, fue introducido deliberadamente al cristianismo, a modo de contener el avance infiel. Así, la antigua Semiramis pasó a llamarse virgen María y la encarnación del dios sol Tamuz, Jesús.

El festival del solsticio de invierno, celebrado el 25 de diciembre de cada año, pasó a ser la fecha oficial del nacimiento de Jesús, y la antigua costumbre de la entrega de regalos y presentes fue acomodada en función de la experiencia que, según la doctrina cristiana, tuvieron los magos al visitar al niño Jesús, al entregarle obsequios por su advenimiento. El antiguo árbol que la religión de Babilonia adornaba en celebración del nacimiento de Tamuz pasó a llamarse "el árbol de Navidad". Con esta genealogía de la navidad podemos entender que el cristianismo no es otra cosa que un paganismo reformado. 

En la actualidad, la navidad es un verdadero caldo de cultivo para los comerciantes y el consumismo, pero todo detrás de una pantalla o envoltorio cristiano, a modo de aliviar la pena consumista. En esta vida de consumo, como lo sugiere Zygmunt Bauman, los individuos pasamos a ser los promotores del producto y el producto que promovemos, puesto que debemos, según postula el sociólogo, aprobar el examen para acceder a los tan codiciados reconocimientos sociales que exigen reciclarse bajo la forma de bienes de cambio; es decir, como productos capaces de captar la atención, atraer clientes y generar demanda. Esta transformación de los consumidores en objeto de consumo es el rasgo más importante de la sociedad contemporánea. 

Esta práctica navideña del consumo y de los regalos en particular, proviene de la prostitución de una tradición católica: El rol de papá Noel. El sacerdote católico Nicolás, obispo de Mira en el tiempo del emperador Diocleciano (siglo IV), entre todas sus prácticas religiosas, acostumbraba en época de "navidad" a dar regalos y presentes a los niños. Luego de su muerte, la iglesia de Roma lo elevó a los altares y  pasó a ser San Nicolás o Santa Claus, a quien todos los niños esperan ansiosamente para recibir los regalos, y tomar el soma de la felicidad, como remedio del mundo feliz de Aldous Huxley. Más tarde, este "san Nicolas" adoptó el nombre de "papá Noel" de la raíz francesa, que a su vez deriva del latín Natalis, natal, osea "padre de la navidad". Este "papa Noel" trascendió y ya en época contemporánea, fue introducido en diversas historias que hablaban de su origen, relacionándolo con el polo norte, con la participación de gnomos y renos que lo trasladaban en su tarea de repartir "regalos" por todo el mundo. Todo terminó de pudrirse en 1931, cuando la Coca Cola tomó a este popular personaje y lo vistió con sus colores corporativos, y desde entonces se produjo una verdadera explosión y propagación del culto a papá Noel y la compra de regalos. 

Ante el análisis presentado, ¿los masones festejan la navidad? Si tomamos a la organización por sus miembros, seguro que muchos masones festejan la navidad, pues profesan el cristianismo; entonces, en particular, algunos masones festejan la navidad. Pero, la fraternidad como institución no participa de estas fiestas, puesto que su doctrina establece una laicidad en sentido filosófico, aquel que propugna una visión naturalista y razonable de la vida sin sostener ningún dogma. A lo sumo se conmemora el solsticio de invierno. En el fondo, la esencia masónica podría generar un conflicto en el hermano cristiano, puesto que la fraternidad es adogmática y promueve una visión del mundo libre de seres sobrenaturales. El equilibrio se encuentra en el respeto a la intimidad, puesto que la masonería es tolerante de todas las religiones cultivadas en el ámbito privado, convirtiéndose ella en el centro de unión de todos los hombres, por encima de los mismos dioses. 

Christian Gadea Saguier

DDHH como patrón de conducta

Diciembre de 1948: el mundo terminaba de salir dolorido y traumatizado de la II Guerra Mundial, un gran conflicto planetario que a su vez estuvo precedido por una prolongada depresión económica, unida al auge de los totalitarismos y todo su cortejo de persecuciones y horrores. En este ambiente sombrío, la Asamblea General de las Naciones Unidas, una naciente organización mundial que en ese momento apenas contaba con sesenta Estados miembros, se reunió en París, en el palacio de Chaillot -actual sede del Museo del Hombre-. De esa asamblea surgieron dos documentos que, junto con la Carta fundacional de las Naciones Unidas, representaron un nuevo punto de partida, desde una perspectiva política, jurídica y moral, para el mundo de la posguerra: la Convención contra el Genocidio (9 de diciembre) y la Declaración Universal de los Derechos Humanos (10 de diciembre).

A lo largo de su más de medio siglo de vigencia, la Declaración... se ha enfrentado a las mismas dificultades que otros textos fundacionales del orden internacional de nuestros días. Sus disposiciones han sido ignoradas tanto en el plano interno -según hicieron las incontables dictaduras de la segunda mitad del siglo XX- como también en las disputas entre Estados, más mortíferas en muchas ocasiones para las poblaciones civiles e indefensas que para los propios contendientes. Leamos la realidad actual de algunos de sus artículos: 

Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos, y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros. 

En los países en desarrollo nacen cada año más de 20 millones de niños con insuficiencia de peso. Alrededor de 923 millones de personas se encuentran en situación de subalimentación en el mundo, según la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO). Doscientos millones de familias malviven con el presupuesto de un dólar diario; 100 millones de personas lo hacen con 50 céntimos al día y morirán si no se actúa con urgencia. Más de mil millones de personas del Tercer Mundo ni siquiera tienen acceso a agua potable. De los más de 30 países que se enfrentan a graves carencias alimenticias, al menos 24 son africanos. En la imagen, dos chicos de la tribu Xhosa en Suráfrica, con sus cuerpos decorados para el rito de pasaje que les convertirá en hombres, tras ser circuncidados y permanecer un tiempo aislados sin comida ni bebida. Todavía mueren algunos durante el trámite.

Toda persona tiene todos los derechos y libertades proclamados en esta declaración, sin distinción alguna de raza, color, sexo, idioma, religión, opinión política o de cualquier otra índole. (...)

Asha Ibrahim tenía 14 años cuando murió lapidada en Somalia en octubre de este año; había sido condenada por mantener relaciones sexuales sin estar casada tras ser violada por tres hombres. Una de cada tres mujeres ha sido golpeada, obligada a mantener relaciones sexuales o maltratadas a lo largo de su vida, según Amnistía Internacional. 

Todo individuo tiene derecho a la vida, a la libertad y a la seguridad de su persona.

El año pasado fueron asesinadas legalmente al menos 1.252 personas en 24 países, y otras 3.347 fueron condenadas a muerte. Amnistía Internacional estima que entre 18.000 y 27.000 personas siguen condenadas a la pena capital en todo el mundo; por el contrario, al menos 128 países han abolido este castigo en su legislación o en la práctica. En los últimos 18 años, 40 personas han sido ejecutadas por delitos cometidos cuando tenían menos de 18 años. 

Toda persona tiene derecho a la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión. (...)

Amnistía Internacional ha documentado 45 países donde existen presos y presas de conciencia detenidos. La Comisión Cubana de Derechos Humanos y Reconciliación Nacional (CCDHRN), calificada como ilegal por el Gobierno de la isla, tiene registrados 219 casos de presos políticos y posiciona a la autoridad de su país como que "mantiene la mayor cantidad a escala planetaria, en cifras absolutas, de prisioneros de conciencia adoptados por Amnistía Internacional". 

Todo individuo tiene derecho a la libertad de opinión y de expresión. (...)

A 21 de marzo de 2007, Reporteros Sin Fronteras calculaba la existencia de 137 periodistas y 60 ciberdisidentes encarcelados por hacer su trabajo. Esta organización ha registrado desde 1992 la muerte de 500 periodistas asesinados por mafias o sicarios de políticos corruptos. Amnistía Internacional denuncia que en 77 países se restringe la libertad de expresión y prensa. Irak, donde han muerto asesinados 212 periodistas desde 2003, es el país más letal para ejercer esta profesión. 

La paradoja que ha hecho de la Declaración un texto excepcional es que las incontables violaciones que ha padecido, y que, por desgracia, sigue padeciendo, según pudimos constatar, no han impedido que se consolide como un referente moral de nuestro tiempo y como un imperativo capaz de trascender las fronteras y las ideologías.

No existe Constitución democrática posterior a 1948 que no se haya inspirado en sus artículos. Como tampoco se sabe de muchas dictaduras que se hayan atrevido a rechazarlos abiertamente, sin recurrir a subterfugios que van desde la celosa ocultación de las violaciones de los Derechos Humanos a la elaboración de teorías sobre la necesidad de interpretar la totalidad de la Declaración en virtud de las diversas tradiciones. 

Diciembre de 2009: Los 60 años transcurridos desde su aprobación no han hecho envejecer un texto que contiene el más noble legado de una época trágica. La Declaración Universal de los Derechos Humanos sigue vigente y debe seguir estándolo, como aspiración y también como exigencia. Hemos de verla, por tanto, como un patrón de conducta y como un reto constante para todos nosotros, en cuanto ciudadanos de nuestro propio país y del mundo entero. "El hombre es un fin en sí mismo y no un medio para los fines de otros" (Ayn Rand, La Rebelión de Atlas).

Christian Gadea Saguier

La participación política del clero

Diciembre constituye un periodo de reflexión en la cultura occidental, determinado por el calendario gregoriano que coloca a este mes en el último del ciclo anual, para luego volver a iniciar el viaje circular con una nueva visión de la realidad hasta el próximo diciembre. 

Pero el calendario gregoriano no es tan antiguo, proviene de 1582 promovido por el Papa Gregorio XIII para sustituir el calendario romano que se venía utilizando desde el año 46 de la era antigua; entonces ¿de dónde proviene la costumbre de este momento de reflexión?

Durante la antigüedad las sociedades regían su almanaque observando el tránsito de la tierra alrededor del Sol y las determinaciones surgían ante las variaciones que este sufría por la posición de aquella. Existían cuatro momentos determinantes, dos equinoccios y dos solsticios.

Los equinoccios ocurren dos veces por año, al momento del año en que los días tienen una duración igual a la de las noches en el ecuador. El solsticio es un término astronómico relacionado con la posición del Sol en el ecuador celeste. El nombre proviene del latín solstitium (sol sistere o sol quieto). A lo largo del año la posición del Sol vista desde la Tierra se mueve hacia el Norte y el Sur; son los dos puntos de la esfera celeste en la que el Sol alcanza su máxima declinación norte y su máxima declinación sur con respecto al ecuador celeste. La existencia de de este fenómeno está provocado por la inclinación axial del eje de la Tierra. En los solsticios la longitud del día y la altura del Sol al mediodía son máximas (en el solsticio de verano) y mínimas (en el solsticio de invierno) comparadas con cualquier otro día del año. 

En el solsticio de diciembre, invierno en el hemisferio norte, se celebraba el regreso del Sol, en especial en las culturas romana y celta: a partir de esta fecha, los días empiezan a alargarse, y esto se asociaba a un triunfo del Sol sobre las tinieblas, que se celebraba encendiendo fuegos. Posteriormente, durante el Concilio de Nicea en 325, la Iglesia Católica decidió situar en una fecha cercana, el 25 de diciembre, la natividad de Jesús, dándole el mismo carácter simbólico de renacer de la esperanza y la luz en el mundo, y tratando así de solapar al mismo tiempo la festividad pagana previa. 

Por lo tanto, producto de la hegemonía cultural de la Iglesia Católica ganada con la hoguera y la espada, en las misas era común escuchar durante este periodo un mensaje de esperanza; pero esta tradición se extendió, fruto de la desmedida ambición, al campo político, también partidario, con la intervención de sacerdotes, obispos, diocesanos, arzobispos y monseñores en los quehaceres del Estado. ¿Deben las iglesias participar en política?

Para encontrar una respuesta coherente, ajena al feligrés dogmático que no se cuestiona este tipo de preguntas, es necesario comprender que la Iglesia Católica tiene un doble filo. La Santa Sede o Sede Apostólica es la expresión con que se alude a la posición del Papa en tanto que Cabeza Suprema de la Iglesia Católica, heredada supuestamente de Jesús según sus dogmas, bien frágiles por cierto que no resisten la mínima investigación; en oposición se encuentra la ciudad del Vaticano en tanto que Estado soberano, por intermedio de los Pactos de Letrán de 1929 logrados con el facismo, durante la era de Musollini. Aunque ambas realidades están íntimamente relacionadas, y es un hecho que el Vaticano existe como Estado al servicio de la Iglesia, de aquí surge el problema de la participación política del clero. 

Durante esta semana en mi país los cristianos celebran la festividad de la Inmaculada Concepción, dogma que se instauró tardíamente en la tradición cristiana, proclamada el 8 de diciembre de 1854 por Pío XI diecinueve siglos después del parto prodigioso, la honra de María era definitivamente puesta a salvo de dudas y murmuraciones afirmando que su pureza no era ninguna suposición teológica sino una revelación de Dios. La religión Católica, como el vino, fue aumentando su grado de divinidad gracias al paso del tiempo. Este es otro dogma que no se sostiene luego de una atenta lectura a la biblia, o analizada en Las mentiras fundamentales de la Iglesia Católica, una obra de Pepe Rodríguez. 

Esta festividad toma cuerpo con el culto a una virgen llamada de Caacupé, por constituir ese el lugar de su misteriosa aparición, gran sofisma también este. Durante esta época Paraguay se paraliza para rendir homenaje a esa virgen, al punto que el 8 de diciembre es feriado nacional, disposición que atenta contra la separación de la Iglesia y el Estado estipulada en la Constitución Nacional. 

Favorecidos por la ingenuidad de nuestra gente, el clero aprovecha la ocasión para presentar sus opiniones políticas a la población. Leamos un ejemplo: "Tenemos que cambiar el Poder Judicial para que termine la injusticia, la miseria, la inseguridad”, enfatizó monseñor Mario Medina, al señalar que la sociedad "está resquebrajada" a causa de esos males. "No es posible y es escandaloso que esta portentosa obra de progreso y de generación de riqueza no ayude sino sirva para el empobrecimiento", expresó el prelado al referirse a la hidroeléctrica de Itaipú desde el altar de la Basílica de Caacupé. "Tenemos que hacer una causa nacional" de Itaipú "con nuestras oraciones, con nuestro pensamiento, con nuestra mente positiva", agregó.

¿Qué de espiritual tienen estos mensajes? ¿Dónde ha quedado el espacio de reflexión y diálogo con el alma para recomponer el espíritu y preparar el cuerpo para la vida eterna? ¿Se olvidaron de la Virgen o la utilizan para sus componendas políticas? ¿Sus comportamientos hablan más del Jesús revolucionario que el Mesías hijo de Dios? ¿Con la avanzada de la Teoría de la Liberación, han olvidado que trabajan para cultivar el alma y purificar el espíritu? ¿Qué les importa lo que ocurre en la realidad nacional si su reinado no es de este mundo?

La Iglesia Católica en Paraguay, como un virus, no respeta la soberanía de las leyes, y nostálgica de tiempos medievales presenta su proselitismo político disfrazado en la sotana de sus clérigos que desde el púlpito se creen jueces de la República, cuando son simples mensajeros de una doctrina inventada tras la caída del imperio romano. 

Christian Gadea Saguier